Cualquier lugar del mundo donde haya ballenas, delfines o cualquier tipo de vida marina tiene un hueco asegurado en nuestras rutas. No sabemos muy bien qué tienen estos animales, pero cada vez que organizamos un viaje acabamos buscando si existe alguna excursión para salir al mar. Nos pasó en Australia, en Nueva Zelanda, en Argentina, en Islandia… y, por supuesto, también nos tenía que pasar en Canadá así que cuando empezamos a preparar nuestro road trip por Quebec, Tadoussac pasó automáticamente a formar parte del itinerario.
Y menos mal porque, además de ser uno de los mejores lugares del mundo para el avistamiento de ballenas, Tadoussac es uno de esos pueblos que enamoran nada más llegar: casas de madera, un entorno natural espectacular y un ambiente tranquilo.
Nosotros llegamos después de hacer una breve parada en Charlevoix para comer, fue una buena forma de romper el trayecto antes de continuar hacia uno de los lugares que más ilusión nos hacía visitar del viaje.
Para llegar a Tadoussac hay que cruzar el río Saguenay en un ferry gratuito que funciona durante todo el día y que tarda apenas unos minutos en hacer la travesía. Ya desde el propio ferry empezamos a mirar el agua como si fuéramos auténticos expertos en cetáceos, no vimos ninguna ballena, pero la emoción ya estaba ahí, tengo que decir que algo había en el agua pero no puedo asegurar que fuera ningún mamífero marino.
Una vez al otro lado nos fuimos directamente al hotel para hacer el check-in, nos alojamos en el Hotel Mon Coin Pays, situado a las afueras de Tadoussac, en una zona muy tranquila rodeada de naturaleza, la verdad es que fue todo un acierto.
Más que un hotel al uso, era una especie de cabaña rodeada de naturaleza, muy coqueta y perfectamente integradas en el paisaje. Todo estaba muy limpio, muy bien cuidado y decorado con mucho gusto, con ese estilo de madera tan típico de Quebec que hace que enseguida te sientas de vacaciones, después de tantos kilómetros de carretera, llegar allí fue una auténtica maravilla.
Como todavía quedaban unas horas de luz, decidimos acercarnos al pueblo para empezar a descubrirlo.
Lo primero que hicimos fue caminar por el sendero que discurre junto a la playa con la esperanza de ver alguna ballena desde tierra, habíamos leído que no era raro observar alguna soplando en la desembocadura del Saguenay, así que allí estábamos, en plan Sherlock Holmes buscando en el horizonte durante un buen rato, nuevamente no hubo suerte, que le vamos a hacer…tendremos que mejorar nuestro radar, jejeje.
Un poco de historia de Tadoussac
Aunque hoy en día todo el mundo asocia Tadoussac con las ballenas, la realidad es que este pequeño pueblo tiene una historia fascinante.
Fundado a comienzos del siglo XVII, Tadoussac está considerado uno de los asentamientos franceses más antiguos de Norteamérica, mucho antes de la llegada de los europeos ya era un importante punto de encuentro para los pueblos indígenas, que utilizaban esta zona para comerciar gracias a su privilegiada ubicación en la confluencia del río Saguenay con el río San Lorenzo, posteriormente, los franceses establecieron aquí uno de los primeros puestos comerciales dedicados al comercio de pieles, convirtiendo a Tadoussac en un lugar estratégico durante muchos años.
Hoy apenas viven unas pocas centenas de habitantes, pero cada verano recibe miles de visitantes atraídos por la increíble biodiversidad marina que existe en esta parte del estuario del San Lorenzo, pasear por sus calles es una auténtica delicia: casas de madera perfectamente cuidadas, jardines llenos de flores, pequeñas tiendas, cafeterías y ese ambiente relajado que invita a caminar sin mirar el reloj.
Qué ver en Tadoussac
Aunque la mayoría llega aquí por las excursiones de avistamiento de ballenas, merece la pena dedicar unas horas a conocer el pueblo.
