Hacía mucho tiempo que teníamos ganas de viajar a Turquía, la idea inicial era hacer un roadtrip por algunas zonas del país como Pamukkale, Troya o Capadocia, recorrer carreteras sin demasiados planes y descubrir lugares a nuestro ritmo pero entonces encontramos un vuelo barato a Estambul y, como teníamos cinco días libres tampoco nos lo pensamos demasiado: billetes comprados y rumbo a Turquía.
Y qué acierto, Estambul es de esas ciudades que te atrapan desde el primer momento, una ciudad enorme, caótica, vibrante y llena de contrastes, donde puedes estar tomando un té mirando al Bósforo y, en cuestión de minutos, cruzar de Europa a Asia: mezquitas, bazares, palacios, calles llenas de vida, ferris surcando el estrecho, puestos de comida, mogollón de hombres rapados que han ido a hacerse un implante de pelo y ese ir y venir constante que hace que cada paseo tenga algo nuevo.
Cinco días nos parecieron un tiempo perfecto para conocer Estambul con calma, visitar sus grandes imprescindibles y, sobre todo, dejarnos llevar un poco por la ciudad, en este post te contamos todo lo que vimos e hicimos durante nuestros cinco días en Estambul, con nuestros imprescindibles, algunos rincones que nos sorprendieron y unas cuantas ideas para que puedas organizar tu propia escapada a esta fascinante ciudad entre dos continentes.
Un poco de historia de Estambul
Una de las cosas que más nos llamó la atención de Estambul fue descubrir que, prácticamente, allá donde mirases había un trocito de historia, y no hablamos solo de monumentos, la propia ciudad parece construida a capas, una encima de otra, como si cada civilización que pasó por aquí hubiese dejado algo antes de marcharse.
Porque Estambul no siempre se llamó Estambul, de hecho, antes de convertirse en la enorme ciudad que conocemos hoy tuvo otros nombres y, sobre todo, otras vidas.
Para empezar a entender la historia de Estambul hay que remontarse bastante atrás, hasta el siglo VII a.C. Fue entonces cuando los griegos fundaron una ciudad llamada Bizancio en este estratégico rincón junto al Bósforo, y no podían haber elegido un lugar más interesante, su posición era privilegiada: justo entre Europa y Asia y controlando el paso entre el mar Negro y el Mediterráneo, por aquí pasaban comerciantes, barcos, ejércitos y todo aquel que quisiera moverse entre ambos mundos.
Con el paso de los siglos, Bizancio fue ganando importancia hasta que llegó uno de los grandes protagonistas de la historia romana: el emperador Constantino el Grande, en el año 330 d.C., Constantino convirtió la ciudad en la nueva capital del Imperio romano de Oriente y la rebautizó como Constantinopla, la ciudad creció muchísimo y se llenó de palacios, iglesias, edificios públicos y enormes murallas.
Durante siglos, Constantinopla fue una de las ciudades más importantes y ricas del mundo, era el corazón del Imperio bizantino y un auténtico cruce de caminos entre Oriente y Occidente, de aquella época todavía quedan algunos de los grandes símbolos de la ciudad, el mejor ejemplo es Santa Sofía, que comenzó a construirse en el siglo VI bajo el emperador Justiniano, cuando entras hoy en este lugar cuesta imaginar todo lo que ha pasado bajo esa enorme cúpula, ha sido basílica cristiana, mezquita, museo y nuevamente mezquita y de alguna manera, resume bastante bien la historia de Estambul: una ciudad que nunca ha dejado de transformarse.
Pero el Imperio bizantino también tuvo sus momentos complicados., la ciudad sufrió asedios, guerras y crisis, aunque consiguió resistir durante siglos gracias, entre otras cosas, a sus impresionantes murallas, hasta que llegó el año 1453.
El 29 de mayo de 1453, el sultán Mehmed II, conocido como Mehmed el Conquistador, consiguió hacerse con Constantinopla después de un largo asedio, la caída de la ciudad supuso el final del Imperio bizantino y el comienzo de una nueva etapa, los otomanos convirtieron Constantinopla en una de las grandes capitales de su imperio y empezaron a construir una ciudad completamente nueva sin borrar del todo la anterior, y esto es precisamente lo que nos parece más interesante cuando recorres Estambul, puedes estar paseando por un lugar que hace cientos de años pertenecía al mundo bizantino y, unos metros después, encontrarte rodeado de arquitectura otomana.
Durante los siglos siguientes, la ciudad vivió una época de enorme esplendor, se construyeron mezquitas, palacios, mercados y hammams, y Estambul se convirtió en el centro político, cultural y económico del Imperio otomano, uno de los lugares que mejor representa aquel periodo es el Palacio de Topkapi, desde donde los sultanes gobernaron durante siglos, pasear hoy por sus patios y estancias ayuda bastante a imaginar cómo debía ser la vida en aquella corte aunque si hay algo que aparece constantemente durante cualquier paseo por Estambul son las mezquitas: la Mezquita Azul, la Mezquita de Süleymaniye y tantas otras forman parte del paisaje de la ciudad y son otro de los grandes legados de aquella época.
Con los siglos, Estambul siguió creciendo y cambiando, el Imperio otomano llegó a controlar enormes territorios en Europa, Asia y África, y la ciudad se convirtió en un auténtico mosaico de culturas, religiones y comunidades: griegos, armenios, judíos, turcos y muchas otras comunidades convivieron durante siglos en sus calles, esa mezcla todavía se nota cuando recorres algunos de sus barrios, pruebas su gastronomía o simplemente te sientas en una terraza a ver pasar la vida.
A comienzos del siglo XX, el Imperio otomano estaba ya en decadencia y la ciudad vivió años bastante convulsos, tras la Primera Guerra Mundial llegó la ocupación de Constantinopla y, poco después, la Guerra de Independencia Turca.
En 1923 nació la República de Turquía, con Mustafa Kemal Atatürk como primer presidente, la capital se trasladó a Ankara y Constantinopla dejó de ser el centro político del nuevo país, poco después empezó a imponerse oficialmente el nombre de Estambul, aunque durante mucho tiempo ambos nombres habían convivido en el uso cotidiano, a partir de entonces, la ciudad continuó creciendo hasta convertirse en la enorme metrópolis que conocemos, después de cinco días por aquí entendimos que Estambul no es una ciudad que se pueda explicar únicamente con una lista de monumentos, es una ciudad para caminarla, observarla y dejarse llevar un poco porque bajo la Estambul moderna siguen apareciendo, casi sin avisar, las huellas de todas las ciudades que fue antes.
Qué ver y hacer en Estambul
Después de conocer un poco la historia de la ciudad, toca meterse de lleno en sus calles y aquí empieza lo bueno, porque si algo tiene Estambul es que cuesta muchísimo aburrirse, puedes salir del hotel con la intención de visitar un par de monumentos y acabar tres horas después tomando un té en una calle que ni siquiera sabías que existía.
Es una ciudad que invita a caminar sin demasiadas prisas, hay lugares que teníamos apuntados desde casa y que evidentemente queríamos ver, pero también hubo muchos momentos en los que simplemente dejamos el mapa en el bolsillo y nos dedicamos a seguir el ruido, los olores o el movimiento de la gente, a veces acabábamos delante de una mezquita, otras en un mercado, otras mirando cómo un ferry cruzaba el Bósforo y, en más de una ocasión, buscando dónde sentarnos a comer porque habíamos vuelto a pasar por delante de un puesto de comida y no pudimos resistirnos.
Durante nuestros cinco días tuvimos tiempo para conocer algunos de los grandes imprescindibles, desde Santa Sofía y la Mezquita Azul hasta el Palacio de Topkapi, el Gran Bazar o la Cisterna Basílica, pero también para descubrir barrios con un ambiente completamente diferente, cruzar el Bósforo hasta la parte asiática, subir a algún mirador y comprobar que aquí hasta un trayecto en ferry puede acabar convirtiéndose en uno de los mejores planes del día así que, después de recorrerla de arriba abajo durante cinco días, estos son los lugares que más nos gustaron, los sitios que creemos que merece la pena conocer y algunos planes que añadiríamos sin pensarlo a cualquier viaje a esta fascinante ciudad entre dos continentes.
Admirar el Palacio de Dolmabahçe
Si hay un lugar en Estambul que parece sacado de una película de sultanes, pero con una buena dosis de lujo europeo, ese es el Palacio de Dolmabahçe, situado a orillas del Bósforo, en el barrio de Besiktas, este enorme edificio llama la atención incluso antes de entrar, con su enorme fachada blanca, sus puertas monumentales y aunque desde fuera ya impresiona bastante, lo mejor está cuando atraviesas sus puertas y empiezas a descubrir lo que hay dentro, es todo muy flipante.
Para llegar hasta aquí desde el centro nosotros hicimos un pequeño recorrido en transporte público, cogimos el tranvía T1 y después tuvimos que hacer trasbordo a un autobús que nos dejó cerca del palacio, no es especialmente complicado, aunque entre esperas, tráfico y trasbordos se nos fue un rato, otra opción bastante cómoda es acercarse hasta Kabatas y desde allí continuar andando, ya que el palacio está muy cerca del paseo marítimo.
Nosotros, además, tuvimos la «mala» suerte de encontrarnos con uno de esos días en los que parece que todos los turistas de la ciudad han tenido exactamente la misma idea que tú, había mogollón de autobuses aparcados en los alrededores y una buena cantidad de guiris haciendo cola para entrar, tardamos un poco en pasar por taquilla y acceder al recinto, así que si vais en temporada alta o a una hora concurrida, tenedlo en cuenta y eso solo fue el principio, porque una vez dentro tampoco desaparecieron las masas, para recorrer las salas había que ir avanzando al ritmo del grupo y, en algunos momentos, prácticamente jugar al esquivaguiris entre turistas que se paraban justo delante de la sala que querías ver, aun así, merece muchísimo la pena.
Dolmabahçe fue construido a mediados del siglo XIX, durante el reinado del sultán Abdülmecid, cuando el antiguo Palacio de Topkapi empezaba a quedarse pequeño y poco adecuado para las necesidades de una corte otomana que quería mostrar una imagen más moderna y occidental, las obras comenzaron en 1843 y el palacio empezó a utilizarse en 1856.
Frente al aire más tradicional de Topkapi, Dolmabahçe mezcla la arquitectura otomana con influencias europeas, especialmente del Barroco, Rococó y Neoclásico, el resultado es un palacio enorme y bastante espectacular, donde el lujo se lleva directamente hasta el límite, básicamente se nota que no tenían dificultades para llegar a fin de mes, jejeje.
Por aquí pasaron seis sultanes y el último califa otomano y después de la creación de la República de Turquía el palacio siguió teniendo un papel importante, Mustafa Kemal Atatürk pasó aquí temporadas entre 1927 y 1938 y fue precisamente en Dolmabahçe donde murió el 10 de noviembre de 1938.
El interior es probablemente lo que más sorprende, el palacio tiene nada menos que 285 habitaciones, 44 salones, 68 baños y 6 baños turcos, así que estamos hablando de un sitio bastante más grande de lo que puede parecer desde fuera.
La visita se divide principalmente entre el Selamlik, la zona destinada a los asuntos de Estado, el Harem, donde vivían el sultán y su familia, y el espectacular Salón Ceremonial, situado entre ambas partes. Y aquí empieza el festival del lujo, hay enormes lámparas de cristal, alfombras, muebles decorados hasta el último detalle, porcelanas, cuadros, techos llenos de ornamentación y una cantidad de dorado que hace que en algún momento dejes de preguntarte cuánto costó todo aquello porque probablemente sea mejor no saberlo, el palacio combina elementos tradicionales otomanos con una decoración claramente influenciada por los grandes palacios europeos de la época.
Uno de los espacios que más impresiona es el Salón Ceremonial, una sala gigantesca coronada por una enorme cúpula y una de las piezas más llamativas de todo el palacio, aquí se celebraban recepciones y grandes ceremonias de Estado y, viendo las dimensiones del lugar, queda bastante claro que los otomanos no tenían precisamente miedo a organizar eventos pequeños ni mucho menos cutres, también resulta curioso recorrer las estancias privadas del Harem, mucho más íntimas que los grandes salones oficiales, y ver cómo cambia completamente el ambiente a medida que avanzas por el palacio y por supuesto, hay que ir levantando la vista constantemente, los techos son una auténtica locura, con pinturas, molduras, lámparas y todo tipo de detalles decorativos, el problema es que mientras tú intentas disfrutar tranquilamente de una sala, detrás suele venir una procesión de gente que también quiere verla, así que toca avanzar, parar, esquivar y volver a mirar.
La entrada al Palacio de Dolmabahçe cuesta 2.000 TL e incluye el acceso conjunto al Selamlik, el Harem y el Museo de Pintura, las taquillas abren de 09:00 a 17:00 horas de martes a domingo aunque para consultar precios actualizados, días de apertura y comprar las entradas, podéis hacerlo en la página oficial de Milli Saraylar, la institución que gestiona el palacio.
Ah, y una última cosa, no os perdáis los jardines y las vistas al Río Bósforo, son muy chulos y fotogénicos.
Bajar o subir las Escaleras Kamondo
En pleno Barrio de Galata, muy cerca de Karaköy, encontramos las famosas Escaleras de Kamondo, uno de esos rincones de Estambul que se han hecho especialmente populares gracias a Instagram.
Su diseño en forma de doble curva llama bastante la atención y las convierte en una parada perfecta para hacer unas cuantas fotos, eso sí, cuando fuimos nosotros estaban hasta el culo de gente, entre turistas subiendo y bajando y gente buscando el mejor ángulo para la foto, aquello parecía más una sesión fotográfica que unas simples escaleras pero estas escaleras tienen bastante más historia que su fama en redes sociales, fueron construidas en el siglo XIX por iniciativa de la familia Kamondo, una influyente familia judía sefardí dedicada a las finanzas en el Imperio otomano, su objetivo era facilitar el tránsito por las empinadas calles del barrio, más que nada para que los abueletes y los niños no salieran volando escalera abajo, ¡quién les iba a decir que, más de un siglo después, acabarían siendo uno de los rincones más fotografiados de Estambul!
Nosotros os recomendamos acercaros si estáis paseando por Galata y Karaköy, la visita es gratuita y no os llevará mucho tiempo, eso sí, si queréis haceros una foto con un poco más de tranquilidad, intentad ir a primera hora de la mañana, porque parece que estas escaleras se han convertido en toda una estrella de Instagram así que ya sabéis, una fotito para el recuerdo y a seguir descubriendo Estambul, las escaleras tampoco dan mucho más de sí, jejeje.
Callejear por el bonito barrio de Balat
Si hay un barrio de Estambul que últimamente se ha convertido en uno de los grandes protagonistas de Instagram, ese es Balat. Sus casas de colores, sus calles empinadas, sus cafés y ese punto entre decadente y bohemio han hecho que pase de ser un barrio bastante olvidado a convertirse en uno de los lugares más buscados por quienes visitan la ciudad y no es para menos, a nosotros nos pareció precioso y fue uno de los lugares que más nos gustaron de la ciudad.
Pero Balat es bastante más que cuatro calles bonitas para hacerse fotos, durante siglos fue uno de los grandes barrios judíos de Constantinopla y, junto con el vecino Fener, concentró comunidades judías, griegas, armenias y musulmanas. Los sefardíes expulsados de España en 1492 se instalaron aquí y dejaron una huella que todavía puede rastrearse entre sinagogas, iglesias y antiguas casas, con el paso del tiempo, muchas de aquellas comunidades fueron abandonando el barrio y Balat pasó por una época bastante más decadente, hasta que en las últimas décadas empezó a recuperarse y a llenarse de cafés, tiendas cuquis y edificios restaurados.
