La última vez que estuvimos en la Riviera Maya nos fuimos encantados pero con una espinita clavada, apenas habíamos rascado todo lo que había por descubrir en México así que, cuando llegaron nuestras vacaciones, no nos lo pensamos mucho, volvimos a México, alquilamos un coche y nos lanzamos a recorrer los estados de Yucatán y Chiapas, unas zonas que se nos habían quedado pendientes, sin prisas y con muchas ganas de dejarnos sorprender.
El punto de partida fue Valladolid, la verdad es que no se nos ocurre una forma mejor de empezar la ruta: calles de colores, plazas con ambiente, comida buenísima y esa sensación de estar por fin arrancando el viaje que llevábamos tanto tiempo imaginando, eso sí, después de volver ahora nos ha picado el gusanillo y tenemos ganas de conocer más sitios de este país, esto es como las Pringles, «cuando haces pop, ya no hay stop», jejeje.
Un poco de historia de Valladolid
Para entender un poco Valladolid hay que echar la vista atrás, porque este pueblo tiene bastante más historia de la que parece a simple vista.
Los españoles llegaron a la zona en el siglo XVI y fundaron Valladolid en 1543 muy cerca de donde se encuentra hoy, poco después, la ciudad se trasladó a su ubicación actual aprovechando un antiguo asentamiento maya conocido como Zací, y aquí empieza una parte bastante interesante de su historia, porque Valladolid se construyó literalmente sobre lo que había sido una ciudad maya, de hecho, muchas de las piedras de las antiguas construcciones se utilizaron después para levantar iglesias y edificios durante la época colonial.
Con el paso de los años, Valladolid se convirtió en una de las ciudades más importantes de la región y también tuvo su papel en distintos momentos de la historia de Yucatán, incluida la Guerra de Castas y los primeros movimientos de la Revolución mexicana.
Hoy, por suerte, la historia se mezcla con el día a día de una ciudad tranquila, llena de casas de colores, iglesias, mercados y plazas donde sentarse a ver pasar la vida y eso es precisamente una de las cosas que más nos gustaron de Valladolid: no es solo un sitio que vas a visitar, sino un lugar que tiene mucho que contar si te paras un poco a escucharlo y además, es de esos sitios en los que cada esquina parece tener una historia detrás.
Qué ver y hacer en Valladolid (México)
Una de las primeras cosas que nos llamó la atención de Valladolid fue, obviamente, su nombre. ¿Valladolid? ¿Como la de España? Pues sí, y no es casualidad, la ciudad mexicana fue fundada por los españoles en 1543 y recibió el nombre de Valladolid en honor a la ciudad española, que en aquella época tenía una enorme importancia para la corona.
Salvando las distancias, porque una vez que pones los pies allí te das cuenta de que este Valladolid tiene una personalidad completamente distinta a la ciudad de nuestro país.
Nosotros estuvimos recorriendo la ciudad y sus alrededores y hay varios sitios que nos parecen imprescindibles si vais por esa zona así que, si estáis preparando vuestra ruta por Yucatán, estas son las cosas que nosotros creemos que no podéis perderos en Valladolid mexicano, y aviso: algunas están dentro de la propia ciudad y para otras toca coger el coche… pero todas merecen un hueco en la ruta.
Comprar en el Mercado Donato Bates
Si hay un sitio en Valladolid donde merece la pena perderse un rato, ese es el Mercado Municipal Donato Bates Herrera, está en el barrio de Santa Ana, a unas pocas calles del centro y es el típico lugar al que entras pensando que vas a dar una vuelta rápida y acabas cotilleando puesto por puesto porque todo te llama la atención.
El mercado lleva décadas formando parte de la vida de Valladolid. El edificio actual se puso en marcha para sustituir al antiguo mercado, que se había quedado pequeño, y con los años se ha ido ampliando y renovando, de hecho, durante mucho tiempo hubo quien pensó que estaba demasiado alejado del centro y que la gente no iría hasta allí, pues parece que se equivocaron, porque hoy es uno de esos sitios donde puedes ver el Valladolid más cotidiano, el de la gente haciendo la compra, desayunando y charlando con los vendedores.
