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jueves, abril 12, 2012

Paseos por España
MIRAVET (Tarragona)

El domingo fue uno de esos días que no tienes planes pero estás deseando salir de casa, hacía buen tiempo, se oía jaleo por la calle y no dejaba de pensar que estaba desaprovechando segundos de vida sentado en el sofá, seguro que en alguna ocasión también os ha pasado a vosotros. Sin importarnos el destino cogimos un mapa de carreteras como a la vieja usanza y preguntamos a mis suegros algún lugar pintoresco que no estuviera muy lejos para pasar la tarde, os podéis imaginar el resultado, a los cinco minutos ya estábamos en el coche camino de Miravet, un precioso pueblo de Tarragona.

Está situado en la comarca de la Ribera del Ebro sobre un meandro del río y conserva un castillo medieval y un pueblo de origen musulmán que esconde una gran historia y un gran presente turístico y artesanal. La estación de tren más cercana se encuentra en Mora la Nova por donde pasan diariamente 6 trenes regionales que unen Barcelona con Zaragoza aunque la mejor forma de llegar es por carretera. Nosotros fuimos por la N420 hasta Mora d’Ebre y allí nos desviamos 10 km por una comarcal hasta el pueblo pero sin duda la alternativa más original es por la C12 que une Mora la Nova y Tortosa, otro buen punto de partida, ya que a la altura de Miravet hay que coger un trasbordador para cruzar el río que ofrece unas inmejorables vistas del entorno y la población.





Fue un antiguo asentamiento íbero aunque su fundación no se produjo hasta el siglo XI con la ocupación musulmana cuando eligieron este estratégico lugar junto a la ribera del Ebro y sobre un pequeño acantilado lo cual hacía muy fácil defenderlo. En lo alto de la atalaya construyeron una pequeña fortaleza y debajo fueron edificando la alquería de forma vertical hasta el río utilizando las propias paredes y rocas de la montaña para crear calles y casas, era un entorno ideal de pastos y tierras de labranza donde vivieron más de 100 años. En el siglo XII durante la Reconquista Ramón Berenguer IV logró conquistar la fortaleza y se la cedió a los Caballeros Templarios que rápidamente la transformaron en un monasterio donde la iglesia ocupaba el lugar principal, allí estuvieron aislados hasta que esta orden fue declarada hereje y perseguida por toda Europa siendo finalmente sometidos por Jaime II en el año 1308 tras un largo asedio.


A partir de entonces la Orden de los Hospitalarios se hizo cargo de la población que vivió sus peores siglos siendo protagonista de numerosas guerras y batallas así como importantes crecidas del Ebro que se recuerdan por las calles a modo de placas  indicando el nivel al que llegó el río. No obstante el peor desastre aún estaba por venir en 1938 en la famosa y definitiva Batalla del Ebro de la Guerra Civil cuando Miravet fue bombardeado por las tropas alemanas y muchas de las casas del pueblo fueron destruidas, hoy en día siguen abandonadas y son un triste testigo mudo de aquellos tiempos aciagos. Durante las últimas décadas gracias a la explotación del turismo y la alfarería artesanal Miravet ha logrado sobrevivir a la emigración y se ha ido extendiendo hacia el interior formando lo que se conoce como el Pueblo Nuevo, tiene una población de 800 habitantes y es uno de los lugares más visitados de toda la comarca ya que aún conserva el esplendor de la época medieval.



Lo primero que hicimos al llegar fue subir hasta el castillo, lo llevábamos viendo desde hacía varios kilómetros y no nos pudimos contener a empezar el recorrido por el punto más alto. Se accede por una estrecha calle desde el casco antiguo y desde allí siguiendo las indicaciones una pequeña carretera va subiendo en zigzag hasta la cumbre donde hay un parking para dejar los coches, la otra opción es aparcar en la parte baja del pueblo junto al río y subir por un empinado sendero que sale desde la iglesia. Nada más bajar del coche ya se puede sentir su imponente sombra, se yergue majestuoso sobre una pared de roca haciéndolo inexpugnable incluso para la vista y hay que alejarse hasta un pequeño mirador para poder encuadrarlo por completo en la cámara, es colosal. Desde este balcón improvisado también se contempla toda la ribera del Ebro con sus campos de cultivo y pasto hambrientos del agua de la primavera.





Por un pequeño sendero que bordea la montaña entramos en el castillo, a la izquierda se encuentra el centro de visitantes donde al comprar las entradas te ofrecen un pequeño mapa con la historia y los puntos más destacados, hay varias visitas guiadas al día pero ya era tarde y tuvimos que hacerlo por libre conformándonos con las breves explicaciones del folleto. Su historia de remonta al siglo XI cuando los musulmanes se instalaron en la región y construyeron una pequeña fortaleza defensiva hasta que en el año 1153 fueron expulsados por los cristianos que cedieron el cargo de la población a los Caballeros Templarios.

Durante esta época se acometieron las mayores reformas transformando la fortaleza en un castillo-monasterio tan característico de esta Orden donde todas las construcciones iban a girar alrededor de la iglesia. El objetivo era ser autosuficientes para preservar sus votos y no tener que mezclarse con la población y por ello construyeron todo lo que les hizo falta: caballerizas, cisterna, almacén, granero, bodega, cocina, refectorio… Hoy en día es uno de los mejores ejemplos que se conservan en toda Europa de este género religioso-militar donde además del predominante estilo románico se combinan elementos bizantinos, islámicos y cistercienses.