Nosotros llegamos desde Eminönü en el autobús 99A que pasa por la zona de Fener y Balat, y nos bajamos en la parada de Poret, desde allí empezamos a caminar sin demasiada idea de cuánto tardaríamos ni de cuántas cuestas nos tocaría subir, que en Balat nunca son pocas.
Nuestra primera parada fue la Calle Vodina, probablemente una de las calles más famosas del barrio y una de esas que han conseguido convertirse en parada obligatoria gracias a Instagram, es fácil entender el motivo: fachadas antiguas, edificios de colores, pequeñas tiendas, cafeterías y restaurantes se mezclan a lo largo de la calle, creando ese ambiente que parece hecho a medida para sacar fotos pero lo que más nos gustó fue que, entre todo ese escaparate para la conocida red social, todavía quedan rincones bastante auténticos, hay edificios que han sido restaurados y otros que siguen mostrando las huellas del paso del tiempo, tiendas tradicionales junto a cafeterías modernas y vecinos haciendo su vida mientras los turistas van de un lado para otro buscando la siguiente foto.
Desde Vodina continuamos hasta Merdivenli Yokuşu, una de las calles más fotografiadas del barrio, básicamente es una pequeña calle bastante inclinada, con escaleras y las famosas casas de colores a ambos lados, muy chula, las viviendas tradicionales de esta zona son uno de los grandes símbolos del barrio, muchas tienen varios pisos, balcones y fachadas pintadas en tonos diferentes, y están construidas siguiendo la pendiente de la colina, algunas fueron restauradas dentro de los proyectos de recuperación de la zona y hoy son probablemente la imagen más reconocible de Balat.
Aquí toca sacar el móvil porque es prácticamente imposible no hacerlo, eso sí, nosotros intentamos no quedarnos únicamente con la foto de rigor y nos dedicamos a recorrer las calles de alrededor, que tienen bastante más encanto cuando te alejas un poco de los puntos donde se acumula todo el mundo.
Después de tanta cuesta aprovechamos para hacer una parada en el Café 66 Stars, sentarnos tranquilamente y tomar algo.
Con las piernas ya algo más descansadas seguimos caminando hacia la Iglesia de San Salvador de Chora, actualmente conocida como Kariye, y aquí llegó uno de esos momentos clásicos de cualquier viaje: cuando miras el mapa y piensas que el sitio está «un poco más adelante», pero después de caminar y caminar empiezas a sospechar que alguien te está tomando el pelo o que a Google maps le ha dado un parraque y se ha desconfigurado, la iglesia está bastante alejada de las calles más turísticas de Balat y, efectivamente, nos pareció que estaba en el culo del mundo pero precisamente por eso el paseo hasta allí tiene su gracia, porque poco a poco vas dejando atrás el Balat más turístico y entrando en zonas mucho más tranquilas y auténticas, de las que nos gustan a nosotros.
San Salvador de Chora es uno de los grandes tesoros bizantinos de la ciudad, especialmente conocida por sus impresionantes mosaicos y frescos. El edificio tiene una historia bastante larga, fue originalmente una iglesia bizantina, antes de convertirse en mezquita y posteriormente en museo, el problema es que después de semejante caminata llegamos y…estaba cerrada por obras así que después de todo el paseo nos tuvimos que conformar con verla desde fuera, si tenéis pensado visitarla, mejor comprobar antes de ir cuál es su situación y si el interior está abierto.
Desde allí fuimos regresando hacia la zona de Fener hasta llegar al Colegio Griego Ortodoxo de Fener, también conocido como la Escuela Roja y aquí hay poco que añadir: el edificio es enorme y cuesta bastante no quedarse mirándolo, su característica fachada de ladrillo rojo domina la parte alta del barrio y parece más un castillo que una escuela. La institución fue fundada poco después de la conquista otomana, en 1454, y durante siglos tuvo una enorme importancia para la comunidad griega ortodoxa de Constantinopla, por sus aulas pasaron generaciones de alumnos de familias griegas y de otras comunidades ortodoxas.
No pudimos entrar, pero solo acercarse hasta allí ya merece la pena, además, desde esta zona empiezas a tener unas vistas bastante chulas sobre los tejados de Fener y el Cuerno de Oro.
Seguimos callejeando hasta llegar a Kiremit Caddesi, otra de las paradas obligatorias si queréis ver las famosas casas de colores de Balat, aquí se encuentran los conocidos Apartamentos o Casas Palantio, unas viviendas que originalmente estuvieron vinculadas a la población griega acomodada de la zona. Hoy lo que llama la atención son sus fachadas de colores y sus balcones, que se han convertido en otra de esas imágenes que aparecen constantemente cuando buscas qué ver en Balat, la gracia está precisamente en recorrer los alrededores y no quedarse únicamente con la foto de las casas Palantio, hay un montón de callejuelas, escaleras y fachadas antiguas alrededor y, además, el barrio cambia bastante según la calle por la que te dé por tirar.
Otra de las imágenes típicas de esta zona son las escaleras de la escuela, un rincón que se ha hecho bastante famoso entre quienes recorren Fener y Balat, y aquí vuelve a pasar lo mismo: son unas simples escaleras, pero están rodeadas de edificios antiguos y fachadas de colores y, con la pendiente del barrio, el conjunto queda bastante fotogénico.
Terminamos el recorrido en uno de los lugares con más peso histórico de todo el barrio: la Iglesia Patriarcal de San Jorge, dentro del recinto del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla.
La iglesia es la sede del Patriarcado desde comienzos del siglo XVII y es uno de los centros religiosos más importantes del mundo ortodoxo, para entendernos, vendría a ser uno de los grandes lugares de referencia para los cristianos ortodoxos y aquí se encuentra el Patriarca Ecuménico de Constantinopla, después de tanto edificio de colores y calles llenas de turistas sorprende un poco encontrarse con un lugar tan sobrio. El interior tampoco es especialmente grande pero guarda piezas de enorme importancia religiosa, entre ellas el trono patriarcal y varios iconos y relicarios, además, la entrada era gratuita cuando fuimos nosotros, así que aprovechamos para entrar y echar un vistazo con bastante calma.
Y así terminamos nuestra ruta por Balat y Fener, después de unas cuantas cuestas, bastantes fotos, un café, una iglesia cerrada y varias caminatas fallidas, jejeje.
Caminar por el antiguo Hipódromo de Constantinopla
Hoy en día este lugar es una plaza abierta, llena de gente que va de un lado a otro, turistas haciendo fotos y viajeros que se detienen a descansar un rato pero hace siglos, este mismo sitio era uno de los grandes centros de la vida de Constantinopla.
Para encontrarlo solo tienes que acercarte al barrio de Sultanahmet, en el corazón del Estambul histórico, justo entre la impresionante Mezquita Azul y Santa Sofía, de hecho, si estás visitando estos dos monumentos, lo tienes prácticamente a tus pies, así que no hay excusa para no dedicarle un ratito. Lo curioso es que, aunque hoy no queda el antiguo estadio como tal, todavía puedes pasear por el espacio que ocupaba y dejar volar un poco la imaginación, piensa que aquí se celebraban carreras de carros tirados por caballos, con miles de espectadores animando a sus equipos favoritos, un auténtico espectáculo de la época, con emperadores incluidos y una afición que, por lo visto, no tenía nada que envidiar a la de un derbi de fútbol.
Pero vamos a lo que nos interesa: ¿qué podemos ver hoy en este rincón histórico?
Lo primero que llama la atención es el Obelisco de Teodosio, una enorme columna de granito rosa que parece llevar ahí toda la vida, y casi, porque fue tallada en el antiguo Egipto hace unos 3.500 años y trasladada a Constantinopla en el siglo IV, fíjate en los jeroglíficos que todavía conserva y en los relieves de su pedestal, cuesta creer que una pieza con tantísimos siglos a sus espaldas siga en pie en medio de una plaza tan transitada.
Un poco más adelante encontrarás la Columna de las Serpientes, uno de esos monumentos que puedes pasar por alto si no sabes qué estás mirando. Su historia se remonta a la antigua Grecia, donde se levantó para conmemorar la victoria sobre los persas en el siglo V a. C., originalmente tenía tres cabezas de serpiente en la parte superior, aunque hoy ya no se conservan, es pequeña, bastante discreta y, precisamente por eso, tiene su encanto.
También merece la pena detenerse ante el Obelisco Amurallado, construido con bloques de piedra y bastante más sencillo que el egipcio aunque en su día estuvo recubierto de placas de bronce dorado, pero estas desaparecieron durante el saqueo de Constantinopla en 1204.
Y, para terminar el paseo, acércate a la Fuente Alemana, situada en uno de los extremos de la plaza, frente a la Mezquita Azul, es mucho más reciente que los otros monumentos, ya que fue inaugurada en 1901 como recuerdo de la visita del emperador alemán Guillermo II a Estambul, su cúpula decorada con mosaicos dorados es preciosa, así que no te olvides de mirar hacia arriba.
Bueno, y si lo que os gusta es ver obeliscos y columnas conmemorativas tampoco os podéis perder la Columna de Constantino, técnicamente no está en el antiguo hipódromo sino en el Barrio de Çemberlitaş pero también merece una visita porque es un lugar con mucha historia. El monumento que podemos ver hoy está bastante hecho polvo, es como una antigua reliquia que necesita cariño, tiene aros metálicos para mantenerla en pie y otros apaños para que luzca bonita, esto se debe a que a lo largo de la historia ha sufrido numerosos percances: en 1106 un vendaval la tiró al suelo y durante el período otomano se incendió en varias ocasiones.
Fue construida en el año 330 a.C. por orden del emperador romano Constantino el Grande, para conmemorar Constantinopla como la nueva capital del Imperio romano, inicialmente medía 50 metros de alto y estaba coronada por una estatua de bronce del propio Constantino aunque hoy en día tan sólo mide 35 metros, el resto se ha perdido a lo largo de los siglos.
Coger el tranvía histórico en la Calle Istiklal
Hay lugares de Estambul que son prácticamente imposibles de imaginar sin su correspondiente tranvía rojo avanzando entre la gente y uno de ellos está en la Calle Istiklal, una de las arterias más conocidas y concurridas de la ciudad.
La ruta empieza en Taksim, así que una buena forma de comenzar el paseo es acercarse primero hasta la famosa plaza, uno de los grandes puntos de encuentro de la parte moderna de Estambul, aquí confluyen calles, hoteles, restaurantes, tiendas y un buen puñado de turistas pero también es un lugar con bastante peso en la historia reciente de la ciudad.
Desde la plaza comienza la calle Istiklal, una enorme avenida peatonal de aproximadamente un kilómetro y medio que atraviesa el barrio de Beyoğlu hasta llegar a Tünel y que durante décadas ha sido uno de los grandes centros comerciales, culturales y de ocio de la ciudad, la calle tiene un ambiente bastante diferente al de Sultanahmet, aquí no encontraréis las grandes mezquitas ni los palacios de la parte histórica, sino edificios del siglo XIX y principios del XX, antiguas iglesias, galerías, tiendas, restaurantes, cafeterías, cadenas internacionales y un flujo constante de gente que parece no terminar nunca y en medio de todo esto aparece el protagonista del paseo: el Tranvía histórico de Istiklal.
El tranvía que circula actualmente por Istiklal forma parte de la red T2 Taksim-Tünel y, aunque hoy tiene sobre todo ese punto nostálgico y turístico, la historia de los tranvías en Estambul viene de bastante más atrás, comenzaron a circular en 1869, inicialmente tirados por caballos, y con el tiempo fueron sustituidos por tranvías eléctricos.
El tranvía histórico de Istiklal comenzó a funcionar en su recorrido actual en 1990, recuperando antiguos vehículos restaurados, la línea tiene unos 1.600 metros y actualmente cuenta con cinco paradas: Taksim Meydan, Hüseyin Ağa Camii, Galatasaray Lisesi, Odakule y Beyoğlu Tünel, el trayecto completo dura apenas unos seis minutos, lo justo para que cuando empiezas a disfrutar del traqueteo y a sacar cuatro fotos ya estés llegando al otro extremo pero merece la pena como «turistada que hay que probar en Estambul», jejeje.
Realmente el trayecto no es lo más importante, lo divertido es ver cómo el tranvía se abre paso por una calle llena de gente, avanza despacio, hace sonar el timbre y los peatones se apartan como pueden para dejarle pasar, en algunos momentos parece que el conductor está jugando una partida del Mario Kart, nosotros lo cogimos simplemente por vivir la experiencia y porque, siendo sinceros, ¿cómo vas a estar en Istiklal y no subirte al tranvía rojo? Es una turistada que hay que hacer sí o sí.
El viaje sencillo en el tranvía nostálgico cuesta 42 TL, para pagarlo podéis utilizar la Istanbulkart, la tarjeta de transporte de la ciudad, que sirve también para autobuses, metros, tranvías, ferris y otros medios de transporte, también existen billetes de uso limitado y otras modalidades pensadas para visitantes, si no tenéis Istanbulkart, podéis comprar el billete en las máquinas expendedoras y puntos de venta autorizados que encontraréis por la ciudad, también hay máquinas de venta de billetes en diferentes puntos de la red de transporte.
Aunque el tranvía sea la estrella, lo suyo es aprovechar para recorrer Istiklal a pie, de hecho, nosotros haríamos las dos cosas: subir al tranvía para vivir la experiencia y después caminar tranquilamente por la calle, entrando en alguna tienda, mirando escaparates y desviándonos por las calles que salen a ambos lados, una de las cosas que más nos llamó la atención es que, aunque a primera vista pueda parecer una calle completamente moderna y comercial, si levantáis un poco la vista aparecen edificios bastante interesantes y pequeñas joyas arquitectónicas que pasan fácilmente desapercibidas entre tiendas y carteles, también encontraréis por aquí lugares como la Iglesia de San Antonio de Padua, uno de los edificios religiosos católicos más importantes de la ciudad, además de numerosos pasajes históricos, cafés y edificios que recuerdan la época en la que Beyoğlu era uno de los grandes centros cosmopolitas de Constantinopla.
Y si llegáis hasta Tünel podéis continuar caminando hacia la Torre de Gálata, bajar hacia Karaköy o simplemente perderos un rato por las calles de alrededor, la zona da bastante juego y permite enlazar fácilmente este paseo con otras visitas.
Comer un bocata de pescado en el Puerto Eminönü
Hay comidas que acabas asociando irremediablemente a un viaje y, en nuestro caso, el premio se lo lleva el Balik ekmek, el famoso bocadillo de pescado que se prepara junto al Puerto de Eminönü.
Nosotros íbamos casi cada tarde a por uno, sí, cada tarde porque si pensamos en un bocata típico de viaje seguramente nos vienen a la cabeza los de Nutella, el clásico de pan con tomate y embutido, uno de atún o, si el viaje es por España, una buena tortilla de patata, pues aquí la cosa cambia bastante: lo típico es meter un pescado entero entre dos trozos de pan y a correr.