Aquí hay de todo un poco: frutas y verduras de la zona, carnes, especias, productos típicos yucatecos, dulces, ropa, artesanía, plantas y, por supuesto, puestos de comida donde puedes probar auténticos clásicos de la gastronomía local como cochinita pibil, lomitos o longaniza, vamos, que hambre no se pasa.
Nosotros nos llevamos de allí algo bastante más peligroso que un recuerdo porque resulta que a Raúl le flipa el picante y claro, entrar en un mercado mexicano lleno de salsas picantes era poner a un niño delante de una tienda de chuches.
Entre los puestos vimos a una abuelilla que vendía unos botes de salsa de diferentes colores: amarilla, naranja, verde… No sabemos muy bien qué llevaban, si las hacía ella, su familia o si detrás había un laboratorio secreto dedicado a poner a prueba la resistencia humana pero Raúl las vio y, evidentemente, no podía irse sin probar suerte.
Por 150 pesos compró tres botes, uno de cada color y os puedo asegurar que las tres parecían sacadas directamente del mismísimo infierno. Lo mejor fue la cara de la abuelilla, que se partía de risa mientras veía a Raúl llevándose las salsas tan feliz, nosotros todavía no sabíamos muy bien lo que nos esperaba, pero ella sí, esa mujer sabía perfectamente el arsenal que tenía entre manos, y es que solo con abrir los botes y olerlos ya se te cae la lagrimilla así que si sois de los que, como Raúl, pensáis que cuanto más pique mejor, ya sabéis dónde tenéis que hacer una parada en Valladolid y si no os gusta el picante… también, al menos podréis comprar algo que no intente mandaros directamente al más allá, jejeje.
Eso sí, el mercado merece muchísimo la pena incluso sin las salsas asesinas, es uno de esos lugares donde simplemente paseando ya sientes que estás viendo el Valladolid de verdad.
Entrar en el Convento San Bernardino
Si hay un lugar de Valladolid que merece una visita con un poco de calma, ese es el Convento de San Bernardino de Siena, está en el barrio de Sisal, justo al final de la famosa Calzada de los Frailes, así que es muy fácil incluirlo en el paseo por esta zona de la ciudad y, de paso, disfrutar del ambiente de una de las calles más bonitas de Valladolid.
El convento fue construido por los franciscanos en el siglo XVI y quedó terminado en 1560. Durante mucho tiempo fue uno de los principales centros franciscanos de Yucatán y tuvo un papel importante en la evangelización de la región y como suele pasar con los edificios que llevan tantos siglos en pie, por aquí ha pasado de todo, incluso durante la Guerra de Castas sufrió saqueos y daños.
Nosotros entramos y la verdad es que nos sorprendió, por fuera ya impone con sus enormes muros y ese aire de fortaleza, pero lo mejor es tomarse la visita con tranquilidad y empezar a descubrir todo lo que guarda en su interior.
Una de las primeras cosas que nos llamó la atención fue el retablo mayor de madera dorada, lleno de detalles que hacen que te quedes mirándolo más tiempo del que tenías previsto, también hay pinturas y tallas de diferentes épocas y, si sois de los que os gusta buscar pequeños detalles, atentos porque en uno de los retablos hay hasta un pequeño burro arrodillado. Sí, sí, un burro, está ahí y toca agudizar la vista para encontrarlo.
Pero quizá la parte que más curiosa nos pareció fue la zona del antiguo convento, allí aparecen patios, arcos y algunos restos de pinturas murales que todavía resisten el paso del tiempo. En el huerto se conserva además una antigua noria que estaba conectada con el cenote Sis-Há y se utilizaba para abastecer de agua al convento, también encontramos unos pequeños confesionarios integrados en la pared del claustro, de esos detalles que probablemente pasarían totalmente desapercibidos si vais con prisas.
