Hacía tiempo que me había empeñado en ir a pasar un fin de semana a un balneario, la verdad que cuando estuve en Marina d’Or me gustó bastante y quería repetir en algún otro, empecé a indagar por Internet alguno que no nos pillara en la otra punta de España y me topé con el Balneario de Vichy Catalan así que saqué la tarjeta de crédito de paseo y pillé una habitación, no muy barata, todo hay que decirlo.

El viernes en cuanto salimos de trabajar nos dirigimos hacia el pueblo de Caldes de Malavella, donde está situado el balneario. Esta pequeña localidad se encuentra cerca de la famosa Costa Brava y su historia se remonta al paleolítico superior aunque fueron los romanos los que le dieron mayor fama en el siglo I a.C, principalmente gracias a sus aguas termales y a la construcción de unas pequeñas termas que se hicieron famosas entre los viajeros que se detenían en el pueblo, principalmente por sus propiedades curativas.
Seguí buscando información sobre el lugar y cada vez que leía más sobre Caldes y el balneario, más ganas tenía de probarlo, por lo visto sus aguas tienen poco menos que poderes mágicos, bueno, digamos que van bien para la circulación, el reuma, el stress y diferentes enfermedades, no es el caso mío, por suerte, pero nunca viene mal una sesión de esas de rejuvenecimiento express, jejejeje.

El complejo de Vichy Catalan está situado en la antigua finca de Puig de les Ànimes, donde se encontraban una de las primeras termas romanas. En el año 1881, el médico y cirujano, Furest i Roca se interesa por las zona y decide construir un balneario para aprovechar las propiedades de las aguas, este recinto de estilo neomudéjar fue inaugurado el 12 de junio de 1898 y actualmente cuenta con alrededor de 85 habitaciones, restaurante, piscina, pistas de tenis y por supuesto, un reconocido centro termal al que acuden anualmente centenares de personas. Con el tiempo se ha convertido en el mayor balneario de toda Cataluña.

Aunque el lugar no está mal, personalmente no me acabó de gustar mucho ya que lo vi enfocado para otro tipo de edades y me recordó más bien a un centro hospitalario más que a un hotel. A favor tengo que decir que aunque el precio de la habitación fue muy caro, el personal era muy amable y el desayuno era de primera aunque eché en falta que incluyeran el circuito de spa en el paquete, muchas veces la «fama» se paga y en este caso creo que es así, pagas más el nombre que lo que compras.


Dejamos los trastos en la habitación y salimos en busca de algo que cenar, había muchos locales cerrados pero aterrizamos en Restaurante Ca la Manela y acertamos de lleno, la comida estaba riquísima, era muy abundante y el precio nada caro, además, el personal era de lo más amable así que salimos de allí que parecíamos globos aerostáticos de lo que comimos.


Al día siguiente nada más levantarnos nos dirigimos al centro del pueblo para visitarlo, en primer lugar nos topamos con las antiguas murallas medievales que están situadas en el antiguo solar conocido como L’Hort del Cal Ferrer y de las que se conserva un tramo de alrededor de 10 metros de la zona norte de las mismas.

Este lugar también es uno de los más importantes de la localidad ya que aquí se encontraban varios brolladores termales, el agua de lluvia se filtra a través de fracturas de la roca a más de 1000 metros de altitud, a medida que va bajando, se calienta y adquiere todas sus propiedades para más tarde brotar en diversos puntos de Caldes de Malavella. Uno de ellos es el Promontorio de Sant Grau donde antiguamente estaban situadas las termas romanas de Aquae Calidade y que actualmente están declaradas Monumento Histórico de interés Nacional.

Este recinto se construyó entre los años 40 y 50 d.C y consta de una gran piscina central rodeada de varias estancias donde posiblemente se realizaban los tratamientos curativos a base de aceites medicinales. Una de estas habitaciones estaba totalmente dedicada al culto del Dios Apolo y diversas divinidades relacionadas con la curación de enfermedades. El complejo termal estuvo en funcionamiento hasta finales del siglo IV, fecha en la que fue abandonado totalmente.
Años más tarde, los restos de las termas fueron incorporadas al recinto del castillo que se construyó sobre lo que quedaba de las mismas en el siglo XII. Según cuenta una leyenda local en esta fortificación vivía una «mala vieja» que tenía atemorizado a todo el pueblo, tenía un criado que por las noches entraba en las casas, cogía a los niños para después cocinar su corazón y dárselo a la malvada señora hasta que finalmente un joven llamado Mauricio, descubrió el pastel, se cargó al criado y liberó a todos los niños por lo que se le considera un héroe en Caldes, leyenda o no, el caso es que todos los años se celebra una fiesta en su honor. Del castillo tan sólo se conservan tres torres ya que fue demolido entre los siglos XVIII y XIX.

Muy cerca del castillo podemos apreciar la Ermita de Sant Grau, datada en la Edad Media y que se cree que pudo pertenecer al castillo por su cercanía al mismo y a las termas.

Continuamos nuestra ruta por Caldes en las Ramblas de Recolons y d’En Rufí donde a principios del siglo XX llegaron numerosos veraneantes atraídos por los beneficios de sus aguas termales, estos nuevos habitantes, se instalaron en esta zona y construyeron numerosas casas, chalets y fincas de estilo modernista, algunas de las más destacadas son la Torre de Can Sala, del siglo XX y de grandes dimensiones, Villa Rosario o Torre de los Alemanes, construida en el siglo XX y con decoraciones cerámicas o la Casa Bell Estar, con una fachada impresionante. Más tarde, estas edificaciones se fueron repartiendo por toda la localidad, por lo que podemos encontrar construcciones modernistas en varios puntos de Caldes de Malavella.


Otro de los puntos destacados de la población son sus fuentes, hay muchas repartidas por toda la zona. La primera que visitamos fue la Fuente de la Mina, también conocida como Raig d’en Mel y de la que brota agua a una temperatura media de 60 grados y abastece al Balneario Prats. Es una de las más populares de Caldes y a la que acuden diariamente decenas de gente en busca de su milagrosa agua.


Continuamos caminando hasta llegar al Parque de la Font de la Vaca donde se encuentra la fuente con el mismo nombre. Este lugar fue construido a mediados de 1920, pretendía ser una gran ciudad jardín con un área de recreo aunque finalmente el proyecto no llegó a buen puerto y se quedó como parque municipal. La fuente es de estilo modernista y muy chula bajo mi humilde punto de vista.

Para terminar nuestra visita a Caldes de Malavella nos dirigimos a la Iglesia de San Esteban, situada en la plaza que lleva el mismo nombre. Este templo data del año 968, fecha en la que se consagró, aunque lo que hoy en día podemos ver data del siglo XVII ya que ha sufrido diversas remodelaciones desde su construcción.
De camino al coche pasamos por la puerta principal del Balneario Prats, otro de los complejos termales con los que cuenta la pequeña localidad de Caldes. Este edificio data de finales del siglo XIX aunque el funcionamiento del balneario comenzó mucho antes, más concretamente en el año 1840, cuando la familia Prats canaliza el agua de la Fuente de la Mina y abre un primitivo centro termal al que acudían unas 400 personas anualmente.

Así finalizó nuestra visita a Caldes de Malavella, un lugar que merece una visita y una parada para relajarse en uno de sus centros termales, tal y como ya hacían los antiguos romanos a su paso por la cercana Vía Augusta.
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