Y no os vamos a engañar, al principio nos pareció bastante curioso y personalmente no me atraía mucho ya que no soy muy fan de los animalitos del mar. La preparación es de lo más sencilla, te abren un pan que está buenísimo, meten dentro el pescado recién hecho, normalmente caballa, y lo acompañan con cebolla, lechuga y limón, no esperéis encontraros el pescado perfectamente limpio y listo para comer, aquí te toca a ti lidiar con las espinas, separar la carne y hacer malabares para que aquello no acabe desmontándose por completo ni termine siendo un arma de destrucción masiva para tu garganta, un poco de destreza, otro poco de paciencia y listo, ahí está parte de la gracia.
Eminönü es uno de los rincones con más movimiento de esta parte de la ciudad, el puerto está junto al Cuerno de Oro, muy cerca del puente de Gálata, y por aquí pasan ferris continuamente conectando las orillas europea y asiática. La relación de este lugar con el pescado viene de lejos y el Balik ekmek, que literalmente significa “pescado y pan”, terminó convirtiéndose en uno de los clásicos de la comida callejera local.
Alrededor hay un montón de puestos y pequeños locales donde probar diferentes cosas, nosotros aprovechamos para ir picando bastante durante esos días, así que entre un dulce, alguna especialidad turca y nuestro correspondiente bocata de pescado, acabamos haciendo del paseo por esta parte de la ciudad una especie de ruta gastronómica improvisada.
Aunque se puede venir a cualquier hora, el atardecer le da otro rollo, nosotros solíamos acercarnos cuando empezaba a bajar el sol, después de pasar buena parte del día recorriendo la ciudad, comprábamos nuestro pescado, buscábamos un sitio desde el que contemplar el agua y nos quedábamos un rato viendo cómo cambiaba el ambiente, a esas horas el puerto sigue teniendo bastante actividad, pero la luz empieza a teñir los edificios y los ferris van apareciendo iluminados mientras cruzan el Cuerno de Oro, las gaviotas, por supuesto, siguen haciendo de las suyas, probablemente esperando que a algún turista se le caiga un trozo de pescado o igual hasta te cae un regalito en forma de cagarruta, vimos a varios pájaros que bautizaron con sus excrementos a varios guiris, jejeje.
Puede parecer un plan sencillo, y lo es, pero precisamente por eso nos gustaba tanto, no había que reservar nada, ni hacer cola para entrar a ningún sitio, ni mirar el reloj, simplemente comprar algo de comer, sentarse junto al agua y observar el movimiento de la ciudad así que si vais a pasar unos días por aquí, no dejéis de probar el Balik ekmek en Eminönü y si os gusta, ya sabéis lo que nos pasó a nosotros: una tarde se convirtió en dos, luego en tres y, cuando quisimos darnos cuenta, prácticamente teníamos nuestro pequeño ritual montado.
Conocer la historia de la ciudad en el Museo Arqueológico
Después de varios días recorriendo la ciudad entre mezquitas, palacios, mercados y ferris, decidimos dedicar unas horas a algo un poco diferente y nos fuimos hasta el Museo Arqueológico de Estambul, no era precisamente el plan que más nos llamaba la atención desde casa, pero una vez allí nos alegramos bastante de haberlo incluido, además, está en un sitio bastante cómodo para meterlo en cualquier ruta por la parte histórica, justo al lado del Palacio de Topkapi y el parque de Gülhane.
Lo primero que nos llamó la atención fue el propio edificio, la construcción principal es enorme y tiene ese aire monumental de los edificios de finales del siglo XIX que parece que fueron hechos para impresionar.
El museo tiene sus orígenes en 1869, cuando se creó el Museo Imperial Otomano, la colección fue creciendo y en 1881 apareció una figura clave, Osman Hamdi Bey, pintor, arqueólogo y director del museo, que impulsó muchísimo la arqueología y la conservación de piezas históricas durante el Imperio otomano, de hecho, muchas de las piezas más importantes que vemos hoy aquí llegaron gracias a las excavaciones que dirigió, especialmente las realizadas en Sidón, en el actual Líbano, allí descubrió una necrópolis real de la que salieron algunos de los sarcófagos que ahora son auténticas estrellas del museo.
El complejo no es solamente un museo, sino que está formado por tres edificios diferentes: el Museo Arqueológico, el Museo del Antiguo Oriente y el Museo del Pabellón de los Azulejos.
Y aquí viene lo complicado: hay muchísimo que ver, nosotros entramos pensando que echaríamos un vistazo rápido y acabaríamos saliendo, pero entre una sala y otra fuimos alargando la visita, hay esculturas, relieves, cerámicas, piezas de Mesopotamia, objetos de época griega y romana, sarcófagos y restos de un montón de civilizaciones que han pasado por estos territorios.
Una de las piezas que más nos impresionó fue el Sarcófago de Alejandro, que es enorme y está lleno de escenas talladas con un nivel de detalle increíble, aunque se llame así, no significa que Alejandro Magno esté enterrado dentro, el nombre viene de las escenas en las que aparece representado Alejandro en diferentes escenas de batalla y caza, también están el Sarcófago de las Mujeres Lloronas, el Sarcófago de Tabnit y el Sarcófago Licio, entre muchas otras piezas procedentes de las excavaciones de Sidón y una de las cosas que más nos gustó fue precisamente esa sensación de ir encontrándote cosas que, de alguna manera, conectan con todo lo que llevábamos varios días viendo fuera.
El Pabellón de los Azulejos, además, es bastante diferente al edificio principal, fue construido en 1472, durante el reinado de Mehmed II, y es el edificio más antiguo del complejo, actualmente alberga una colección de azulejos y cerámicas turcas, eso sí, cuando fuimos nosotros había algunas partes cerradas por trabajos de conservación, habrá que volver.
El Museo Arqueológico de Estambul está en Alemdar Caddesi, muy cerca del Palacio de Topkapi. La entrada para visitantes extranjeros cuesta 15 € y el horario para visitarlo es de 09:00 a 18:45 horas, todos los días. Como los horarios, precios y salas abiertas pueden cambiar, lo mejor es comprobar la información antes de ir en la página oficial del museo.
Crucero por el Río Bósforo
Si hay una forma de ver Estambul desde una perspectiva completamente diferente, esa es subirse a un barco y recorrer el Bósforo, porque después de varios días caminando por sus calles, entrando en mezquitas, visitando palacios y esquivando gente por todas partes, resulta bastante curioso sentarse un rato, dejar que otro se encargue de avanzar y simplemente disfrutar de la ciudad desde el agua, además, aquí tenéis bastantes opciones para elegir, desde los típicos ferris públicos y excursiones cortas hasta cruceros al atardecer, barcos con cena, espectáculos de música y danza turca, paseos en yate privado y todo tipo de combinaciones, así que es bastante fácil encontrar algo que encaje con vuestro presupuesto y con el tiempo que tengáis.
Nosotros teníamos claro que queríamos hacerlo al atardecer, principalmente porque nos apetecía ver cómo Estambul iba cambiando de color mientras se encendían poco a poco las luces de la ciudad, y después de comparar varias opciones acabamos contratándolo con Sea & Land Travel Agency, una agencia turística de Estambul que está especializada, entre otras cosas, en cruceros por el Bósforo y que tiene diferentes puntos de venta y contacto en la ciudad.
La agencia ofrece varias modalidades de crucero, desde recorridos de unas dos horas por el Bósforo hasta opciones al atardecer, excursiones que combinan el Bósforo con el Cuerno de Oro y cruceros con cena y espectáculos, en nuestro caso encontramos una de las opciones más económicas que había por aquel momento y pagamos 10 € por persona por un crucero de unas 3 horas, una auténtica ganga teniendo en cuenta todo lo que se ve durante el recorrido, eso sí, tened en cuenta que el precio depende de la excursión y de las ofertas que haya en cada momento, así que no tomaría esos 10 € como una tarifa fija porque también influye la habilidad de regateo de cada persona, jejeje.
El recorrido estaba dividido en dos partes: aproximadamente una hora por el Cuerno de Oro y otras dos horas por el Bósforo, una combinación que nos pareció bastante interesante porque permite ver dos de las grandes vías de agua que han marcado la historia de Estambul en una misma excursión.
La primera parte transcurre por el Cuerno de Oro, ese enorme brazo de agua que se adentra en la ciudad y que durante siglos ha tenido una importancia enorme para Estambul, tanto desde el punto de vista comercial como militar, desde el barco podéis ir viendo cómo cambia el paisaje y cómo se mezclan las zonas históricas con los barrios que se extienden por las dos orillas, después llega el momento que probablemente todos estábamos esperando: el Bósforo, y aquí es donde empieza el desfile de monumentos, el barco avanza primero por la parte europea y durante el recorrido vais pasando frente a algunos de los edificios más conocidos de Estambul, entre ellos el Palacio de Dolmabahçe, uno de esos lugares que impresiona incluso visto desde lejos, el Palacio de Çirağan, convertido actualmente en hotel de lujo, o la Mezquita de Ortaköy, que aparece prácticamente pegada al agua y es una de esas imágenes que parecen hechas expresamente para una postal.
Un poco más adelante aparece uno de los grandes protagonistas del recorrido: el Puente del Bósforo, oficialmente conocido como Puente de los Mártires del 15 de Julio, que conecta Europa con Asia y aquí es cuando te das cuenta de que estás literalmente navegando entre dos continentes, que dicho así parece una frase sacada de un folleto turístico pero cuando estás allí y ves el barco avanzando por debajo del puente tiene bastante más gracia.
El recorrido continúa hacia la zona de Rumeli Hisari, la enorme fortaleza construida por Mehmed II antes de la conquista de Constantinopla en 1453, sus torres y murallas se levantan en la orilla europea y desde el agua se aprecia bastante bien la posición estratégica que tenía en este punto del estrecho, al otro lado del Bósforo también aparecen diferentes palacios, fortalezas y las famosas yalis, las antiguas mansiones otomanas construidas junto al agua, algunas de ellas espectaculares y actualmente convertidas en viviendas privadas, hoteles o propiedades de auténtico lujo, verlas desde el barco tiene su punto porque vas pasando delante de ellas mientras intentas calcular mentalmente cuánto tendría que costar una casita de esas, mejor no hacer cuentas si no queréis que el viaje se convierta en una crisis existencial, jejeje.
Durante la navegación por la parte asiática se pueden contemplar lugares como el Palacio de Beylerbeyi, la Fortaleza de Anadolu, el Pabellón de Küçüksu y, ya más cerca de la entrada al Cuerno de Oro y al mar de Mármara, una de las imágenes más reconocibles de Estambul: la Torre de la Doncella o Kiz Kulesi y además de todos estos lugares que aparecen prácticamente a pie de barco, hay otros que se pueden distinguir a lo lejos, como Santa Sofía, el Palacio de Topkapi o la Torre de Gálata, así que durante buena parte del recorrido os vais a pasar el tiempo diciendo aquello de «mira, mira, ahí está…» y señalando edificios como si fuerais guías turísticos improvisados.
Un consejillo bastante útil, sobre todo si vais en Diciembre como lo hicimos nosotros, abrigaos un poco/mucho, incluso si durante el día hace calor, porque cuando el barco está navegando y llevas un rato en cubierta el aire del Bósforo puede hacer que la temperatura parezca bastante diferente, nosotros pasamos buena parte del recorrido fuera, que es donde realmente merece la pena colocarse para disfrutar de las vistas pero a pesar de que íbamos abrigados como una cebolla nórdica, nos pelamos de frío.
Para contratar la excursión no es necesario hacerlo con antelación desde España antes de viajar, más bien creo que lo mejor es hacerlo allí, hay mogollón de agencias y se puede regatear un muy buen precio in situ, una de las opciones más sencillas es acercarse a las zonas de Eminönü, Karaköy, Kabataş o alrededores del Bósforo, donde encontraréis agencias, oficinas y puntos de venta que ofrecen diferentes excursiones, también podéis reservar directamente por internet, algo que resulta bastante práctico si queréis tener claro el horario y no perder tiempo buscando opciones una vez allí.
También existe la posibilidad de hacer el recorrido con los ferris públicos de Şehir Hatlari, que tienen diferentes rutas turísticas por el Bósforo, incluyendo recorridos cortos, largos y opciones al atardecer según la temporada, es una alternativa interesante si buscáis algo más sencillo y queréis vivir la experiencia desde un ferry público en lugar de contratar una excursión turística organizada.
Y luego están las agencias privadas, que ofrecen prácticamente de todo: cruceros de dos horas, excursiones al atardecer, paseos privados en yate, barcos con cena, bebidas, música en directo, espectáculos de danza turca e incluso combinaciones con otras visitas, eso ya depende de vuestros gustos y presupuesto.
Cruzar caminando el Puente de Gálata
El Puente de Gálata en Estambul es casi una atracción turística en sí mismo, une Eminönü, en la parte histórica de la ciudad, con Karaköy, en el distrito de Beyoğlu, atravesando el Cuerno de Oro, y cruzarlo caminando es uno de esos planes que no cuesta nada pero que acaba dejando bastante más recuerdo del que esperábamos.
Nosotros llegamos desde la zona de Eminönü y simplemente empezamos a caminar hacia el otro lado, sin mucha más intención que cruzarlo, pero aquí pasa una de esas cosas bastante habituales en Estambul: sales a hacer algo que en principio debería llevar diez minutos y acabas tardando bastante más porque cada dos pasos hay algo que mirar.
El puente actual tiene unos 490 metros de longitud y se terminó en 1994, aunque este no es ni mucho menos el primer puente que ha existido aquí, de hecho, el Puente de Gálata que vemos hoy es el quinto puente construido en este lugar, el primero se levantó en 1845 y, a lo largo de los años, fue sustituido por diferentes estructuras hasta llegar al actual.
Y la historia tiene bastante más chicha de la que parece, el puente se convirtió desde el siglo XIX en una conexión fundamental entre la parte histórica de Estambul y la zona de Gálata, facilitando muchísimo el movimiento de personas y mercancías entre ambas orillas del Cuerno de Oro, por aquí pasaban peatones, carros, tranvías y todo tipo de personajes, convirtiéndose poco a poco en uno de esos lugares donde se mezclaba prácticamente toda la ciudad.
El puente que precedió al actual, construido en 1912, estuvo en funcionamiento durante décadas hasta que en 1992 sufrió un incendio que lo dejó gravemente dañado, después se terminó de construir el nuevo puente, el que podemos cruzar actualmente, que entró en servicio en los años noventa.
Pero si hay algo que define al Puente de Gálata por encima de su historia y de sus 490 metros son sus pescadores, en mitad de una de las zonas más turísticas de Estambul os encontraréis con un ejército de pescadores apoyados en las barandillas, caña en mano y mirando fijamente al agua como si estuvieran esperando capturar el pez que les va a solucionar la vida, hay tantos que en algunos momentos cuesta incluso encontrar un hueco libre junto a la barandilla, esta imagen forma parte del paisaje habitual del puente y no es simplemente algo pensado para los turistas, son muchos los habitantes de Estambul que vienen aquí a pescar, algunos incluso pasan horas y horas en el mismo sitio, dependiendo de la época pueden pescar una u otra especie y alrededor de los pescadores también encontraréis pequeños puestos donde comprar cebos y aparejos, a nosotros nos hacía bastante gracia ir caminando y ver cómo cada uno tenía montado su pequeño chiringuito, con las cañas perfectamente colocadas, cubos, aparejos y, en algunos casos, hasta un termo para prepararse un té mientras esperaban a que picase algo.