Uno de sus edificios más emblemáticos es el Hotel Tadoussac, probablemente el más fotografiado de toda la localidad. Fue inaugurado a comienzos del siglo XX y destaca por su característica fachada blanca con el tejado rojo, un diseño inspirado en la arquitectura tradicional de Quebec, a lo largo de los años ha alojado a políticos, artistas y viajeros de todo el mundo y se ha convertido prácticamente en el símbolo de Tadoussac. Aunque no estés alojado allí, merece mucho la pena acercarse para verlo y disfrutar de las vistas que hay desde sus jardines, bueno, a mí personalmente no me gustaron mucho porque además del mar, tienes balcón privilegiado al cementerio de la pequeña iglesia que hay justo delante y ya sabéis que yo y estos sitios no nos llevamos muy bien.
Muy cerca se encuentra también el Centro de Interpretación de los Mamíferos Marinos, un lugar perfecto para entender por qué esta zona es tan especial. El centro está gestionado por GREMM, un grupo de investigación dedicado desde hace décadas al estudio y conservación de los mamíferos marinos del estuario del San Lorenzo, en su interior hay exposiciones muy interesantes sobre las diferentes especies de ballenas, su comportamiento, la importancia del ecosistema y los trabajos científicos que se realizan en la zona.
La visita resulta especialmente recomendable si vas a hacer una excursión en barco, ya que ayuda a reconocer las distintas especies y entender mucho mejor todo lo que vas viendo durante la navegación, la entrada cuesta alrededor de 15 dólares canadienses por persona y habitualmente abre todos los días entre las 9:00 y las 17:00 horas durante la temporada turística aunque siempre es recomendable consultar los horarios en su página web antes de la visita, por si hubiera alguna modificación.
Después de recorrer tranquilamente el pueblo regresamos al hotel para descansar. Al día siguiente tocaba uno de los momentos más esperados de todo el viaje.
En busca de las ballenas en Tadoussac
Aunque nuestra excursión salía a las 11:00 de la mañana, queríamos llegar con tiempo para recoger los billetes y cotillear un poco por el pueblo.
Habíamos contratado la excursión con Neptuno, una empresa familiar con muchos años de experiencia organizando excursiones para el avistamiento de ballenas en Tadoussac. Desde hace décadas realizan estas navegaciones apostando por un turismo responsable y respetuoso con los animales, cosa que nos parece imprescindible.
Elegimos el horario de las once de la mañana, aunque también existen salidas a las 9:00, a las 14:00 y a las 16:30 horas. El crucero tiene una duración aproximada de tres horas y a nosotros nos costó 75 dólares canadienses por persona.
Nada más embarcar volvimos a sentir esa mezcla de emoción y nervios que siempre aparece antes de buscar animales en libertad, nunca sabes qué va a pasar y precisamente ahí está gran parte de la magia.
La zona donde confluyen el río Saguenay y el río San Lorenzo es uno de los mejores lugares del planeta para observar cetáceos, la mezcla de aguas frías y ricas en nutrientes crea un auténtico buffet libre para multitud de especies marinas.
Dependiendo de la época del año es posible observar rorcuales comunes, rorcuales aliblancos, rorcuales azules, yubartas o ballenas jorobadas, ballenas minke e incluso la famosa beluga del San Lorenzo, una especie residente que se encuentra en peligro de extinción y que es uno de los grandes sueños de cualquier aficionado al avistamiento de cetáceos.
La mejor época para visitar Tadoussac suele ir de mayo hasta octubre, siendo julio, agosto y septiembre algunos de los meses con mayor actividad, además de ballenas, también es posible ver focas, numerosas aves marinas y, en ocasiones, algunos delfines.
Nosotros viajamos en septiembre y tuvimos la suerte de ver varias ballenas minke durante la excursión, cada aparición era un pequeño espectáculo, primero el soplido, después el enorme lomo oscuro rompiendo la superficie y, con un poco de suerte, la cola desapareciendo lentamente bajo el agua.