Y aquí viene un pequeño plan que no os podéis perder: volver al convento cuando cae la noche porque la fachada cambia completamente cuando empieza el espectáculo de videomapping “Noches de la Heroica Valladolid”. La proyección, comienza alrededor de las 21:00 horas y convierte los muros del antiguo convento en una enorme pantalla donde se cuentan, mediante imágenes, luces, música y sonido, distintos episodios de la historia de la ciudad, desde el mundo maya hasta épocas más recientes, la proyección dura unos 15 minutos y, además, es gratuita.
La visita al museo del convento ronda los 40 pesos mexicanos por persona y se puede visitar de martes a viernes y domingos de 9:00 a 17:00 horas, y los sábados de 9:00 a 16:00 horas. Los horarios y tarifas pueden cambiar, así que recomendamos comprobarlos antes de ir en la web oficial de Turismo de Valladolid, Despierta en Valladolid, o en la web de Turismo de Yucatán, que también tiene información sobre la visita.
En resumen, nuestra recomendación sería visitar el convento durante el día, recorrer después la Calzada de los Frailes con calma y, si os coincide, quedaros hasta la noche para ver el videomapping, dos caras completamente distintas del mismo lugar y una buena excusa para no tener que salir corriendo de Valladolid al caer la tarde.
Hacerse una foto con las letras de VALLADOLID
Y llegamos a uno de esos planes que, por lo visto, Raúl considera patrimonio universal de cualquier viaje: hacerse una foto con las letras de la ciudad.
Da igual que estemos en una ciudad enorme, en un pueblo perdido de la mano de Dios o en un sitio donde haya tres casas y una cabra, si hay letras con el nombre del lugar, Raúl tiene que encontrar el sitio, hacerse la foto y quedarse tranquilo, en Valladolid las encontraréis justo frente al Convento de San Bernardino.
El problema es que para Raúl encontrarlas no consiste simplemente en llegar y hacerse la foto, no, hay que vivir la experiencia completa.
Así que allí nos teníais, buscando las dichosas letras en modo Indiana Jones, como si en lugar de unas letras de colores estuviéramos intentando encontrar el Santo Grial, que si por aquí no están, que si mira detrás de aquello, que si pregunta a alguien… Aquello parecía más un escape room que una parada turística pero finalmente aparecieron y, por supuesto, ya tiene su foto de rigor.
Observar el escudo en la Iglesia de San Servacio
Hay sitios por los que pasas varias veces durante un viaje y, si no te fijas bien, te pierdes pequeños detalles que tienen bastante historia detrás, eso nos pasó con la Iglesia de San Servacio, en pleno centro de Valladolid.
La encontraréis justo frente al Parque Principal Francisco Cantón Rosado, así que es prácticamente imposible visitar el centro y no pasar por delante. La primera iglesia se levantó en este mismo lugar en 1545, aunque el edificio que vemos hoy es posterior. En 1705 ocurrió aquí un episodio bastante oscuro conocido como el Crimen de los Alcaldes, tras el cual el templo fue demolido y reconstruido a partir de 1706, incluso cambiaron su orientación, por eso la fachada actual mira hacia el norte, algo poco habitual en las iglesias coloniales de Yucatán.
Y ahora viene nuestro pequeño objetivo: encontrar el escudo que está en la fachada, está situado sobre la puerta principal, en la parte superior de la portada, y está tallado en piedra, en él aparecen una corona real y diferentes elementos relacionados con la tradición franciscana, como el cordón de la orden, además de otros motivos decorativos, algunos guías incluso lo relacionan con Carlos V.
No es de esos detalles que ves desde la otra punta de la plaza, así que toca hacer un poco de detective y levantar la mirada.
Ya que estáis allí, entrad, el interior es bastante más sobrio que la fachada, pero merece la pena echar un vistazo al altar mayor, los retablos laterales y el altar de estilo churrigueresco, además de las imágenes religiosas y las antiguas criptas.
Recorrer la Calzada de los Frailes
Si hay un paseo que no me perdería en Valladolid, es el de la Calzada de los Frailes, no hace falta preparar nada especial ni tener un mapa en la mano, simplemente hay que echar a andar desde el centro y dejarse llevar por una de las calles más bonitas y con más personalidad de la ciudad.