Y luego está el otro gran protagonista del puente: las vistas, mientras camináis podéis ir mirando hacia el Cuerno de Oro y disfrutar de una panorámica bastante peculiar de Estambul, por un lado queda Eminönü, con la Mezquita Nueva y el perfil de la parte histórica, mientras que al otro lado aparece Karaköy y, un poco más arriba, la Torre de Gálata, si miráis hacia atrás también podéis distinguir algunas de las grandes mezquitas de la ciudad, así que el paseo consiste básicamente en avanzar unos metros, girarte, hacer una foto, volver a avanzar, volver a girarte… y así hasta que te das cuenta de que llevas media hora para recorrer un puente.
Además, el puente tiene una característica bastante curiosa: debajo de la calzada hay una segunda zona llena de restaurantes y cafeterías, muchos de ellos especializados en pescado y con vistas al agua.
Nosotros aprovechamos para cruzarlo caminando y después continuar por Karaköy, pero si tenéis tiempo merece la pena hacer el recorrido sin demasiadas prisas, al fin y al cabo, no hay que pagar entrada, no hay que reservar nada y tampoco hay una ruta concreta que seguir, simplemente caminar y disfrutar del ambiente, eso sí, os recomendamos ir al atardecer.
Si podéis, intentad llegar un poco antes de que empiece a caer el sol, porque vais a poder ver el puente y la ciudad con luz de día y, si tenéis paciencia, quedaros hasta que empiecen a encenderse las luces, poco a poco empiezan a iluminarse los edificios, las mezquitas destacan sobre el horizonte, la Torre de Gálata comienza a aparecer iluminada y los barcos siguen entrando y saliendo del Cuerno de Oro mientras el cielo va perdiendo luz. El puente, que durante el día está lleno de pescadores, peatones, coches y tranvías, empieza a tener ese ambiente de Estambul nocturna que tantas veces habíamos visto en fotografías.
Y si después de cruzarlo os entra hambre, podéis bajar a la zona de restaurantes que hay bajo el puente o volver hacia Eminönü para comer un Balik ekmek, el famoso bocadillo de pescado del que os hablamos antes, vamos, que podéis montaros una pequeña ruta perfecta: paseo por Eminönü, bocata de pescado, cruzar el Puente de Gálata al atardecer, contemplar a los pescadores y terminar en Karaköy con las luces de Estambul ya encendidas.
Descansar en el Parque Gülhane
Después de varios días pateando Estambul de arriba abajo, llega un momento en el que las piernas empiezan a pedir una tregua, y uno de los mejores sitios que encontramos para bajar un poco el ritmo fue el Parque Gülhane, un enorme espacio verde situado en plena zona histórica de la ciudad, justo al lado del Palacio de Topkapi y muy cerca del Museo Arqueológico, de hecho, si estáis haciendo una ruta por Sultanahmet, es muy fácil incluirlo en el recorrido, ya que está prácticamente pegado al Palacio de Topkapi y podéis entrar directamente desde Alemdar Caddesi o acercaros hasta la zona de Sarayburnu, en uno de los extremos del parque.
Nosotros llegamos después de pasar unas horas visitando la parte histórica y la verdad es que agradecimos bastante encontrarnos con un sitio así, porque Estambul puede ser una auténtica trituradora de piernas cuando os da por intentar verlo todo en pocos días, entre cuestas, escaleras, calles empedradas y los correspondientes «vamos a acercarnos andando que está aquí al lado», que misteriosamente con Raúl siempre acaba significando otros veinte minutos de caminata.
El Parque Gülhane tiene además bastante historia, ya que antiguamente formaba parte de los jardines del Palacio de Topkapi y durante siglos estuvo vinculado al complejo imperial, en 1912 se abrió como parque público, convirtiéndose en uno de los espacios verdes más conocidos de esta zona de Estambul, aquí también tuvo lugar en 1839 la proclamación del Edicto de Gülhane, que dio comienzo al periodo de reformas del Imperio otomano conocido como Tanzimat, así que incluso este tranquilo parque tiene unas cuantas páginas de historia detrás.
Dentro del propio parque hay algunos lugares interesantes que podéis visitar, como el Alay Köşkü, conocido como Pabellón de las Procesiones, y el Museo de Historia de la Ciencia y la Tecnología en el Islam, instalado en los antiguos establos del Palacio de Topkapi, otro de los elementos curiosos es la Columna de los Godos, un antiguo monumento de época romana que se encuentra en una de las zonas del parque, es uno de esos restos históricos que pueden pasar bastante desapercibidos si vais con prisa, algo que en Estambul ocurre constantemente porque prácticamente en cada esquina aparece alguna cosa que tiene cientos o miles de años.
Disfrutar de un Baño turco
Nuestra llegada a Estambul tuvo ese pequeño caos que, con el tiempo, acaba convirtiéndose en una de las mejores anécdotas del viaje.
El primer día teníamos reservado un hotel al lado de Santa Sofía, todo perfecto… hasta que el avión decidió retrasarse y llegamos a Estambul casi a la 1:30 de la madrugada, a esas horas lo último que esperas es que en recepción te digan que hay un problema con tu habitación, pues sí, el hotel estaba hasta arriba y, por algún motivo, nuestra habitación no estaba disponible, nos ofrecieron ir a otro hotel que estaba al lado, en las mismas condiciones, y, para compensarnos por el cambio, nos regalaron algo que sonaba bastante mejor que dormir después de un vuelo retrasado: un baño turco completo con masaje general, mascarilla, masaje facial y todos los potingues que uno pueda imaginar, según nos dijeron, cada tratamiento estaba valorado en unos 100 €, luego lo comprobamos, claro está porque sonaba un poco a cuento chino o mejor dicho, turco, jejeje.
Como no teníamos ganas de discutir y nos pareció una buena compensación allá que nos fuimos, ya nos veis a la 1:30 de la mañana recorriendo las calles de Estambul, maletas en mano y acompañados por un chico del hotel, majísimo el pobre, que se vino con nosotros para asegurarse de que llegábamos bien y así, casi por casualidad, acabamos haciendo una de las cosas más típicas que se pueden hacer en Turquía: probar un hammam, el famoso baño turco.
¿Y en qué consiste? La experiencia duró unas 2 horas y es mucho más que meterse en una sauna, primero pasas a una sala de mármol, normalmente muy cálida y húmeda, donde el objetivo es relajarse y que el calor vaya preparando la piel, después llega uno de los momentos más característicos y que menos me gusta: el kese, una exfoliación bastante intensa con un guante áspero que se lleva por delante toda la piel muerta, una auténtica tortura, cuando digo intensa… digo que sales pensando que te han cambiado la piel por otra.
Después viene el lavado con abundante agua y el famoso masaje con espuma, que básicamente consiste en acabar envuelto en una montaña de espuma mientras te van masajeando y en nuestro caso, como nos habían regalado el tratamiento completo, la cosa siguió con masaje corporal, mascarilla, masaje facial y toda una colección de cremas, aceites y potingues varios, vamos, que entramos siendo nosotros y salimos convertidos en una especie de versión premium, me sentía como una auténtica sultana otomana, jejeje.
El hammam forma parte de la cultura turca desde hace siglos y en Estambul hay auténticos baños históricos donde vivir la experiencia, algunos de los más conocidos son el Hürrem Sultan Hamam, construido por orden de Roxelana, esposa de Solimán el Magnífico, justo entre Santa Sofía y la Mezquita Azul; el Cağaloğlu Hamami, uno de los baños históricos más famosos de la ciudad; y el Çemberlitaş Hamami, diseñado por el arquitecto Sinan.
Nosotros acabamos en Sultan Suleyman Hamam, y la verdad es que fue una de esas situaciones que empiezan con un “menudo marrón con el hotel” y terminan con un “pues oye, qué suerte tuvimos” de probar algo típico del país y encima gratis.
Entrar en la Cisterna Basílica
Si había un lugar que teníamos apuntado en rojo antes de viajar a Estambul, era este.
La Cisterna Basílica era una de las razones por las que teníamos tantas ganas de conocer la ciudad, la habíamos visto en mogollón de fotos, reportajes de televisión, documentales… y siempre nos llamaba la atención ese sitio enorme, oscuro, lleno de columnas y con ese aire entre misterioso y un poco inquietante así que, claro, una vez en Estambul no podíamos dejarla fuera.
Está en pleno corazón de Sultanahmet, a unos pasos de Santa Sofía y muy cerca también de la Mezquita Azul, vamos, que estás dando una vuelta por una de las zonas más monumentales de Estambul y de repente, bajas unas escaleras y pasas de estar en medio del bullicio de la ciudad a encontrarte debajo de tierra con una auténtica barbaridad de la historia bizantina.
La cisterna fue construida en el siglo VI, durante el reinado del emperador Justiniano I, para almacenar agua y abastecer a Constantinopla y cuando decimos almacenar agua, no hablamos precisamente de una piscina pequeña, estamos hablando de una gigantesca estructura subterránea sostenida por 336 columnas de mármol.
Nada más entrar empiezas a caminar por unas pasarelas entre las columnas, con el agua debajo, una iluminación bastante teatral y una humedad que te recuerda que estás literalmente bajo las calles de Estambul, las columnas son todas diferentes y algunas tienen una historia bastante curiosa, eso sí, hay dos que se llevan buena parte del protagonismo: las famosas cabezas de Medusa.
Una está colocada boca abajo y la otra de lado, nadie sabe con total seguridad por qué están así, hay teorías para todos los gustos, desde que se colocaron de esa manera simplemente para ajustar la altura de las columnas hasta interpretaciones relacionadas con las antiguas creencias y la protección frente al mal.
También está la llamada Columna de las Lágrimas, decorada con unos relieves que recuerdan a gotas de agua, y que según la tradición está relacionada con las lágrimas de los esclavos que murieron durante la construcción aunque quizá lo que más nos impresionó fue todo el conjunto.
El precio de entrada a la Cisterna Basílica ronda los 30 € por cabeza, no es barato pero merece mucho la pena y el horario para visitarla es de 09:00 a 18:30 horas, existe también una franja nocturna especial en determinados momentos, por lo que lo mejor es consultar la información actualizada antes de ir en la página oficial de la Cisterna Basílica.
Nosotros salimos de allí pensando que, de todos los sitios que habíamos visto en fotos antes de viajar, este era uno de esos que en persona gana muchísimo porque una cosa es ver una fotografía de 336 columnas iluminadas bajo tierra y otra muy distinta es bajar las escaleras, dejar atrás el ruido de Estambul y encontrarte de repente allí abajo con Medusa mirándote de reojo, bueno, técnicamente una de ellas ni siquiera te mira, jejeje.
Entrar en las mezquitas de Estambul
Una de las cosas que más nos gustó de Estambul fue poder entrar en sus mezquitas y descubrirlas también por dentro. En muchos países, si no eres musulmán, no está permitido acceder a estos lugares de culto pero aquí las puertas están abiertas a los viajeros, siempre que respetemos unas sencillas normas: hay que descalzarse antes de entrar y, en el caso de las mujeres, cubrirse el pelo así que, con los zapatos en la mano y un pañuelo en la mochila, nos fuimos adentrando en algunas de las mezquitas más bonitas de la ciudad, estas fueron las que visitamos:
Mezquita Eyüp
Una de las mezquitas que visitamos fue la de Eyüp Sultan, a orillas del Cuerno de Oro. Y aquí hay que hacer una pequeña pausa antes incluso de entrar porque este lugar no es importante únicamente por su arquitectura, la mezquita se construyó en 1458, poco después de la conquista de Constantinopla, por orden de Fatih Sultan Mehmet, alrededor de la tumba de Abu Ayyub al-Ansari, uno de los compañeros del profeta Mahoma, es por eso que durante siglos se convirtió en uno de los lugares más sagrados para los musulmanes de la ciudad.
La mezquita que vemos hoy no es exactamente la original, un terremoto en 1766 dejó el edificio prácticamente en ruinas y tuvo que reconstruirse a finales del siglo XVIII, las obras terminaron en 1800, durante el reinado de Selim III, dando lugar al edificio que podemos visitar actualmente.
Al entrar, una de las cosas que más llama la atención es la Tumba de Eyüp Sultan, situada junto a la mezquita, está ricamente decorada con azulejos, inscripciones y detalles ornamentales, y es fácil darse cuenta de que para muchos visitantes este es un lugar de peregrinación y recogimiento más que una simple visita turística así que hay que entrar con respeto, también merece la pena fijarse en el interior, especialmente en la gran cúpula, el mihrab de mármol y el minbar, además de las decoraciones y azulejos que aparecen en diferentes zonas.
El conjunto está rodeado de tumbas y antiguos cementerios, con una tranquilidad que contrasta bastante con el ajetreo del centro de Estambul y que a mí personalmente no me gusta nada, al estar junto al Cuerno de Oro, la visita se puede combinar perfectamente con un paseo por esta zona de la ciudad, si tienes tiempo, puedes acercarte también al cercano Pierre Loti, desde donde se tienen unas vistas estupendas del Cuerno de Oro.
Mezquita Nueva
La Mezquita Nueva (Yeni Cami) es de esas que seguramente vas a ver varias veces durante tu paseo por Estambul, aunque solo sea de pasada. Está en pleno Eminönü, junto al Cuerno de Oro y justo al lado del Bazar de las Especias, así que resulta prácticamente imposible no verla, de hecho, su silueta, con las cúpulas y los dos minaretes, es una de esas imágenes que asociamos enseguida con la ciudad.
Aunque se llama Mezquita Nueva, de nueva tiene poco, su construcción comenzó a finales del siglo XVI, por iniciativa de Safiye Sultan, pero las obras se quedaron paradas durante muchos años y no fue hasta varias décadas después cuando se retomaron, finalmente, la mezquita quedó terminada en el siglo XVII gracias a Turhan Sultan, madre del sultán Mehmed IV, vamos, que para verla acabada tuvieron que pasar unos cuantos sultanes y más de medio siglo de por medio.
Nada más entrar, el ambiente cambia por completo, fuera tienes el caos habitual de Eminönü y dentro todo resulta mucho más tranquilo. El interior está decorado con una gran cantidad de azulejos de tonos azules, verdes y turquesas, además de motivos florales y detalles ornamentales que merece la pena mirar con calma, y como ocurre en muchas de las grandes mezquitas de Estambul, lo mejor es levantar la cabeza y quedarse un rato contemplando la enorme cúpula central y las semicúpulas que la rodean.
También merece la pena fijarse en el mihrab y el minbar, y en todos esos pequeños detalles que seguramente se os pasarían por alto si entráis con prisas, nosotros recomendamos sentarse un momento y simplemente disfrutar del espacio, no hace falta entender demasiado de arquitectura para darse cuenta de que estás ante un edificio realmente impresionante, además, la mezquita forma parte de un antiguo complejo que incluía diferentes edificios y comercios, el más conocido es, por supuesto, el Bazar de las Especias, que está prácticamente pegado a ella.
Mezquita Ortaköy
De todas las mezquitas que visitamos en Estambul, la Mezquita de Ortaköy fue una de las que más nos gustó, es simplemente preciosa, está en pleno barrio de Ortaköy, junto al Bósforo y prácticamente al lado del famoso puente del Bósforo, y la combinación de mezquita, agua y puente al fondo es una auténtica chulada.
La mezquita que vemos hoy se construyó a mediados del siglo XIX, durante el reinado del sultán Abdülmecid I, y fue diseñada por los arquitectos armenios Garabet y Nigoğayos Balyan, una familia de arquitectos que dejó una huella enorme en la arquitectura de Estambul, su construcción terminó en 1854 y tiene un estilo bastante diferente al de las grandes mezquitas otomanas clásicas que habíamos visto en otras partes de la ciudad.