No vimos delfines ni tampoco ninguna beluga, pero aun así la experiencia nos pareció absolutamente increíble y nos supo a poco.
Tras desembarcar nos fuimos directos a comer a Bistro La Baie, un restaurante de madera muy chulo con unas vistas impresionantes al mar, eso sí, no podemos decir lo mismo de su comida, por lo menos lo que pedimos nosotros. Tuvimos que esperar un montón porque por lo visto debe ser uno de los lugares top para comer, los camareros no eran la alegría de la huerta y la comida nos la sirvieron fría y parecía chicle, vamos, que no acertamos.
Ver el atardecer en Sentier de la Pointe de l’Islet
Con el estómago ya lleno, pusimos rumbo al Sentier de la Pointe-de-l’Islet, uno de los paseos más bonitos que se pueden hacer en Tadoussac. El sendero comienza junto al Centro de Interpretación de los Mamíferos Marinos, a escasos minutos caminando del puerto, y es una de esas rutas que, aunque cortitas, dejan un recuerdo enorme.
Se trata de un sendero circular de aproximadamente 1,7 kilómetros que se recorre tranquilamente en unos 30 o 40 minutos, aunque ya os adelantamos que es prácticamente imposible hacerlo tan rápido, cada pocos metros hay un mirador o un rincón donde apetece detenerse a contemplar el paisaje.
Además de ofrecer unas vistas espectaculares de la desembocadura del río Saguenay en el San Lorenzo, el sendero cuenta con varios paneles interpretativos que explican la historia natural de la zona, su importancia para los cetáceos y la geología de este rincón de Quebec. Durante siglos, este sitio ha sido un lugar privilegiado para observar el movimiento de las ballenas, y todavía hoy es habitual ver a gente con prismáticos esperando el inconfundible soplido de algún gigante marino.
Nosotros decidimos recorrerlo al atardecer y no pudimos elegir mejor momento.
Antes de empezar compramos un par de refrescos y, cuando llegamos a una de las zonas de rocas con vistas al estuario, nos sentamos simplemente a disfrutar, el mar estaba completamente en calma, apenas se escuchaba el sonido de las olas rompiendo suavemente contra las piedras y el cielo iba cambiando de color minuto a minuto.
Nos quedamos allí un buen rato, sin mirar el reloj, viendo cómo el sol iba descendiendo lentamente hasta desaparecer en el horizonte, fue uno de los mejores momentos del día, después de ver las ballenas, claro está.
Después regresamos tranquilamente hasta el coche y pusimos rumbo al hotel para descansar. Había sido un día cargado de emociones y de esos que terminan con una sonrisa inevitable mientras repasas mentalmente todo lo que has vivido.
Por cierto, si vais a visitar Tadoussac, un pequeño consejo: paciencia con el aparcamiento. Encontrar sitio, sobre todo en temporada alta, puede convertirse en toda una odisea, hay muy pocas plazas disponibles cerca del puerto y del centro del pueblo y, para rematar, el aparcamiento no es precisamente barato, la mayoría de las zonas de estacionamiento de pago rondan los 4 dólares canadienses por hora, así que conviene llegar con tiempo para evitar dar vueltas y vueltas buscando un hueco.
Y hasta aquí nuestro día en Tadoussac, un rinconcito de Canadá que nos ha robado por completo el corazón. Nos enamoró su tranquilidad, lo increíblemente bonito que es y, por supuesto, la enorme riqueza de vida marina que esconden sus aguas.
Si algún día volvemos a recorrer la costa este de Canadá, tenemos clarísimo que haremos una parada aquí para embarcarnos de nuevo en la búsqueda de ballenas y otros animalitos marinos. Al fin y al cabo, ya sabéis que ese se ha convertido en uno de nuestros hobbies viajeros… ¡y esperamos que siga siéndolo durante muchos años! Jejeje.