La Calzada de los Frailes conecta el centro histórico de Valladolid con el barrio de Sisal, donde se encuentra el antiguo convento de San Bernardino de Siena, es la conocida calle 41A y, aunque no es especialmente larga, lo normal es tardar bastante más de lo previsto en recorrerla entre una fachada que llama la atención, una tienda de artesanía, un café o ese rincón que parece puesto ahí expresamente para hacer una foto, es difícil mantener el paso.
La calle está llena de antiguas casas coloniales que han sido restauradas y pintadas en tonos muy coloridos, amarillos, rosas, azules, verdes, muchas conservan las puertas y algunos detalles de la arquitectura tradicional y, entre ellas, han ido apareciendo pequeños restaurantes, hoteles boutique, cafeterías, galerías y tiendas donde puedes encontrar artesanía y cachivaches varios.
Pero lo interesante de la Calzada de los Frailes es que detrás de todas esas fachadas bonitas hay bastante historia, la calle se construyó durante la época colonial para comunicar Valladolid con el barrio de Sisal, allá en el siglo XVI, los franciscanos levantaron el convento de San Bernardino de Siena, uno de los edificios históricos más importantes de la ciudad, los frailes recorrían este camino para desplazarse entre el convento y el centro de Valladolid, y de ahí viene el nombre con el que todavía hoy conocemos este lugar.
Mientras avanzas, cuesta imaginar que esta misma calzada fuera hace siglos una vía utilizada por los religiosos, hoy el ambiente es completamente diferente: guiris paseando tranquilamente, bicicletas, restaurantes con terrazas, tiendas y vecinos haciendo su vida.
Relajarse en el Cenote Zazil Tunich
Este lugar no lo habíamos incluido en nuestra lista de «top cosas que ver en Valladolid» y lo descubrimos gracias a la recomendación de mi amigo Nacho, de Tony Perez Travel Service, una agencia de viajes de Mérida, y fue un acierto total porque es un lugar flipante.
A unos 30 minutos del centro de Valladolid, saliendo hacia el pueblo de Ticuch y por la carretera de Yalcobá-Xtut, se encuentra Zazil Tunich, el lugar está algo apartado de las rutas más conocidas de cenotes de Yucatán y quizá precisamente por eso conserva una sensación mucho más tranquila y especial.
Nada más llegar ya te das cuenta de que no has venido simplemente a darte un baño en otro cenote, Zazil Tunich se presenta como un cenote-museo, una enorme caverna subterránea situada unos 20 metros bajo tierra, donde la protagonista absoluta es la propia naturaleza, aquí no hay que imaginar grandes decorados: las estalactitas, las formaciones de roca y las aguas cristalinas llevan miles de años haciendo todo el trabajo, de hecho, una de las grandes curiosidades del lugar es que alberga la estalactita más grande registrada de Yucatán.
Y entonces llega el momento que probablemente todos estamos esperando: bajar hasta el agua y meterse en el cenote, el agua es cristalina y la zona de baño no es especialmente profunda, tiene entre 1,8 y 2 metros de hondo, siendo más baja en los laterales, no hace falta saber nadar para disfrutarlo.
Pero aquí viene otra de las cosas que hacen diferente a Zazil Tunich, el baño es solo una parte de la experiencia, también puedes hacer un recorrido guiado por la cueva, conocer las formaciones naturales y acercarte a los antiguos mayas a través de una ceremonia de purificación con un chamán, también organizan comidas dentro de la propia caverna, a unos 20 metros bajo tierra, algo bastante difícil de imaginar hasta que estás allí.
Y si pensabas que un cenote no podía ponerse más curioso, resulta que también puedes casarte allí, Zazil Tunich organiza bodas mayas, bodas civiles, renovaciones de votos y ceremonias personalizadas dentro de este entorno subterráneo, además de pedidas de mano, cenas románticas y sesiones de fotos privadas, hay incluso opciones de hospedaje en las cabañas de la Aldea Maya Xenaba, por si quieres convertir la visita en una escapada romántica completa.