Fue eso precisamente una de las cosas que más nos llamó la atención, su exterior, de color claro y con una decoración muy cuidada, resulta mucho más delicado y elegante, tiene una única gran cúpula y dos esbeltos minaretes, y todo el conjunto tiene un aire casi palaciego, además, al estar tan cerca del agua, cambia muchísimo dependiendo de la hora del día y de la luz que haya.
Por dentro tampoco decepciona, el espacio es relativamente recogido y luminoso, con grandes ventanales que dejan entrar la luz del Bósforo, una de las cosas que más nos gustó fue precisamente esa sensación de estar dentro de la mezquita y, al mismo tiempo, tener el agua prácticamente al otro lado de las ventanas, el interior está decorado con mármoles, detalles dorados y una bonita ornamentación, pero sin resultar excesivamente recargado, también merece la pena fijarse en el mihrab y el minbar, además de en las enormes lámparas que cuelgan de la cúpula.
Y luego está Ortaköy, que por sí solo ya merece una visita, al salir de la mezquita nos encontramos con un barrio lleno de terrazas, restaurantes y puestos de comida, con el Bósforo como protagonista absoluto, es un sitio estupendo para sentarse un rato, hacer alguna que otra compra, tomar algo y ver pasar los barcos, si vais al atardecer, mejor todavía, porque la luz sobre el agua y la mezquita hacen que el escenario sea todavía más bonito.
Mezquita Pequeña Sofía
La Pequeña Santa Sofía fue otra de esas visitas que nos sorprendieron bastante, no es una de las mezquitas más famosas de Estambul y, de hecho, puede pasar un poco desapercibida entre todo lo que hay que ver en la ciudad pero precisamente por eso nos gustó. Está en Sultanahmet, muy cerca del mar de Mármara y a pocos minutos andando de Santa Sofía y de la Mezquita Azul, así que es muy fácil incluirla en la ruta por el centro histórico.
Aunque hoy funciona como mezquita, su historia empieza bastante antes, el edificio fue construido en el siglo VI, durante el reinado del emperador Justiniano, como iglesia dedicada a San Sergio y San Baco, con el paso de los siglos y tras la conquista otomana de Constantinopla, el templo se transformó en mezquita. El nombre de Pequeña Santa Sofía se debe a que su diseño recuerda en algunos aspectos al de Santa Sofía, aunque, evidentemente, en una escala muchísimo más pequeña.
Desde fuera no parece gran cosa pero cuando entras descubres un edificio con muchísima personalidad y muy chulo, su planta y su cúpula son bastante diferentes de las grandes mezquitas otomanas que habíamos visto hasta ese momento, el espacio interior es más pequeño y tiene una atmósfera mucho más tranquila, algo que se agradece después de estar recorriendo las zonas más turísticas de Sultanahmet, estuvimos completamente solos durante toda la visita.
Dentro merece la pena fijarse especialmente en la cúpula, las columnas y los detalles de la antigua iglesia que todavía se conservan, también llaman la atención los restos de decoración y algunos elementos arquitectónicos que permiten imaginar el aspecto que debía de tener el edificio hace más de mil años, es de esos lugares en los que, si te paras un momento a mirar, empiezas a descubrir detalles por todas partes.
Otra cosa que nos gustó fue precisamente su ambiente, mientras que en Santa Sofía o en la Mezquita Azul es fácil encontrarse con bastante gente, aquí la visita resulta mucho más pausada, puedes entrar, dar una vuelta tranquilamente y sentarte un rato sin tener la sensación de estar siguiendo una fila de guiris, además, su ubicación viene genial para hacer una pequeña ruta a pie por esta zona.
Para nosotros, la Pequeña Santa Sofía fue una de esas pequeñas sorpresas de Estambul, quizá no sea la mezquita que más impresiona a primera vista, pero tiene algo que nos gustó mucho: más de 1.500 años de historia concentrados en un edificio relativamente pequeño y con un ambiente mucho más tranquilo que otros grandes monumentos de la ciudad, después de visitar las mezquitas más monumentales, encontrarnos con esta pequeña joya fue todo un descubrimiento.
Mezquita Rüstem Pasha
La Mezquita Rüstem Pasha fue otra de esas pequeñas sorpresas que nos llevamos de Estambul, decimos pequeña porque, comparada con las enormes mezquitas que habíamos ido visitando, esta es bastante más pequeñita, además, desde fuera no llama especialmente la atención porque está escondida entre las calles y comercios de Eminönü, cerca del Bazar de las Especias, pero aquí viene el truco: hay que entrar para descubrirla porque si no vas atento casi seguro que te pasas la entrada, nosotros tuvimos que dar alguna que otra vuelta y encima bajo la lluvia.
La mezquita fue construida en el siglo XVI por orden de Rüstem Pasha, gran visir y yerno del sultán Solimán el Magnífico, el proyecto se encargó a Mimar Sinan, el arquitecto otomano más famoso de la época y responsable de algunas de las grandes obras que todavía hoy podemos admirar por toda Turquía, la mezquita se terminó alrededor de 1561 y, aunque su tamaño es bastante más modesto que el de otras construcciones de Sinan, tiene una personalidad enorme.
Y si hay algo por lo que destaca por encima de todo es por sus azulejos de İznik, aquí está la verdadera sorpresa, las paredes interiores están prácticamente cubiertas de azulejos decorados con motivos florales y geométricos, predominando los tonos azules, turquesas, verdes y rojos, hay tantos detalles que es imposible mirarlos todos de una vez, nosotros estuvimos un buen rato simplemente levantando la vista y buscando nuevos dibujos y combinaciones.
La decoración es tan espectacular que casi cuesta creer que un edificio de estas dimensiones pueda tener un interior tan llamativo, merece la pena fijarse también en la cúpula, las columnas, el mihrab y el minbar, pero los azulejos son, sin duda, los grandes protagonistas, si os gusta la fotografía, aquí vais a querer sacar la cámara constantemente, aunque probablemente acabéis haciendo veinte fotos del mismo rincón desde ángulos diferentes, a nosotros fue una de las que más nos gustaron.
Otra curiosidad es que la mezquita está construida sobre una plataforma elevada, por encima de las tiendas y pequeños comercios de la zona, para llegar hasta ella hay que subir por unas escaleras y, una vez arriba, parece que hayas encontrado una pequeña puerta secreta en medio del caos de Eminönü, esa es también parte de su encanto.
Mezquita de Sehzade o mezquita del Príncipe
La Mezquita de Şehzade, también conocida como la Mezquita de los Príncipes, fue otra de las que incluimos en nuestra ruta por Estambul. Está en una zona bastante céntrica, junto al acueducto de Valente y no muy lejos de la Mezquita de Süleymaniye, así que es fácil acercarse hasta ella mientras recorres el casco histórico y aunque no tiene la fama de otras grandes mezquitas de la ciudad, merece mucho la pena entrar.
La historia de esta mezquita tiene además un punto bastante triste, fue mandada construir por el sultán Solimán el Magnífico en memoria de su hijo Şehzade Mehmed, que murió con solo 21 años. Las obras comenzaron en 1543 y terminaron en 1548, y el encargado del proyecto fue Mimar Sinan, de hecho, esta fue una de las primeras grandes obras de Sinan y suele considerarse una especie de adelanto de lo que vendría después en su espectacular carrera.
La mezquita tiene una enorme cúpula central, rodeada por semicúpulas, y una composición muy equilibrada que hace que el edificio resulte monumental sin necesidad de ser gigantesco, desde el exterior, los minaretes y las cúpulas le dan una silueta muy elegante y, cuando te acercas, empiezas a apreciar todos esos detalles que desde lejos pasan desapercibidos.
Por dentro nos gustó especialmente la sensación de amplitud y la luz que entra a través de las numerosas ventanas, la decoración es bastante más sobria que la de otras mezquitas que habíamos visitado, pero precisamente eso permite fijarse mejor en la arquitectura, la cúpula, el mihrab y el minbar son algunos de los elementos que merece la pena observar con calma y como siempre, recomendamos levantar la vista y mirar el conjunto desde el centro, porque ahí es cuando realmente se aprecia el trabajo de Sinan.
Alrededor de la mezquita también hay un pequeño complejo con patio, tumbas y otros edificios, entre ellos destaca el Mausoleo de Şehzade Mehmed, que está ricamente decorado en su interior, es un rincón que merece la pena visitar porque ayuda a entender la historia que hay detrás de todo el conjunto.
Mezquita de Solimán
Y llegamos a una de las que, para nosotros, fue imprescindible: la Mezquita de Solimán, después de haber recorrido unas cuantas mezquitas por Estambul, pensábamos que ya pocas cosas podían sorprendernos, pero esta consiguió hacerlo, no solo por el edificio, que es espectacular, sino por el lugar donde está, en lo alto de una de las colinas de la ciudad y con unas vistas increíbles sobre el Cuerno de Oro y buena parte de Estambul.
La mezquita fue construida en el siglo XVI por orden del sultán Solimán el Magnífico, uno de los gobernantes más importantes del Imperio otomano, las obras comenzaron en 1550 y terminaron en 1557, y el encargado de llevar a cabo el proyecto fue, una vez más, Mimar Sinan, el arquitecto crack de los otomanos.
Desde el exterior, la primera impresión es de auténtica monumentalidad, la enorme cúpula central, los cuatro minaretes y el conjunto de edificios que forman el complejo hacen que la mezquita domine completamente la colina pero lo mejor viene cuando cruzas el patio y entras en el interior, allí todo resulta mucho más amplio y luminoso de lo que esperábamos, con una decoración elegante y bastante más contenida que la de otras mezquitas que habíamos visitado.
Una de las cosas que más nos gustó fue precisamente esa sensación de espacio, la gran cúpula parece todavía más impresionante desde abajo y la luz que entra por las numerosas ventanas consigue que el interior tenga un ambiente muy especial, merece la pena fijarse en el mihrab, el minbar, las vidrieras y los detalles de mármol, además de buscar algunos de los azulejos de İznik que decoran diferentes partes del edificio.
La mezquita forma parte además de un enorme complejo que incluye antiguas escuelas, una biblioteca, baños, un comedor y otros edificios, también aquí se encuentran los mausoleos de Solimán el Magnífico y de Hürrem Sultan, su esposa, conocida en Occidente como Roxelana, es una zona que invita a recorrerla tranquilamente, sin limitarse únicamente a entrar en la mezquita y marcharse.
Pero si hay algo que hace especial a esta visita es salir al exterior y ver las vistas, la mezquita está situada en una de las colinas de Estambul y desde los alrededores se puede contemplar el Cuerno de Oro, las cúpulas y minaretes de la ciudad y, al fondo, el Bósforo, nosotros nos quedamos un rato simplemente mirando el paisaje, porque después de tanto caminar por Estambul viene muy bien parar y disfrutar de la panorámica aunque nos remojamos un poco porque empezó a llover, todo hay que decirlo, jejeje.
Flipar con el Palacio de Topkapi
Llegas a la entrada del Palacio de Topkapi y lo primero que piensas es que para entrar aquí debes de estar a punto de acceder a un sitio bastante importante: controles, seguridad, escáneres… un despliegue que parece más propio de un aeropuerto, de la NASA o incluso del Capitolio que de un palacio del siglo XV pero pasas el control, atraviesas la puerta y empieza la película porque Topkapi no es simplemente un palacio, es enorme, hay patios, jardines, pabellones, estancias, cocinas, tesoros, el famoso Harén y unas terrazas desde las que tienes unas vistas brutales del Bósforo, y mientras vas caminando por allí cuesta no pensar que por estos mismos lugares estuvieron los sultanes que durante siglos gobernaron el Imperio otomano.
El palacio empezó a construirse después de la conquista de Constantinopla por Mehmed II, hacia 1460, y durante casi cuatro siglos fue el centro del poder otomano, aquí vivían los sultanes, aquí se tomaban decisiones de Estado y aquí se desarrollaba buena parte de la vida de la corte, con el tiempo fue creciendo hasta convertirse en este enorme complejo que hoy podemos recorrer y lo bueno es que no hace falta ser un apasionado de la historia para disfrutarlo, vas pasando de un patio a otro y siempre aparece algo que te hace parar: una puerta espectacular, una sala llena de azulejos, un pabellón con vistas al mar o una colección de objetos que parece sacada directamente de una película de las mil y una noches.
El Harén es uno de esos sitios que no dejaría fuera de la visita, era la zona privada de la familia del sultán y está llena de habitaciones, patios y pasillos decorados con auténticas maravillas, aquí es donde empiezas a hacerte una idea de cómo era la vida dentro de la corte otomana, con todo el lujo y también toda la jerarquía que había alrededor del sultán, a mí personalmente me flipó el hammam, menudo despliegue de opulencia, yo creo que hasta fregaban con oro líquido así que imaginad.
Después están los tesoros, donde directamente empiezas a preguntarte qué clase de presupuesto manejaban aquellos señores: joyas, armas ceremoniales, objetos de oro y piedras preciosas por todas partes, entre las piezas más famosas está el Puñal de Topkapi, con sus enormes esmeraldas, y también la colección de reliquias sagradas, que guarda objetos vinculados a Mahoma y a otras figuras importantes del islam.
Y cuando ya crees que lo has visto todo, sales a las terrazas y aparece el Bósforo, Topkapi está construido en un lugar privilegiado de la península histórica de Estambul, sobre Sarayburnu, justo donde se encuentran el Bósforo, el Cuerno de Oro y el mar de Mármara, las vistas son una auténtica barbaridad y, sinceramente, merece la pena parar un rato y simplemente mirar.
Mejor que no llevéis un tiempo estipulado para ver el palacio porque de verdad que es un auténtico laberinto y os puedo asegurar que cada rincón es alucinante, te puedes tirar allí todo el día si te despistas un poco, nosotros entramos con la sensación de “vamos a echar un vistazo” y acabamos completamente metidos en la historia del lugar, vamos, que porque no nos dejaron, sino nos quedamos a dormir allí, jejeje.
No te olvides de visitar Santa Irene
Y dentro del recinto hay otra sorpresa que merece bastante la pena: la Iglesia de Santa Irene, también conocida como Aya İrini, de hecho, cuando estás allí resulta bastante curioso pensar que este edificio ya existía antes de que los otomanos construyeran Topkapi. Santa Irene es una antigua iglesia bizantina cuya historia se remonta a los primeros siglos de Constantinopla y que quedó integrada dentro del complejo del palacio después de la conquista otomana.
Por dentro es muy diferente de lo que uno puede imaginar cuando piensa en una iglesia bizantina de Estambul, no esperes una explosión de dorados y mosaicos, es un espacio enorme, bastante soso y monumental, dominado por su impresionante cúpula y precisamente ahí está parte de su encanto, entras y el tamaño del espacio te deja bastante quieto, merece la pena mirar los muros, la cúpula y la estructura del edificio con calma, porque estás delante de uno de los edificios religiosos más antiguos que se conservan en Estambul, además, su acústica es espectacular y por eso se utiliza también para conciertos y acontecimientos culturales.
La entrada combinada cuesta aproximadamente 2.750 TL e incluye el Palacio de Topkapi, el Harén y Santa Irene, también se pueden comprar entradas por separado para el Harén y Santa Irene.
El palacio abre de 09:00 a 18:00 horas, la última entrada es a las 17:00 horas y cierra los martes así que tenedlo en cuenta, como los precios y horarios pueden cambiar, especialmente en festivos, lo mejor es echar un vistazo a la información oficial antes de ir en la página oficial de Topkapi.
