Si hay una excursión imprescindible desde Tánger, esa es sin duda es Tetuán. En nuestro último viaje por Marruecos decidimos dedicarle un día a esta ciudad que llevábamos mucho tiempo queriendo conocer y, la verdad, terminó sorprendiéndonos mucho más de lo que imaginábamos.
Conocida como la «Paloma Blanca» por el característico color de sus fachadas, Tetuán alberga una de las medinas más auténticas y mejor conservadas del país. Fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1997 y pasear por ella es como viajar en el tiempo, un auténtico laberinto de callejuelas repletas de vida, pequeños talleres artesanales, mercados tradicionales y rincones que conservan intacta la esencia de la ciudad.
Perderse por sus zocos es parte de la experiencia, en apenas unos minutos puedes pasar de encontrar puestos de frutos secos y especias a descubrir un animado mercadillo de artículos de segunda mano que bien podría ser el «Wallapop marroquí» o descubrir las «peculiares» tiendas Richet, un lugar donde vas, escoges un pollo, el tendero lo pasa por una especie de centrifugadora para lavarlo y quitarle las plumas y luego lo mata delante tuyo, a mí me dio un poco de grima pero por lo visto es algo habitual allí y forma parte de las costumbres locales y del día a día de muchos habitantes de la ciudad.
Más allá de estas curiosidades, esta bonita ciudad marroquí nos conquistó por su autenticidad, por el ambiente tranquilo que se respira en comparación con otras ciudades del país y por la sensación de estar descubriendo un rincón que, a pesar de su enorme valor histórico y cultural, sigue siendo relativamente desconocido para muchos viajeros.
Un poco de historia de Tetuán
Si hay una ciudad en Marruecos donde la historia se respira en cada rincón, esa es Tetuán. Pasear por sus calles es como abrir un libro cuyas páginas han sido escritas por culturas muy diferentes que, con el paso de los siglos, han dejado aquí su huella.
Aunque la zona ya estaba habitada desde la antigüedad, la Tetuán que hoy conocemos comenzó a tomar forma a finales del siglo XV, tras la caída del Reino de Granada en 1492, miles de musulmanes y judíos expulsados de la Península Ibérica cruzaron el Estrecho y encontraron en esta ciudad un nuevo hogar. Fueron ellos quienes la reconstruyeron y le dieron ese inconfundible aire andalusí que todavía se aprecia en sus casas blancas, sus patios, sus callejuelas, sus puertas y su forma de vida.
Durante los siglos siguientes, la ciudad se convirtió en un importante centro comercial entre Marruecos y Europa, básicamente gracias a su cercanía con el Mediterráneo, por aquí pasaban mercancías, viajeros y diferentes influencias culturales que dieron su toque a la ciudad.
Ya en el siglo XX, entre los años 1912 y 1956, Tetuán se convirtió en la capital del Protectorado Español en el norte de Marruecos, de esa época aún quedan numerosos edificios de estilo colonial, amplias avenidas y plazas que contrastan con el laberinto de la medina, es precisamente esa mezcla de arquitectura andalusí, marroquí y española lo que hace que la ciudad tenga una personalidad propia.
Qué ver y hacer en Tetuán
Hoy en día, Tetuán es una ciudad tranquila, auténtica y mucho menos turística que otros destinos marroquíes. Precisamente por eso conserva un encanto muy especial, aquí no hace falta seguir un itinerario al pie de la letra, lo mejor es caminar sin rumbo por sus callejuelas, dejarse llevar por el bullicio de los mercados, detenerse a observar el trabajo de los artesanos y disfrutar de una ciudad donde la historia no se esconde en los museos, sino que forma parte del día a día.
Y quizá esa sea la mejor definición, un pequeño pedazo de Andalucía al otro lado del Estrecho mezclado con la esencia más auténtica de Marruecos, el cóctel perfecto!. Aquí os dejamos todo lo que podéis ver o hacer en Tetuán, no entramos en museos, solo nos dedicamos a caminar sin rumbo e ir descubriendo rincones de esta preciosa ciudad marroquí.