     * Horario: 1 de Junio al 30 de Septiembre: de 10:00 a 13:30 y de 16:00 a 19:30
                      1 de Octubre al 31 de Mayo: de 10:00 a 13:00 y de 15:00 a 17:00
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     * Precio: 3 € entrada normal
                    2 € entrada reducida para estudiantes y pensionistas
                    Martes entrada gratuita
 


Por dentro es una maravilla y aunque fue parcialmente destruido durante las Guerras Carlistas y la Batalla del Ebro todavía se encuentra muy bien conservado y estuvimos casi dos horas recorriéndolo. La visita comienza en los amplios recintos inferiores donde se encuentran las caballerizas y antiguamente los huertos, corrales y almacenes de grano y comida, están completamente amurallados y dispuestos en terrazas para salvar el gran desnivel del terreno. Hoy parece una gran explanada pero no cuesta mucho imaginársela en aquella época con sus 4 torres defensivas en cada esquina de las que sólo quedan las bases que sirven como excelentes miradores.

 





Cruzando un pasadizo fortificado donde se encuentra la cisterna y el cuerpo de guardia entramos en el patio de armas, sin llegar a ser un monasterio esta estancia era utilizada a modo de claustro por los caballeros templarios ya que a su alrededor se levantaban todas las construcciones del castillo. En la planta inferior aún se conservan la cocina, el granero, el almacén y la bodega aunque se echa en falta un poco de mobiliario para recrear el ambiente de aquella época. Continuamos la visita subiendo las escaleras que conducen a la iglesia, sin duda alguna el edificio principal del castillo donde los caballeros estaban obligados a rezar varias veces al día. Es una nave con bóveda de cañón bastante austera tal y como mandaban los cánones aunque su interior está lleno de misticismo, en el silencio de la tarde aún me parece escuchar el eco lejano de cánticos religiosos.



Por una estrecha escalera de caracol que sale desde una esquina de la iglesia se sube hasta la azotea, es bastante amplia y las vistas que ofrece de toda la comarca son impresionantes. Como el día estaba bastante despejado acaricié la cámara y la puse a funcionar sin parar: río, ribera, pueblos, murallas, campos …, un sinfín de paisajes espectaculares que se perdían hasta el horizonte. La visita había terminado pero antes de bajar me quedé un rato embelesado con la brisa admirando el recorrido del río e imaginando a moros, cristianos, franceses, republicanos y nacionalistas cruzando sus aguas para conquistar esta fortaleza perdida en mitad de la nada...






Después de visitar el castillo bajamos en coche hasta el parking del pueblo situado a la orilla del río, la carretera continua otros 4 km hasta el embarcadero pero al final como era un poco tarde no llegamos a ir. Me quedé con las ganas porque es el único transbordador del Ebro que todavía cruza el río merced a la corriente sin utilizar ningún tipo de combustible, está abierto desde las 9:00 hasta las 19:00 aunque en invierno cierra al mediodía y el precio es de 1 € por persona y 3 € por coche. Junto al parking se encuentra el antiguo embarcadero desde donde se obtienen las mejores fotos panorámicas del pueblo, bajamos hasta allí y como encima estaba cayendo la tarde las vistas eran simplemente espectaculares.




Ya sólo nos quedaba recorrer el pueblo antiguo así que empezamos a callejear por la alquería en dirección a la iglesia. Aunque conserva la estructura de estilo musulmán todas las casas han sido restauradas y predomina un ambiente medieval con calles porticadas y casas de piedra donde los enormes balcones aún se sostienen sobre vigas de madera. La calle principal asciende paralela a la ribera del río y lo  primero que nos encontramos es el antiguo astillero medieval y un molino de aceite que hoy se encuentra un poco abandonado y cubierto de hiedra, un escenario ideal para una buena foto. Como el casco antiguo no es muy grande nos dedicamos a callejear tranquilamente deteniéndonos a contemplar cualquier pequeño detalle, se conserva bastante bien aunque hay varias casas que fueron destruidas durante la Guerra Civil y se han mantenido así desde entonces, un triste recuerdo que no debemos olvidar.






En lo alto del pueblo se encuentra la Iglesia Vieja, es de estilo renacentista y fue construida en el año 1585 sobre los restos de la antigua mezquita árabe. El interior es bastante lúgubre y entre sus desconchadas paredes aún se aprecian pinturas originales con motivos religiosos que cobran importancia si tenemos en cuenta que durante la guerra civil una bomba atravesó la cúpula sin que causara mayores destrozos. Hoy se encuentra restaurada y dentro hay una pequeña exposición con la historia del pueblo y una muestra de la artesanía alfarera popular. En el exterior de la iglesia está el mirador de la Sanaqueta donde se encontraba el antiguo patio de la mezquita y que ofrece unas inmejorables vistas del río, desde este punto nos despedimos de Miravet y regresamos al coche para volver a casa.






Aunque lo más destacado es el castillo y la gran historia que encierra Miravet también es famoso por la tradición centenaria de alfareros que siguen empleando las técnicas ancestrales para crear sus productos, hay varias fábricas y tiendas en el pueblo nuevo donde todavía se puede apreciar y comprar este arte. Por último y no menos importante cabe destacar que gracias al entorno natural que ofrece el Ebro hay numerosos senderos que conectan con las poblaciones cercanas, una zona ideal para hacer trekking y cargar las pilas.


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