Ir de compras por el Gran Bazar
Llegó el momento de una de las cosas que más me molan cuando estoy de viaje, ir de compras…y en Estambul esto tiene trampa, porque cuando dices “vamos a dar una vuelta por el Gran Bazar” parece que vas a entrar en una tienda grande, echar un vistazo y salir con alguna cosilla, error, el Gran Bazar, o Kapaliçarşi, es un auténtico laberinto, entras por una de sus puertas y empiezas a caminar por un entramado de calles cubiertas, pasadizos, pequeños patios y tiendas que aparecen por todas partes y cuando llevas un rato dentro ya no sabes muy bien por dónde has entrado, cuanto tiempo ha pasado ni por dónde vas a salir pero tampoco importa demasiado, estás en uno de los mercados más antiguos y grandes del mundo, en pleno corazón de la parte histórica de Estambul.
El Gran Bazar empezó a tomar forma después de la conquista otomana de Constantinopla, Mehmed II impulsó su construcción en el siglo XV y posteriormente fue ampliándose durante el Imperio otomano hasta convertirse en el gigantesco mercado que conocemos hoy y claro, después de tantos siglos, aquí ha pasado de todo: incendios, terremotos, reconstrucciones, generaciones y generaciones de comerciantes… El bazar ha ido sobreviviendo y transformándose, pero mantiene esa sensación de lugar que lleva toda la vida funcionando, de hecho, esto no es simplemente un conjunto de tiendas metidas bajo techo, históricamente era todo un centro comercial y de intercambio, con talleres, almacenes, posadas, mezquitas y fuentes, la propia estructura del bazar conserva esa idea de pequeña ciudad dedicada al comercio.
Lo mejor es entrar sin demasiadas prisas porque aquí lo de ir con una lista cerrada de “quiero comprar esto, esto y esto” casi no funciona, por lo menos a mí, vas caminando y cada pocos metros encuentras algo que te llama la atención: lámparas turcas de colores, alfombras, cerámica, bolsos y productos de piel, textiles, antigüedades, objetos de decoración, souvenirs, dulces, especias y, sobre todo, un montón de joyerías y zapaterías con precios bastante guays.
Hay calles y zonas donde se concentran determinados tipos de comercio, una herencia de la antigua organización por gremios así que puedes encontrarte de repente rodeado de tiendas de oro y joyería y, unas calles más adelante, estar entre alfombras o productos de artesanía y luego están las lámparas, si eres de los que entran en una tienda de decoración diciendo “solo voy a mirar”, aquí estás perdido, hay lámparas de colores colgando por todas partes y crean ese ambiente un poco hipnótico que hace que el Gran Bazar parezca sacado de otra época.
También merece la pena levantar la vista de vez en cuando, entre las calles cubiertas aparecen cúpulas, bóvedas, detalles decorativos y edificios históricos que recuerdan que estás caminando por un lugar con varios siglos de historia.
Una de las cosas que más gracia tiene del Gran Bazar es el juego del regateo, ves algo que te gusta, preguntas el precio, el vendedor te dice una cifra, tú pones cara de “ni de coña”, empieza la negociación… y al final acabas hablando de cualquier cosa mientras tomas un té, aquí el regateo forma parte de la experiencia, especialmente en muchos comercios orientados al visitante, te intentan hacer el lío pero no saben que tenemos un máster en regateo, jejeje. La recomendación más sensata es tomárselo con humor, comparar un poco antes de comprar y no sentirse obligado a llevarse nada porque también forma parte del juego entrar en una tienda, decir que no, seguir caminando, volver cinco minutos después y acabar comprando lo que habías dicho que no ibas a comprar al precio que querías al principio.
También os digo una cosa, no os flipéis con los precios, si una cosa vale 3000 no vayáis a ofrecer 20 porque obviamente allí regatean, pero no son tontos y al final muchas veces si haces el cambio, estás regateando por un mísero euro.
Pisar Europa y Asia en el mismo día visitando el Barrio de Üsküdar
Una de las cosas que más mola de Estambul es que puedes desayunar en Europa, coger un ferry y, en un rato, estar pisando Asia y eso es exactamente lo que hicimos.
Nos subimos a un ferry desde la parte europea de Estambul rumbo a Üsküdar, uno de los barrios más conocidos de la orilla asiática del Bósforo, el trayecto en sí ya merece la pena, vas dejando atrás la parte histórica de la ciudad, con sus mezquitas y sus minaretes, mientras el barco avanza por el Bósforo y tienes Estambul prácticamente alrededor y además, hacerlo en ferry tiene mucho más encanto que cruzar por debajo del agua en metro.
El billete de ferry cuesta alrededor de 58,52 liras turcas en la ruta Üsküdar-Eminönü pero conviene consultar los precios actualizados en la web de Şehir Hatlari, que es la compañía que opera la ruta.
Üsküdar está justo enfrente de la península histórica de Estambul, al otro lado del Bósforo, y tiene una historia larguísima, la zona ya era importante en la antigüedad por su posición estratégica junto al estrecho y, con los siglos, pasó por manos griegas, romanas, bizantinas y finalmente otomanas, durante el periodo otomano se convirtió en una zona llena de mezquitas, fuentes, edificios religiosos y residencias.
Hoy tiene una mezcla bastante curiosa, por un lado, está la zona del paseo marítimo, con los ferrys entrando y saliendo constantemente y unas vistas estupendas hacia la parte europea, por otro, empiezas a meterte por las calles del barrio y aparece una Estambul mucho más cotidiana, con comercios, restaurantes, mezquitas y bastante vida local.
Nosotros empezamos precisamente por uno de los edificios más importantes del barrio: la Mezquita de Mihrimah Sultan que está prácticamente al lado del embarcadero y es imposible no verla. Fue construida por Mimar Sinan, uno de los grandes arquitectos del Imperio otomano, por encargo de Mihrimah Sultan, hija de Solimán el Magnífico.
La mezquita se construyó entre 1546 y 1548 y es uno de los edificios más emblemáticos de Üsküdar, tiene una cúpula central bastante elegante y un interior luminoso, y aunque después de haber visto algunas de las grandes mezquitas de Estambul quizá no sea la que más impresiona, merece la pena entrar y echar un vistazo, además, tiene algo que me encanta de muchas mezquitas de Estambul: están totalmente integradas en la vida de la ciudad, no son simplemente monumentos aislados para turistas, sales y vuelves a encontrarte con el ruido de las calles, los comercios y la gente haciendo su vida.
Después nos fuimos a dar una vuelta por el bazar de Üsküdar, y aquí voy a ser bastante sincera: me decepcionó bastante, después de haber pasado por el Gran Bazar y por otros mercados de Estambul, quizá llevábamos las expectativas demasiado altas, pero este nos pareció bastante menos interesante, dimos una vuelta, curioseamos un poco, vimos que era bastante cutre y aburrido y continuamos con nuestra ruta, supongo que también depende de lo que busques, si tienes tiempo de sobra y te apetece ver una zona más local, puedes acercarte, pero si vas justo de tiempo en Estambul, personalmente priorizaría otros lugares.
Lo siguiente que vimos fue la archi conocida Torre de la Doncella, o Kiz Kulesi, está sobre un pequeño islote en el Bósforo, frente a Üsküdar, a unos 200 metros de la costa y es probablemente una de las imágenes más reconocibles de esta parte de Estambul.
La torre tiene una historia bastante movidita, sus orígenes se remontan a la época bizantina y a lo largo de los siglos ha tenido diferentes funciones: torre de vigilancia, puesto de control, faro e incluso estación de cuarentena y también tiene asociadas varias leyendas, que aquí tampoco faltan, la más famosa cuenta que un emperador recibió una profecía según la cual su hija moriría por la mordedura de una serpiente al cumplir los 18 años, para protegerla, decidió encerrarla en la torre, en mitad del Bósforo, pensando que allí estaría a salvo y como era de esperar, no funcionó, en qué cabeza cabe que una profecía no se vaya a cumplir, en ninguna peli pasa, está claro que el señor no tenía Netflix, jejeje.
Como era de esperar, el día de su cumpleaños el emperador le llevó una cesta de frutas como regalo y, escondida entre ellas, había una serpiente, la princesa murió mordida, cumpliéndose finalmente la profecía, una historia bastante dramática para una torre que hoy resulta de lo más fotogénica.
Evidentemente en Estambul no podía faltar la lluvia para completar nuestra excursión, ya cuando salimos por la mañana, el cielo estaba bastante negro, parecía Mordor así que empezaron a caer unas gotas y decidimos aplicar una de las mejores estrategias posibles cuando estás viajando: buscar una pastelería y meternos dentro y así acabamos en Çimen Pastanesi, una pastelería y cafetería de Üsküdar, una auténtica perdición, ya que entramos para resguardarnos un poco de la lluvia y nos encontramos con una cantidad de dulces que no era ni medio normal: baklavas, pasteles, tartas, bollería… aquello era una provocación en toda regla así que claro, tocó probar, primero uno, luego otro y así sucesivamente hasta que salí de allí con un inflamiento considerable, a punto de despegar del suelo, jejeje.
Pero oye, la lluvia fuera, nosotros dentro, un café y una mesa llena de pastelitos turcos, tampoco estaba siendo un mal plan.
Cuando escampó un poco, aprovechamos y seguimos caminando un rato por el barrio pero sinceramente, Üsküdar no fue de nuestros barrios preferidos de Estambul, igual es que no le supimos ver el «puntillo», tiene historia, tiene lugares interesantes y la posibilidad de estar literalmente en Asia después de cruzar el Bósforo es un puntazo pero después de haber recorrido otras zonas de Estambul, nosotros no conectamos demasiado con el barrio.
Quizá fue el día, quizá la lluvia, quizá que el bazar nos dejó un poco fríos o simplemente que llevábamos las expectativas demasiado altas aun así, creo que merece la pena hacer la excursión si tienes tiempo.
Recorrer el Bazar de las especias
Si hay un sitio en Estambul donde los sentidos empiezan a trabajar horas extra, ese es el Bazar de las Especias.
Llegas a la zona de Eminönü y ya empiezas a notar que aquí se cuece algo, gente por todas partes, vendedores, puestos, el ir y venir constante de la ciudad… y de repente entras por una de las puertas del bazar y cambia todo, lo primero que notas es el olor: canela, comino, azafrán, pimienta, menta, té, frutos secos, café… hay tantos aromas mezclados que durante un rato vas caminando con la nariz prácticamente por delante del resto del cuerpo, hay que decir también que algunos olores tiran para atrás, no todo es color de rosa.
Aunque este lugar hoy pueda parecer un sitio pensado para turistas, aquí llevan vendiendo cosas desde hace muchísimo tiempo, el edificio actual se construyó en el siglo XVII como parte del complejo de la Mezquita Nueva, las obras comenzaron en 1660 y el bazar se terminó unos años después, su función original era bastante práctica: los alquileres de sus tiendas ayudaban a financiar el mantenimiento de la mezquita y sus instalaciones.
El Bazar de las Especias es bastante más pequeño que el Gran Bazar, y también resulta mucho más fácil de recorrer, aquí las tiendas están concentradas alrededor de las calles cubiertas del mercado y, aunque hay de todo, el ambiente gira muchísimo alrededor de la comida, hay montañas de especias colocadas en grandes recipientes, con todos esos colores que hacen que parezca que alguien ha cogido una paleta de pintura y la ha volcado encima de los mostradores, también encontrarás té, café turco, hierbas, frutos secos, frutas deshidratadas, aceitunas, quesos, miel y un montón de productos que probablemente no sabrás ni identificar, pero que tendrán un aspecto suficientemente apetecible como para que quieras llevártelos a casa y luego está la zona que personalmente, me parece más peligrosa: los dulces, tienen todos una pinta flipante.
Puedes entrar pensando que vas a comprar un poco de azafrán o alguna especia para llevarte de recuerdo y acabas delante de un mostrador lleno de lokum, baklava, dulces cubiertos de azúcar, pistachos, coco y todo tipo de pequeñas bombas calóricas, los vendedores suelen dejarte probar algunos productos, así que la cosa se complica rápidamente porque descubres cosas que están bien ricas y os digo un secreto, si vas probando en todos los puestos te pones hasta el culo, jejeje.
Aunque el nombre pueda llevar a engaño, dentro también hay tiendas de joyería, souvenirs, productos de alimentación, remedios tradicionales, jabones, aceites, pequeños objetos de decoración, cachivaches varios y merece la pena salir un poco de la zona más turística y curiosear también por los alrededores donde hay todo un entramado de calles comerciales donde la vida continúa a otro ritmo, tiendas de alimentación, comerciantes, restaurantes y pequeños negocios que hacen que la visita no se quede simplemente en entrar, hacer cuatro fotos y salir, eso sí, si entras con hambre, estás perdido porque entre los olores y los dulces, salir de allí sin comprar nada es casi misión imposible.
Subir a la Torre Gálata
La Torre Gálata es una de esas imágenes que aparecen prácticamente cada dos por tres cuando buscas cosas que ver en Estambul, la ves sobresaliendo entre los tejados de Beyoğlu y piensas: hay que subir, pues nosotros llegamos hasta la puerta, vimos el precio y… por poco nos da un parraque, la entrada para los visitantes extranjeros cuesta alrededor de 30 €, que teniendo en cuenta el plan, nos pareció una auténtica burrada así que decidimos no entrar.
Y ojo, no digo que no merezca la pena, la Torre Gálata tiene una historia impresionante y las vistas desde arriba tienen que ser espectaculares pero a nosotros nos pareció demasiada pasta para subir, dar una vuelta por el mirador, echar cuatro fotos y ver Estambul desde las alturas cuando hay mogollón de sitios desde donde tienes unas vistas increíbles y además son gratis.
La Torre Gálata que vemos hoy tiene origen medieval, fue construida por los genoveses en 1348-1349, cuando Gálata era una colonia genovesa, y recibió el nombre de Torre de Cristo, con la conquista otomana de Constantinopla pasó a manos del Imperio otomano y, a lo largo de los siglos, tuvo diferentes usos, fue torre de vigilancia, prisión, almacén e incluso llegó a funcionar como observatorio.
Y aquí aparece uno de los personajes más curiosos relacionados con ella: Hezârfen Ahmed Çelebi, un inventor otomano del siglo XVII al que la tradición atribuye un vuelo desde la Torre Gálata hasta la zona asiática de Üsküdar utilizando unas alas artificiales, la historia la cuenta el famoso viajero otomano Evliya Çelebi aunque, como ocurre con muchas historias de este tipo, hay bastante debate sobre cuánto tiene de realidad y cuánto de leyenda, personalmente creo que no debió llegar ni al primer edificio sin estamparse contra el suelo, jejeje.
La torre mide 62,59 metros hasta la punta del tejado y tiene once niveles contando sótano, planta baja y entreplantas, desde 2020 funciona como museo gestionado por el Ministerio de Cultura y Turismo turco.
El motivo principal por el que prácticamente todo el mundo quiere subir es que desde el mirador tienes una panorámica de 360 grados de Estambul: el Bósforo, el Cuerno de Oro, la península histórica, las mezquitas, los tejados de Gálata y, al fondo, la parte asiática, sobre el papel es un planazo pero nosotros hicimos cuentas y pensamos: ¿30 euros por persona para esto? Ni de coña, puedes tener panorámicas brutales desde las orillas del Bósforo, desde Üsküdar, desde algunos miradores y terrazas de la ciudad, desde la zona de Süleymaniye o simplemente paseando por Gálata y sus alrededores y muchas de esas vistas cuestan exactamente lo mismo que nuestro método favorito: cero euros.