Entrar en el Mercado Central de Tetuán
Hay veces que los sitios aparecen sin buscarlos, y eso fue exactamente lo que nos pasó en Tetuán, salimos de la estación de autobuses, levantamos la vista y vimos unas escaleras justo enfrente. Como buenos viajeros curiosos, allí que fuimos y al subirlas, ¡zas!, nos plantamos de lleno en el Mercado Central de Tetuán.
Pero antes incluso de cruzar la puerta hubo algo que nos dejó bastante desconcertados, un enorme cartel prohibía entrar a los gatos, y claro, la pregunta era inevitable: ¿de verdad creen los marroquíes que los gatos saben leer? Porque el letrero era bien grande, no fuera a ser que alguno se despistara.
Tras entrar al mercado confirmamos nuestra teoría científica: los gatos, efectivamente, no leen, había unos cuantos paseándose tranquilamente entre los puestos, echándose la siesta en cualquier rincón o buscando el mejor sitio para resguardarse de la lluvia, porque ese día chispeaba un «poquillo». Viendo la cantidad de felinos que había, daba la sensación de que el mercado era tanto el centro de compras de los vecinos como el hotel de cinco estrellas de los gatos del barrio.
El edificio del Mercado Central fue construido durante la época del Protectorado Español, en la primera mitad del siglo XX, cuando se impulsaron diferentes proyectos para modernizar la ciudad, su objetivo era reunir en un mismo espacio a los comerciantes de comida, y más de cien años después sigue cumpliendo exactamente la misma función, lo mejor es que mantiene ese aire de mercado de toda la vida.
Pasear por sus pasillos es toda una experiencia para los sentidos, sobre todo para el olfato. Encontrarás puestos repletos de frutas y verduras de temporada, montañas de especias que llenan el aire de aromas, aceitunas de todos los colores, frutos secos con alguna que otra mosca revoloteando alrededor, pan recién hecho y una enorme sección de pescado y marisco que llega directamente de la cercana costa mediterránea, tampoco faltan las carnicerías, los puestos de queso y pequeños comercios donde comprar productos típicos de la gastronomía marroquí.
Aunque no tengas pensado comprar nada, merece la pena entrar simplemente para observar el ir y venir de los vecinos haciendo la compra, escuchar el bullicio de los vendedores y empaparse del ambiente auténtico de la ciudad, si eres de los que disfruta visitando mercados cuando viaja, aquí puedes entretenerte un buen rato, eso sí, ya os digo que no todos los olores que encontraréis dentro son agradables, jejeje.
Pasear por el antiguo Barrio español
Salimos del Mercado Central sin un rumbo demasiado definido, empezamos a callejear, a veces las mejores sorpresas aparecen cuando uno se deja llevar y así fue como, casi sin darnos cuenta, desembocamos en la amplia Avenida Mohamed V, el corazón del conocido como Barrio Español de Tetuán.
El cambio de escenario fue bastante chocante, después del bullicio del mercado de repente aparecieron avenidas amplias, edificios elegantes con fachadas blancas, balcones de hierro forjado y ese aire que, por momentos, nos hizo sentir como si hubiéramos cruzado de país sin movernos de ciudad.
Y es que no es una sensación casual, durante el Protectorado Español de Marruecos (1912-1956), Tetuán fue la capital administrativa de la zona norte controlada por España, aquella etapa dejó una profunda huella en la ciudad y dio lugar a este barrio de inspiración europea, diseñado para albergar las principales instituciones, oficinas y residencias de la administración española. A día de hoy sigue siendo una de las zonas más curiosas de Tetuán porque en apenas unos minutos puedes pasar del laberinto medieval de la medina a un barrio de arquitectura claramente modernista y art déco.
La Avenida Mohamed V es su arteria principal y el lugar donde se concentran la mayoría de edificios importantes, uno de los más llamativos es la antigua Delegación de Asuntos Indígenas, una elegante construcción que refleja esa mezcla entre arquitectura española y elementos tradicionales marroquíes tan característica de la época.