Nosotros fuimos con la idea bastante más sencilla de conocer el cenote y pegarnos un buen baño, pero salir de allí pensando que habíamos descubierto un lugar mucho más especial de lo que esperábamos fue inevitable, hay algo en estar dentro de una cueva enorme, rodeado de estalactitas formadas durante miles de años, con el agua tranquila debajo y el eco de las voces rebotando por las paredes, que hace que el baño se convierta en una experiencia bastante más memorable que el típico chapuzón de vacaciones y lo mejor de todo, fuimos a última hora del día y estábamos totalmente solos.
En cuanto al precio, la experiencia básica de Inframundo Maya, que incluye el acceso, el recorrido guiado y el baño en el cenote, cuesta alrededor de 400 pesos mexicanos por persona, también hay opciones más completas, como experiencias con comida, desde unos 750 pesos.
El horario es de 12:00 a 19:00 horas, aunque los recorridos guiados se realizan en horarios concretos, normalmente a las 15:00, 17:00 y 19:00.
Nosotros, desde luego, tenemos que agradecerle a Nacho la recomendación porque probablemente por nuestra cuenta habríamos terminado visitando alguno de los cenotes más conocidos de la zona y nos habríamos perdido este pequeño descubrimiento así que, si estás recorriendo Valladolid y buscas algo más que ir de cenote en cenote haciendo fotos del agua turquesa, yo apuntaría este en la lista. Zazil Tunich es para bajar, respirar, darse un baño y disfrutar del silencio de una cueva que lleva miles de años ahí antes de que nosotros apareciéramos con el bañador.
Para consultar precios, horarios, experiencias y reservar, puedes echar un vistazo a la web oficial de Zazil Tunich antes de ir, también puedes consultar allí las diferentes experiencias, desde el baño y recorrido por el cenote hasta las comidas bajo tierra, ceremonias, bodas y estancias en la Aldea Maya.
Ver los murales del Palacio Municipal
Otra de las visitas interesantes en la ciudad es el Palacio Municipal, por fuera ya tiene ese aire colonial que te hace parar un momento pero yo entraría sí o sí, dentro hay un pequeño tesoro que merece la pena buscar: el Salón de los Murales.
El palacio original era una construcción de una sola planta, levantada con gruesos muros de cal y canto, y fue remodelándose hasta convertirse en el edificio actual, que quedó terminado en 1864, conserva una bonita arquería, columnas de piedra labrada y balcones desde los que se tienen unas buenas vistas de la plaza y de la iglesia de San Servacio.
Lo mejor del edificio está en el corredor principal, allí se conservan cuatro grandes pinturas de Manuel Lizama Salazar, pintor yucateco, realizadas entre 1981 y 1985, no son simples pinturas decorativas: cada una cuenta un capítulo de la historia de Valladolid, desde la época de la Conquista hasta la llamada Primera Chispa de la Revolución Mexicana.
Lo bueno es que no necesitas ser un experto en arte para disfrutarlos, te plantas delante de cada mural y empiezas a reconocer personajes, escenas y momentos de la historia local, no te preocupes si no te suena ni el tato, hay unos paneles explicativos que te informan de quién es quién, como en las telenovelas, jejeje.
Otra cosa buena: la entrada es gratuita y el horario para visitar los murales es de 8:00 a 21:00 horas, todos los días, aunque al tratarse de un edificio municipal yo comprobaría los horarios el mismo día si vas a hacer la visita a última hora.
No es una visita que te vaya a llevar media mañana, ni falta que hace, entras, recorres los pasillos, te paras delante de los cuatro murales, subes a los balcones y en un rato estás fuera otra vez, justo en medio del ambiente de la plaza. Un plan sencillo, gratuito y bastante fácil de encajar en cualquier paseo por Valladolid y además, de esos que te ayudan a entender un poco mejor la ciudad que estás recorriendo.
Visitar la Plaza Central y Fuente la Mestiza
Otro de los planes guays en Valladolid es simplemente sentarte, mirar alrededor y dejar que pase la vida, eso es un poco lo que ocurre en el Parque Francisco Cantón Rosado, la plaza principal de Valladolid y, probablemente, el mejor sitio para disfrutar del ambiente de la ciudad.