Aunque no subiéramos, la Torre Gálata sí merece una visita por fuera, está rodeada de calles con muchísimo ambiente, cafeterías, tiendas y restaurantes, la zona es perfecta para pasear sin rumbo y dejar que la torre aparezca y desaparezca entre los edificios mientras vas caminando.
Ver un espectáculo de Derviches Giróvagos
Este era uno de los planes que más ganas teníamos de hacer en Estambul, habíamos visto mil veces las imágenes de los derviches girando con sus túnicas blancas, los brazos abiertos y esa especie de trance mientras dan vueltas y vueltas al ritmo de la música, nos parecía una experiencia de esas que había que vivir sí o sí durante el viaje así que reservamos para ver el espectáculo en el Centro Cultural Hodjapasha, en pleno centro histórico de Estambul, muy cerca de Santa Sofía y Topkapi y la verdad es que el sitio ya merece la visita.
El espectáculo se hace en un antiguo hamam otomano del siglo XV, construido en la década de 1470 por Hodja Sinan Pasha, el edificio conserva esa atmósfera histórica tan característica, con su gran cúpula y ese aire de lugar que lleva siglos viendo pasar gente., hoy se ha convertido en un centro cultural donde se celebran diferentes espectáculos tradicionales turcos.
Antes de entrar a la sala hay además una pequeña exposición dedicada a los derviches, con información sobre la ceremonia, instrumentos musicales, vestimentas, objetos relacionados con la tradición y algunas figuras, no es enorme, pero está bien para hacerse una idea de lo que vas a ver después.
Y pensaréis, ¿Qué narices hacen los derviches dando vueltas? Aquí hay bastante más historia de la que parece, la ceremonia que conocemos como Sema está relacionada con la orden sufí de los Mevlevíes y con Mevlana Rumi, el poeta y maestro espiritual del siglo XIII. Rumi vivió en Konya y es considerado una de las figuras fundamentales del sufismo.
Los famosos derviches giróvanos, o semazen, realizan una ceremonia que representa un viaje espiritual hacia la unión con lo divino, el giro no es simplemente bailar dando vueltas como si te hubieras tomado tres copas de más, tiene todo un significado simbólico dentro de la tradición, la ceremonia incluye música, canto, el sonido del ney, la flauta tradicional de caña y diferentes etapas hasta llegar a los famosos giros de los derviches, la tradición de la Sema de los Mevlevíes fue reconocida por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2008 y sobre el papel todo esto nos parecía fascinante.
Una cosa que sí recomiendo hacer es llegar con bastante antelación, las plazas se asignan por orden de reserva, así que cuanto antes llegues, más posibilidades tienes de conseguir un buen sitio, nosotros llegamos con tiempo, dimos una vuelta por la pequeña exposición y nos sentamos esperando que empezara y aquí viene nuestro pequeño problema, voy a decirlo tal cual porque esto es un relato de viaje y no una agencia vendiendo entradas: nos pareció aburrido no, lo siguiente.
Mira que íbamos con ganas, quizá fue que llegamos después de estar todo el día pateándonos Estambul y a esas horas de la tarde ya llevábamos las piernas pidiendo jubilación, quizá esperábamos algo más espectacular o con más ritmillo o quizá, simplemente, este tipo de ceremonia no es para nosotros pero la realidad es que, después de unos minutos, empezamos a mirar el reloj: Los derviches girando, la música lenta, más giros, más música sosa y nosotros intentando mantener los ojos abiertos.
El espectáculo de Sema dura unos 45 minutos, dentro de una experiencia de aproximadamente una hora que incluye también una introducción y un pequeño concierto de música sufí, yo con 10 minutos para ver el primer giro ya hubiera tenido suficiente, aquellos 45 minutos se nos hicieron largos, mega largos.
El espectáculo de Whirling Dervishes & Exhibition de las 19:00 cuesta 1.900 TL por persona, la sesión dura aproximadamente 60 minutos en total, también existe una sesión de las 17:00 en determinados días, con un precio más bajo aunque para más información sobre horarios y precios actualizados yo miraría la web oficial del Centro Cultural Hodjapasha.
Si el espectáculo no terminó de convencernos, las figuritas de los derviches que venden en el Gran Bazar nos parecieron chulísimas, de hecho, yo no pude resistirme y me llevé una, ahora tengo mi pequeño derviche en casa, plantado en el comedor, dando vueltas sin parar y cada vez que lo veo me acuerdo de aquel espectáculo al que fuimos pensando que iba a ser uno de los momentazos del viaje y del que salimos pensando básicamente: “Bueno… pues ya hemos visto a los derviches, menudo tostón.”
Visitar Santa Sofía y la Mezquita Azul
Si hay una zona de Estambul en la que puedes caminar cinco minutos y sentir que acabas de atravesar varios siglos de historia, esa es Sultanahmet, aquí están dos de los grandes iconos de la ciudad: Santa Sofía y la Mezquita Azul y lo mejor es que están prácticamente una frente a la otra, así que no tienes que caminar mucho para visitar los dos lugares en un mismo día.
Santa Sofía: El lugar más famoso de Estambul
Empezamos por Santa Sofía, o Ayasofya, que tiene una de esas historias que parecen escritas para una serie de ocho temporadas o más.
El edificio que vemos hoy se construyó entre los años 532 y 537, durante el reinado del emperador bizantino Justiniano I. Durante casi mil años fue una de las grandes iglesias del mundo cristiano, hasta que en 1453, con la conquista otomana de Constantinopla, pasó a convertirse en mezquita, después fue museo durante buena parte del siglo XX y, desde 2020, vuelve a funcionar como mezquita, todo eso se nota nada más entrar, es un edificio enorme, un poco difícil de procesar de primeras: la cúpula, las columnas, los mármoles, las lámparas… y esa mezcla bastante alucinante entre elementos cristianos y musulmanes hacen que estés todo el rato levantando la cabeza y mirando para todas partes, es un sitio alucinante.
En la actualidad la visita turística se realiza principalmente por la Galería del Visitante, en la planta superior, desde allí puedes contemplar la inmensa sala de oración, la cúpula y algunos de los grandes tesoros bizantinos que se conservan en el edificio, especialmente los espectaculares mosaicos.
El precio de entrada para los turistas es de aproximadamente 25 € por persona y el horario de visita es de 09:00 a 19:30 horas aunque al tratarse de una mezquita en funcionamiento puede haber restricciones y cambios relacionados con el culto, lo mejor es consultar la web oficial antes de ir: Hagia Sophia Museums, ahí puedes comprobar toda la información actualizada.
Y una cosa importante: recuerda que sigue siendo un lugar de culto, hay que vestir de forma «decorosa» y respetar las zonas reservadas para la oración, las mujeres tienen que taparse el pelo sí o sí, si no llevas pañuelo te prestan uno en la entrada aunque a saber por cuantas cabezas ha pasado, yo me llevaría algo.
La Mezquita Azul: azulejos, cúpulas y mucha elegancia
Y entonces sales de Santa Sofía, cruzas Sultanahmet y ahí está ella: la Mezquita Azul, técnicamente se llama Mezquita del Sultán Ahmed, pero casi nadie la llama así, de hecho yo misma me acabo de enterar al buscar información actualizada, jejeje.
Fue construida entre 1609 y 1617, durante el reinado del sultán Ahmed I, y es una de las grandes obras de la arquitectura otomana, su elemento más reconocible son sus seis minaretes, algo bastante poco habitual en su época, además de sus sucesivas cúpulas y, por supuesto, los famosos azulejos de Iznik que decoran el interior.
Por dentro tiene una sensación completamente diferente a Santa Sofía, es como más luminosa, cuando entras en la gran sala de oración y ves la cantidad de azulejos, las lámparas y las enormes alfombras, entiendes perfectamente por qué se ha convertido en uno de los lugares más fotografiados de Estambul.
La Mezquita Azul también sigue siendo un lugar de culto activo, así que las visitas turísticas se interrumpen durante las horas de oración, la entrada, a diferencia de Santa Sofía es gratuita.
El horario no es un horario turístico cerrado al estilo de un museo, abre diariamente, pero con pausas para las oraciones y ojo los viernes, es el día sagrado para los musulmanes y puede que haya restricciones de acceso por lo que es interesante tenerlo en cuenta, lo mejor antes de ir es mirar la web oficial: The Blue Mosque, ahí aparecen los horarios de oración y las franjas de visita.
Y otra vez recordatorio viajero: hombros y rodillas cubiertos, nada de zapatos dentro y, en el caso de las mujeres, hay que cubrirse el pelo, si no llevas pañuelo suelen facilitarlo en la entrada.
Hay un sitio desde el que puedes tener Santa Sofía y la Mezquita Azul prácticamente en el mismo encuadre, con el Bósforo y los tejados de Estambul de fondo y lo mejor es, que no hace falta pagar una entrada para subir a una torre ni reservar ningún mirador, el sitio es la terraza del Seven Hills Hotel, en Sultanahmet, en Tevkifhane Sokak No. 8, justo en pleno meollo histórico.
Arriba tienen una terraza/cafetería-restaurante con unas vistas bastante flipantes de Santa Sofía, la Mezquita Azul y el entorno de Sultanahmet, puedes subir, tomar algo (o no) y disfrutar de las vistas aunque siendo sinceros, estoy casi 200% segura de que todo el mundo va a lo mismo, jejeje.
Exacto: a hacerse la foto con Santa Sofía y la Mezquita Azul detrás pero oye, si el sitio es bonito y las vistas son así, ¿qué culpa tenemos nosotros? Yo intentaría ir a última hora de la tarde, cuando la luz empieza a ponerse más bonita y la ciudad se va encendiendo poco a poco, te sientas con un café, un té turco o lo que toque, miras el perfil de las mezquitas y, durante un rato, Estambul parece una maqueta gigantesca puesta ahí solo para ti y después puedes bajar y seguir paseando por Sultanahmet, porque tienes a tiro de piedra la Cisterna Basílica, el Palacio de Topkapi y un montón de rincones donde perderte sin demasiado plan.
Dónde comer en Estambul
Una de las cosas que más disfrutamos de Estambul fue, sin ninguna duda comer, y cuando digo comer, no estoy exagerando, entre kebabs, carne, dulces, té y todo lo que se nos iba poniendo por delante, creo que volvimos con varios kilos de recuerdo… y algún que otro michelín de más también.
Como además somos muy de encontrar un sitio que nos gusta y volver, durante el viaje acabamos repitiendo en un par de restaurantes y luego está ese otro al que fuimos una vez y que nos regaló una historia bastante surrealista para contar así que, si estás buscando dónde comer en Estambul, estos fueron algunos de los sitios que probamos nosotros.
Ayasofya Kebab House: El sitio perfecto para compartir mesa con gatos
Este es uno de los lugares que destacaríamos en primer lugar: cerca de nuestro hotel, buena comida, camareros mega amables y pastelitos y té de regalo, ¿Qué más se puede pedir?, eso sí, compartiréis mesa con mogollón de gatos, para alguien a quién le molen estos animalitos perfecto pero si tienes mogollón de alergia, como yo, pues puede ser una experiencia complicada entre estornudos, picor de ojos y llorera, para mí fue una noche complicada, me da rabia porque realmente el sitio me moló mucho y la comida estaba muy, muy rica.
Turgut Kebab Restaurant: hambre, kebab y cero arrepentimientos
Nuestro primer descubrimiento fue Turgut Kebab Restaurant, en Akbiyik Caddesi 64, Sultanahmet, está en una zona muy turística, cerca de Santa Sofía y la Mezquita Azul, así que es bastante fácil acabar por allí si estás recorriendo el centro histórico y como nuestro hotel estaba a 500 metros pues era perfecto.
Entramos con hambre y salimos con la sensación de que acabábamos de participar en un concurso de comida, las raciones son bastante abundantes y nosotros, que tampoco tenemos demasiada capacidad para calcular cantidades cuando tenemos hambre, pedimos como si lleváramos una semana sin comer, llegaba un plato enorme, luego otro, y otro…y nosotros efectivamente nos los jeringamos todos, jejeje.
La comida estaba muy rica y el trato fue estupendo, los camareros eran amables y estaban pendientes, pero sin resultar pesados, que después de un día entero haciendo turismo se agradece y a al terminar tenían un detalle que nos encantó: nos invitaban a té y a dulces típicos turcos, creo que eso fue lo mejor de todo, a esas alturas ya no podíamos más, pero claro, el té turco se bebe y los dulces se prueban, no íbamos a hacerle un feo a la tradición.
Si estáis por esta zona y os apetece una comida contundente, de esas que hacen que después necesites caminar un rato para bajarla, me parece una opción estupenda.
Bezirhan Café & Restaurant: una biblioteca, un restaurante y un misterio con datáfono
Con Bezirhan Café & Restaurant la cosa fue bastante diferente, la comida estaba rica pero lo que recuerdo de este sitio no es precisamente los platos que pedimos.
Llegamos y vimos que tenían terraza exterior bastante chula pero el camarero nos hizo entrar y nos llevó hacia una zona interior que parecía sacada de una película, una especie de biblioteca, había libros, mesas y un ambiente bastante curioso, no sé si durante el día aquello funciona como espacio de lectura y por la noche se convierte en restaurante, pero nosotros nos quedamos un poco descolocados, era como haber encontrado una puerta secreta de Estambul.
Nos sentamos y empezó la espera, más de media hora hasta que nos dimos cuenta de que se habían olvidado completamente de nosotros, no quedaba otra: nos levantamos y fuimos a buscar a los camareros, finalmente conseguimos comer y cuando llegó la hora de pagar, apareció otro pequeño inconveniente, nos dijeron que solo aceptaban efectivo cosa que no teníamos, les dijimos que iríamos a sacar dinero al cajero y como se pensaron que igual no volvíamos, misteriosamente apareció un datáfono, imagino que no deben querer usarlo por las comisiones, o eso pensé, el caso es que finalmente pudimos pagar con tarjeta.
La comida, como decía, estaba buena y el sitio tenía su encanto, pero personalmente no fue de mis favoritos, el servicio nos pareció bastante despistado y toda la situación terminó de dejarme una sensación un poco rara, eso sí, la biblioteca clandestina y el datáfono fantasma nos dieron una buena historia para reírnos después.
Si queréis probar, el Bezirhan Café & Restaurant está por la zona de Sultanahmet, cerca de Divanyolu.
Red River: otro de nuestros favoritos
El tercer sitio fue Red River, en Hüdavendigar Caddesi 44, en la zona de Sirkeci.
Aquí fue un poco diferente porque no hubo ningún acontecimiento digno de película, simplemente estábamos a gusto y fin.
La comida estaba rica, la decoración tenía bastante rollo y los camareros eran muy majos así que un día entramos, cenamos y nos gustó y al día siguiente, cuando estábamos pensando dónde ir…pues volvimos y así acabamos repitiendo varios días, de hecho cuando entrábamos por la puerta ya nos sentaban en la misma mesa y se reían, eso me hizo bastante gracia porque no llevábamos allí media vida, pero supongo que cuando apareces varios días seguidos a la misma hora ya pasas de ser turista a formar parte del mobiliario.
Dónde dormir en Estambul
Elegir dónde dormir en Estambul puede parecer fácil hasta que empiezas a mirar hoteles y descubres que hay literalmente millones de opciones, nosotros lo teníamos bastante claro y habíamos reservado el Hotel Antusa Design, en pleno centro histórico, porque queríamos estar cerca de todo y poder movernos andando por Sultanahmet, hasta ahí, todo perfecto.