Continuando el paseo llegamos hasta la Plaza Mulay El Mehdi, aunque si preguntas a cualquier tetuaní probablemente te diga que estás en la Plaza del Primo, el apodo viene de la época del Protectorado, cuando la plaza llevaba el nombre de Primo de Rivera, y aunque oficialmente hace décadas que cambió de denominación, el nombre popular ha sobrevivido al paso del tiempo.
En uno de sus extremos se encuentra la Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, el principal templo católico de Tetuán y uno de los símbolos más visibles de la herencia española en la ciudad. Su fachada amarilla destaca entre las palmeras y los edificios que la rodean, creando una estampa bastante curiosa en pleno norte de Marruecos, nos hubiera gustado entrar para conocer el interior pero estaba cerrada.
Otro edificio que llama la atención es el antiguo Casino Español, que durante décadas fue uno de los principales puntos de encuentro de la comunidad española, aunque hoy tiene un uso diferente, su fachada sigue recordando la importancia que tuvo en la vida social de la ciudad. Se puede acceder al interior donde te puedes tomar un tradicional té marroquí, admirar los bonitos murales que decoran las paredes o ver una colección de trajes regionales españoles.
Mientras paseábamos, también nos fijamos en pequeños detalles que muchas veces pasan desapercibidos, balcones con azulejos, antiguos rótulos en español e incluso edificios donde todavía pueden leerse inscripciones que recuerdan aquellos años, es uno de esos lugares donde merece la pena caminar despacio y levantar la vista de vez en cuando, porque buena parte de la historia la encuentras en sus fachadas.
Puede que el Barrio Español no tenga el exotismo de la medina ni el bullicio de los zocos, pero precisamente ahí reside su encanto, es una parte de Tetuán que sorprende porque rompe todos los esquemas y demuestra que esta ciudad es una mezcla fascinante de culturas.
Hacerte una foto frente al Palacio Real
Continuamos nuestro paseo por el Barrio Español hasta que, casi sin darnos cuenta, llegamos a una de las plazas más importantes de Tetuán, la Plaza Hassan II. Es una de esas explanadas amplias que invitan a detenerse un momento, aunque en este caso no precisamente porque puedas acercarte demasiado a su principal protagonista.
Frente a este lugar se alza el Palacio Real de Tetuán, una de las residencias oficiales que utiliza el rey de Marruecos durante sus visitas a la ciudad, aunque no es una residencia permanente, el edificio forma parte de la red de palacios reales del país y se emplea para recepciones oficiales, actos institucionales y estancias de la familia real cuando viajan al norte del país.
Nosotros, ingenuos pensamos que podríamos acercarnos para echar un vistazo más de cerca… Error, el perímetro de seguridad es bastante amplio y está vigilado por un buen número de policías, cuando decimos un buen número, es que había agentes prácticamente por todas partes. No solo no puedes acercarte a menos de unos 200 metros, sino que tampoco conviene sacar demasiado la cámara apuntando hacia el palacio, digamos que no es el lugar ideal para ponerse a buscar el mejor ángulo para Instagram.
Aun así, merece la pena acercarse hasta este lugar porque es uno de los puntos donde mejor se aprecia el contraste entre las diferentes caras de Tetuán, a un lado tienes el Barrio Español con sus amplias avenidas y edificios de inspiración europea; al otro, las murallas de la ciudad antigua, que parecen invitarte a cambiar de siglo con solo cruzar una puerta.
Y precisamente desde esta plaza parten dos de los accesos más importantes al casco histórico, una de las puertas conduce directamente a la Medina de Tetuán, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y considerada una de las mejor conservadas de Marruecos y la otra da acceso al antiguo Barrio judío o Mellah, un rincón menos conocido pero con muchísima historia, donde durante siglos convivió una importante comunidad judía sefardí que llegó a la ciudad tras la expulsión de la Península Ibérica.