La plaza está justo en el corazón del centro histórico, rodeada de algunos de los edificios más importantes de Valladolid, con la iglesia de San Servacio presidiendo uno de sus lados. Antes de convertirse en el parque que vemos hoy, este espacio era una gran explanada conocida como Plaza de Armas y, mucho antes, formaba parte del asentamiento maya de Zací, de hecho, en el centro había una pirámide maya que fue demolida durante la época colonial y cuyas piedras se reutilizaron en algunas de las construcciones de la ciudad, una pena, con lo que me gustan a mí las pirámides.
El parque tal y como lo conocemos empezó a tomar forma a finales del siglo XIX, en 1900 se inauguró el enrejado que lo rodeaba, durante el gobierno del general Francisco Cantón Rosado, de quien acabaría tomando el nombre, hoy es uno de esos lugares que parecen estar siempre en funcionamiento: gente que va y viene, vecinos sentados en las famosas sillas confidentes, viajeros haciendo fotos, niños correteando y algún que otro puesto de comida esperando a que llegue la tarde.
Y en medio de todo está la Fuente de la Mestiza, uno de los símbolos de Valladolid, la escultura representa a una mujer yucateca vestida con el tradicional terno y sosteniendo un cántaro, es un homenaje a la mezcla de culturas maya y española que forma parte de la historia de Yucatán. La obra original fue realizada en 1924 por el escultor Manuel Cachón Cimá, por encargo de José María Iturralde y Traconis, entonces gobernador del estado y natural de Valladolid, la que vemos actualmente es una réplica de aquella primera escultura.
La fuente, además, tiene una de esas historias que hacen que una escultura deje de ser simplemente una escultura, durante un tiempo desapareció de la plaza y fue sustituida por otro monumento, hasta que años después se decidió recuperar la imagen de la Mestiza, hoy ha vuelto a ocupar su lugar en el centro del parque y se ha convertido en una de las fotografías más típicas de Valladolid.
Nosotros cuando la visitamos, tuvimos además bastante suerte con la fecha, coincidimos con las Fiestas Patrias mexicanas, el 15 de septiembre, y aquello tenía un ambiente completamente distinto. La plaza estaba decorada para la ocasión con los colores de la bandera, había un tablao montado y la música se escuchaba por todo el parque, por allí pasaron mariachis y grupos de danzas tradicionales mexicanas, y la plaza estaba llena de gente disfrutando de la celebración, tenderos vendiendo de todo: mazorcas, globos de Bob Esponja, helados…y hasta algún que otro desfile nos encontramos.
Así que sí, la plaza central y la Fuente de la Mestiza son un imprescindible de Valladolid, pero nuestro consejo sería no limitarse a llegar, hacer la foto y marcharse, dadle un rato, sentaros, pasead sin rumbo por los alrededores y si además os coincide con alguna celebración, mejor todavía.
Dónde comer en Valladolid
Después de recorrer Valladolid arriba y abajo, llega un momento en el que el estómago empieza a reclamar y estando en Yucatán, comer no es precisamente una obligación que pese, más bien todo lo contrario.
Nosotros acabamos entrando en un pequeño local que nos llamó la atención mientras paseábamos por la Calzada de los Frailes, tenía una decoración llena de colores, de esas que te hacen mirar hacia dentro aunque no tengas demasiada hambre, el sitio era el Restaurante de Los Santos, situado en el número 228 de la Calzada de los Frailes, en la zona de Sisal, muy cerca del convento de San Bernardino, es un restaurante de cocina mexicana y yucateca, con platos como cochinita pibil, poc chuc, lomitos o sopa de lima.
Entramos, nos sentamos y empezó el festival gastronómico, Raúl, que tiene bastante más valor que yo para estas cosas, pidió mole poblano, en algún momento de la conversación, el camarero nos aseguró que no picaba, error, o quizá el error fue mío por fiarme de aquella frase con tanta alegría y viniendo de un camarero mexicano que hasta la guindilla fantasma dice que pica solo «un poquillo».