El problema llegó cuando aterrizamos en Estambul, y no precisamente a una hora muy prudente, nuestro vuelo se retrasó y llegamos al hotel alrededor de la una de la madrugada, con más sueño que ganas de negociar nada y entonces nos dijeron que había habido overbooking, por lo visto, nuestra habitación se había retrasado tanto que, entre unas cosas y otras, se la debieron asignar a otro huésped, o eso creemos, a esas horas tampoco estábamos para montar una investigación al estilo CSI, así que tocaba buscar una solución.
Nos propusieron alojarnos esa noche en otro hotel de la misma cadena, el Hotel Antusa Palace, que estaba a unos 200 metros del que habíamos reservado y aquí entró en juego algo que descubrimos rápidamente en Turquía: regatear forma parte del juego, nosotros no teníamos precisamente muchas cartas para negociar a la una de la mañana, pero ellos tampoco querían dejarnos tirados, así que llegamos a un acuerdo bastante curioso, nos cambiaban de hotel esa noche y, a cambio, nos regalaban un hammam con masaje, valorado en unos 100 €.
Bueno, a ver, después de llegar de madrugada, con el avión retrasado y sin habitación, tampoco nos pareció el peor trato del mundo así que aceptamos, cogimos nuestras cosas y nos fuimos al Antusa Palace acompañados por un trabajador del alojamiento.
Llaves en mano, subimos y llegó nuestra primera sorpresa, abrimos la puerta de la habitación y…una cama redonda, completamente redonda, nos quedamos mirándola pensando que aquello no podía estar pasando, parecía que habíamos entrado directamente en una película de Las Mil y Una Noches, como decoración tengo que reconocer que queda bastante guay, tiene ese punto oriental y un poco extravagante que hace gracia cuando lo ves por primera vez, ahora bien, dormir en ella es otro asunto, es incómoda que lo flipas.
No sé si era la forma, el espacio o que simplemente mi cuerpo no está diseñado para dormir en una cama que parece una pizza gigante pero no fue precisamente la mejor noche de mi vida, la mitad del cuerpo se me quedaba colgando, luego el brazo, por poco y me pego un mamporro, en fin…que una y no más, jejeje. Por lo demás, el hotel estaba bien, todo estaba limpio, la habitación era un poco/bastante pequeña pero para pasar una noche nos hizo el apaño perfectamente.
El desayuno nos gustó mucho y el trato fue estupendo, todo el mundo fue muy amable con nosotros, algo que después del pequeño incidente del overbooking se agradecía todavía más así que, dentro de lo que podría haber sido un desastre, la cosa terminó bastante bien.
A la mañana siguiente tocaba mudanza exprés, cogimos nuestras cosas después de desayunar y nos fuimos al hotel que habíamos reservado originalmente: el Antusa Design Hotel y aquí sí que dijimos: “Vale, ahora sí”.
La diferencia con la habitación de la noche anterior era bastante grande, nos tocó una habitación flipante, y lo mejor de todo era que tenía vistas a Santa Sofía, despertarte y tener semejante monumento delante de la ventana es de esas cosas que hacen que te olvides rápidamente de que la noche anterior estabas intentando dormir en una cama redonda.
La habitación era mucho más espaciosa y nos gustó muchísimo, además, el desayuno estaba de diez y el personal fue muy majo durante toda la estancia y por supuesto, quedaba pendiente el pequeño regalito del overbooking, el hammam, tengo que decir que, al final, el cambio de hotel nos salió bastante bien.
Cómo moverse por Estambul
Moverse por Estambul puede parecer un pequeño caos durante los primeros minutos, hay tranvías, metros, autobuses, ferris que cruzan el Bósforo, funiculares, taxis, minibuses y hasta un túnel histórico bajo tierra y por si fuera poco, la ciudad está partida entre Europa y Asia pero aquí viene la buena noticia: cuando le pillas el punto, moverse por Estambul es bastante fácil.
De hecho, una de las cosas que más me gusta es que el transporte forma parte del viaje, no es lo mismo cruzar el Bósforo en un ferry viendo cómo se alejan las mezquitas que meterse en un taxi atrapado en un atasco monumental, ambas experiencias son muy Estambul, aunque solo una te deja hacer fotos, jejeje.
Te cuento todas las opciones y, sobre todo, cuándo utilizar cada una.
Si vas a utilizar transporte público durante tu viaje, la İstanbulkart se convertirá rápidamente en tu mejor amiga, es una tarjeta de transporte recargable que sirve para metro, tranvía, autobús, ferry, Marmaray, metrobús, funicular y otros medios de transporte público, además, actualmente también existen opciones digitales y pago mediante QR a través de İstanbulkart Mobil.
Puedes conseguirla en las máquinas y puntos de venta de transporte y un detalle interesante para los viajeros: también se aceptan tarjetas bancarias contactless en buena parte de la red, aunque yo llevaría igualmente una İstanbulkart para evitar sorpresas y hacer transbordos con más tranquilidad.
Mi consejo: nada más llegar, consigue una y recárgala, te vas a ahorrar bastante tiempo y el clásico momento de estar delante de una máquina intentando descifrar qué demonios de botón tienes que pulsar, primero para traducir del turco al español o inglés y después para comprar.
El tranvía: probablemente el transporte que más vas a utilizar
Si estás alojado por Sultanahmet, Eminönü, Gülhane, Karaköy o alrededores, el tranvía será casi seguro parte de tu día a día, la línea que más interesa al viajero es la T1 que recorre algunos de los lugares más turísticos de la ciudad y conecta zonas como Kabataş, Karaköy, Eminönü, Sultanahmet y el entorno de Topkapi, es práctico, relativamente rápido y, sobre todo, evita enfrentarte al tráfico, además, tiene ese punto de transporte urbano que te mete directamente en el ambiente de la ciudad, subes con medio Estambul, te bajas entre turistas, vendedores, estudiantes y vecinos que van a trabajar y, cinco minutos después, estás delante de Santa Sofía.
Hay otras líneas de tranvía, como la T4 y la T5, que resultan más útiles para moverse por otras zonas de la ciudad.
¿Cuándo usarlo? Para hacer turismo por la zona histórica, prácticamente siempre que tengas una parada cerca, es uno de esos casos en los que no hace falta complicarse la vida.
El metro: tu gran aliado para las distancias largas
El metro es probablemente la mejor opción cuando tienes que cruzar Estambul de un lado a otro sin perder media vida en un atasco, la red es enorme y sigue creciendo, así que antes de viajar conviene comprobar el recorrido actualizado y los transbordos, la propia IETT dispone de un planificador de rutas y buscador de líneas y estaciones.
Una línea especialmente interesante para los viajeros es la M2, que pasa por zonas como Şişhane, Taksim, Şişli y Levent y si quieres cruzar entre Europa y Asia, tienes otra opción fantástica: Marmaray, un tren suburbano que pasa por debajo del Bósforo y conecta ambos lados de la ciudad, es tremendamente útil si, por ejemplo, quieres ir desde la zona europea hacia Üsküdar o Kadiköy sin depender del tráfico.
La sensación de estar viajando bajo el Bósforo mientras arriba pasan barcos, ferris y gaviotas tiene su punto, el metro funciona de 06:00 a 24:00 horas.
El ferry: aquí no hay discusión
Si solo pudieras elegir un transporte para disfrutar de Estambul, yo elegiría el ferry, porque sí, puedes utilizarlo simplemente para ir de A a B, pero sería desperdiciar la mitad de la experiencia.
Los ferris conectan numerosos puntos de ambas orillas, entre ellos Eminönü, Karaköy, Beşiktaş, Üsküdar y Kadiköy, y existen también rutas por el Cuerno de Oro y por el Bósforo.
Una de mis combinaciones favoritas es cruzar desde Europa hasta Kadiköy y aprovechar para pasear por el barrio, comer algo y volver cuando empieza a caer la tarde, otra opción estupenda es ir hasta Üsküdar, como hicimos nosotros, sentarte frente al Bósforo y ver cómo cambia la luz sobre la parte europea.
Autobús: para cuando el metro no llega
La red de autobuses de Estambul es gigantesca y llega a prácticamente todos los rincones de la ciudad.
¿El problema? El tráfico, un trayecto que sobre el mapa parece corto puede convertirse en un pequeño drama si coincide con una hora punta, aun así, los autobuses son muy útiles para llegar a barrios que no están bien conectados por metro o tranvía.
Mi regla personal sería: Si tienes metro o tranvía para hacer el mismo recorrido, normalmente elegiría metro o tranvía, si no, autobús.
Y paciencia, estás en Estambul, el tráfico forma parte del paisaje.
Metrobús: rápido, práctico y un poco marciano
El Metrobús es una especie de autobús de tránsito rápido que circula por carriles reservados y conecta diferentes zonas de Estambul, no es precisamente el transporte que elegiría para hacer turismo por la ciudad, pero puede resultar muy útil para desplazamientos largos, especialmente cuando necesitas atravesar zonas muy congestionadas, además, conecta con diferentes líneas de metro y otros transportes, por lo que puede ser una buena pieza dentro de un recorrido más largo, eso sí, en hora punta prepárate para descubrir hasta qué punto los habitantes de Estambul dominan el arte de entrar en un vehículo lleno sin dejar de mirar el móvil.
Funicular: pequeño pero matón
Estambul tiene varios funiculares y son tremendamente prácticos cuando toca salvar una buena cuesta, el más conocido entre los viajeros es el que conecta Taksim con Kabataş, el F1, también está el histórico Tünel, que conecta Karaköy con la zona de İstiklal.
El Tünel es especialmente curioso porque es uno de los sistemas de transporte subterráneo más antiguos del mundo todavía en funcionamiento, no hace falta que reserves un rato especial para utilizarlo, simplemente mételo en tu ruta cuando te venga bien y disfruta de la pequeña cápsula histórica.
Teleférico: subir a las alturas sin sudar
Sí, Estambul también tiene teleféricos, el más conocido turísticamente es el TF2, que conecta Eyüp con Pierre Loti, es una opción estupenda si vas a visitar la mezquita de Eyüp Sultan y quieres subir hasta el famoso mirador de Pierre Loti.
Taxi: útil pero congestionado
Los taxis amarillos están por todas partes y pueden ser muy prácticos, especialmente de noche, cuando llevas maletas o cuando simplemente estás cansado de subir y bajar escaleras pero hay una realidad que conviene tener presente: Estambul tiene unos atascos considerables, por eso, coger un taxi para recorrer una distancia corta en hora punta puede ser una decisión bastante cuestionable.
Para evitar discusiones con el precio o problemas con el taxímetro lo más recomendable es utilizar una aplicación de transporte/taxi o asegurarte de que el taxímetro está funcionando, y algo muy importante: no te subas a un taxi cualquiera que se acerque ofreciéndote transporte en zonas turísticas, mejor pídelo tú.
Para trayectos largos, como el aeropuerto, puede resultar cómodo pero compara siempre el tiempo estimado con el transporte público, a veces el taxi tarda bastante más de lo que imaginabas.
Dolmuş: el transporte que parece tener sus propias reglas
Los dolmuş son minibuses compartidos muy habituales en Turquía, funcionan en rutas determinadas y pueden resultar muy útiles para moverse por barrios donde el transporte público convencional no es tan cómodo, son más informales que un autobús normal y tienen ese encanto de transporte local que te hace sentir que has dejado atrás la ruta turística, eso sí, para el primer día en Estambul quizá no sean mi primera recomendación, cuando ya llevas un par de días y empiezas a orientarte, pueden ser una opción interesante.
Cómo ir del aeropuerto de Estambul al centro
Y llegamos a la pregunta del millón porque aterrizas, recoges la maleta y de repente tienes delante una ciudad gigantesca.
Lo primero es aclarar que Estambul tiene dos aeropuertos principales para vuelos comerciales: Istanbul Airport (IST), en la parte europea, y Sabiha Gökçen (SAW), en la parte asiática y la mejor forma de llegar a la ciudad depende bastante de cuál sea tu aeropuerto, por lo general los vuelos procedentes de España suelen llegar al de la parte europea.
Desde Istanbul Airport (IST)
La primera opción que miraría sería el metro, más concretamente la línea M11 que conecta Istanbul Airport con la red de metro y permite enlazar con otras líneas para continuar hacia diferentes zonas de la ciudad, la gran ventaja es evidente: no dependes del tráfico y en Estambul eso puede marcar una diferencia enorme.
Otra opción muy cómoda son los autobuses lanzadera de HAVAIST, conectan el aeropuerto con diferentes zonas de Estambul y pueden ser especialmente interesantes si tu alojamiento está cerca de alguna de sus paradas, si llevas maletas y no te apetece hacer transbordos nada más aterrizar, esta puede ser una opción muy cómoda.
Otras opciones pueden ser las líneas de IETT desde Istanbul Airport, entre ellas H-1, H-2, H-3 y H-8, con diferentes recorridos, son una alternativa económica, aunque para un primer viaje probablemente elegiría metro o HAVAIST dependiendo de dónde tengas el alojamiento y por último, la opción más sencilla cuando llevas tres maletas, vienes muerto después de un vuelo y lo último que quieres hacer es entender un mapa de metro, el taxi.
La parte menos sencilla es el tráfico, si llegas en una hora complicada, el trayecto puede alargarse bastante por eso, si tu alojamiento está bien conectado con el metro, yo ni me lo pensaría: M11 y a la aventura.
Desde Sabiha Gökçen (SAW)
Aquí cambia bastante la película porque este aeropuerto está en la parte asiática.
La opción más interesante es el metro, línea M4, que conecta directamente Sabiha Gökçen con Kadiköy, la línea tiene actualmente 23 estaciones, funciona aproximadamente de 06:00 a medianoche y permite enlazar con Marmaray en Ayrilik Çeşmesi, además de conectar con otras líneas, esta opción es especialmente buena si quieres llegar a Kadiköy o continuar hacia la parte europea utilizando Marmaray o un ferry.
También hay varias líneas de autobús que conectan Sabiha Gökçen con diferentes zonas, incluyendo Kadiköy y otras áreas de la ciudad o los servicios de de lanzadera hacia puntos céntricos, una opción que puede resultar interesante si tu alojamiento queda cerca de alguna de sus paradas.
Y, como siempre, el taxi, cómodo, directo y bastante más caro que el transporte público, especialmente si tienes que cruzar prácticamente media ciudad.
En resumen, Estambul es una de esas ciudades que hay que visitar una vez en la vida sí o sí, tiene mucha historia, buena gastronomía, mogollón de sitios que visitar y una mezcla de culturas que hace que cada rincón tenga algo especial, desde perderse por sus calles y bazares hasta cruzar el Bósforo y disfrutar de sus atardeceres, es de esas ciudades que no se olvidan fácilmente.
Así que, si estás pensando en hacer una escapada diferente, apunta Estambul en la lista, eso sí, ve preparado para caminar, comer mucho y enamorarte un poquito de la ciudad. ¿Te animas a descubrirla? Nosotros ya estamos deseando volver.

































































































































































