Probé un bocado pequeño, muy pequeño, con toda la prudencia de quien sabe que el picante mexicano puede esconderse donde menos te lo esperas y de repente… FUEGO, empecé a echar fuego por la boca en plan dragón de la casa Targaryen, solo me faltaba salir volando por encima de Valladolid dejando una estela de humo detrás, jejeje.
Mientras Raúl disfrutaba tranquilamente de su mole, yo intentaba recuperar mis papilas gustativas, para mi propia supervivencia, yo había pedido algo bastante más prudente: nachos con guacamole, que entraron de maravilla, y después cochinita pibil, esta última, por suerte para mí, no picaba nada y aquí sí pude comer feliz, porque tengo que reconocerlo: odio el picante, no entiendo como le puede gustar a la gente, bajo mi punto de vista no se saborea la comida, estás más pendiente de intentar respirar.
La cochinita pibil, además, es uno de esos platos que hay que probar sí o sí cuando se viaja por Yucatán, carne de cerdo marinada y cocinada lentamente, con ese sabor tan característico que hace que entiendas por qué la gastronomía yucateca tiene tanta fama.
Y así terminó nuestra incursión gastronómica en Valladolid: Raúl feliz con su mole, yo recuperándome de mi encuentro con el dragón picante y los dos bastante satisfechos con la comida, eso sí, si sois de los míos y el picante os hace entrar en combustión espontánea, preguntad bien antes de lanzaros a por las salsas y cuando os digan que algo “no pica”, recordad mi historia porque quizá para un mexicano aquello sea perfectamente soportable, mientras que para vosotros sea el primer capítulo de Juego de Tronos: Valladolid Edition.
Dónde dormir en Valladolid
Tras patear Valladolid, visitar el convento de San Bernardino, recorrer la plaza y acabar probando la gastronomía local, tocaba encontrar un sitio donde dejar caer el cuerpo y en nuestro caso acertamos bastante con el alojamiento.
Nosotros escogimos el Hotel El Zaguán Colonial, situado en la Calle 41 nº 279-B, en la colonia Bacalar, en una de las entradas de Valladolid. Está a unos minutos en coche del centro histórico, así que, resulta bastante cómodo para entrar y salir de la ciudad.
Nada más llegar nos gustó el sitio, tiene ese aire colonial que encaja perfectamente con Valladolid, con jardines, zonas exteriores y una piscina que, después de pasar el día recorriendo Yucatán bajo el sol, se agradece bastante pero si tuviera que quedarme con algo de nuestra estancia sería con el trato del personal, los trabajadores fueron muy amables con nosotros y de esos sitios en los que te sientes cómodo desde que cruzas la puerta, para mí, después de un día de viaje, eso suma muchos puntos.
Nuestra habitación también nos gustó mucho, estaba muy limpia y era bastante espaciosa, algo que se agradece especialmente cuando llevas las maletas a cuestas y empiezas a sacar cosas de ellas como si estuvieras montando un mercadillo ambulante, disponen de aire acondicionado, baño privado, minibar, cafetera y wifi, entre otros servicios.
Y luego está el detalle que para nosotros fue casi un regalo caído del cielo: el parking gratuito, si estáis haciendo una ruta por Yucatán en coche, esto es algo que yo tendría muy en cuenta a la hora de elegir alojamiento, el hotel dispone de estacionamiento privado gratuito dentro de sus instalaciones.
En definitiva, Valladolid es un buen lugar para comenzar una ruta por Yucatán, la ciudad es preciosa y en los alrededores puedes visitar lugares tan chulos como Chichen Itzá, Ek Balam, Cobá o un gran número de cenotes pero además, Valladolid tiene ese punto que hace que apetezca quedarse un poco más, caminar sin rumbo por sus calles, sentarse en una plaza a ver pasar la tarde, probar algún plato yucateco y dejarse llevar por ese ritmo tranquilo que tiene la ciudad, a nosotros nos encantó.














