Nosotros nos quedamos unos minutos observando el ir y venir de la gente antes de cruzar una de esas puertas porque, aunque el Palacio Real imponga con tanta vigilancia, lo realmente interesante estaba justo al otro lado de la muralla, y allí era donde nos dirigíamos, dispuestos a volver a perdernos entre callejuelas llenas de historia.
Perderse por el Barrio judío o Mellah
Después de echar un último vistazo a la Plaza Hassan II llegó el momento de tomar una decisión trascendental. Justo delante de nosotros teníamos dos puertas en la muralla: una llevaba a la medina y la otra al antiguo barrio judío o Mellah, aquello parecía un escape room: «¿Qué puerta elegimos primero?». Tras un intenso debate de aproximadamente tres segundos, nos decantamos por la del barrio judío.
Nada más cruzarla, el ambiente volvió a cambiar por completo, las calles se estrecharon hasta convertirse en un auténtico laberinto de callejuelas blancas donde perderse era casi obligatorio. Y cuando digo perderse, no es una forma de hablar, en más de una ocasión tuvimos que dar media vuelta porque la calle por la que íbamos terminaba en un callejón sin salida, en ese momento entendimos que aquí Google Maps hace lo que puede… y tú también.
Mientras deambulábamos sin demasiado éxito siguiendo nuestro supuesto sentido de la orientación, fuimos descubriendo pequeños puestos donde vendían pan recién hecho, dulces marroquíes, fruta y comida preparada, son de esos lugares donde el olor te hace plantearte comer por tercera vez en el día aunque no tengas hambre o directamente te quita las ganas de engullir porque a veces el perfume que desprenden algunos puestecillos no es de lo más atrayente, jejeje.
Intentando recuperar el rumbo empezamos a fijarnos en unas marcas que aparecen pintadas en el suelo y que, en teoría, sirven para orientar a los visitantes por los diferentes recorridos de la medina y el Mellah, en teoría porque, al menos para nosotros, aquello fue más un jeroglífico que una ayuda, había momentos en los que estábamos convencidos de seguir la dirección correcta… hasta que cinco minutos después aparecíamos otra vez en el mismo sitio, no sabemos si fuimos nosotros o las marcas, pero acabamos bastante más desorientados que al principio.
Tras varias vueltas conseguimos llegar hasta la Sinagoga Isaac Bengualid, el principal símbolo del antiguo barrio judío de Tetuán. Y cuando por fin la encontramos… estaba cerrada a cal y canto porque era sábado, el Shabat, el día sagrado para la comunidad judía, así que tocó conformarse con admirar el edificio desde el exterior que por cierto, no es muy bonito que digamos, cosas que pasan cuando viajas sin mirar el calendario.
La sinagoga recibe su nombre del rabino Isaac Bengualid, una de las figuras más importantes de la comunidad sefardí de Tetuán, que durante siglos fue una de las más influyentes de todo Marruecos. Aunque desde fuera pueda parecer un edificio bastante discreto, su interior esconde una auténtica joya, la sala de oración conserva el Hejal o armario donde se guardan los rollos de la Torá, una elegante Bimá, desde donde se realizan las lecturas, bancos de madera originales y una bonita decoración que recuerda el importante legado sefardí de la ciudad.
Cuando no coincide con festividades religiosas, la sinagoga puede visitarse mediante una entrada de aproximadamente 20 dirhams, aunque los horarios pueden variar y es recomendable comprobarlos antes de ir, especialmente si viajas en fin de semana o en días festivos, ojo, ya os avisamos que los sábados está cerrada.
Más allá de la sinagoga, merece la pena recorrer el Mellah sin un objetivo concreto: antiguas viviendas con balcones de madera, pequeñas plazas escondidas, puertas centenarias y rincones que conservan la esencia de la que fue una de las comunidades judías más importantes del norte de África hacen que el paseo resulte de lo más interesante, de hecho, aunque al principio pensábamos que nos estábamos perdiendo continuamente… al final entendimos que esa era precisamente la gracia del sitio.
Entrar a la medina por la monumental Puerta Bab Okla
Tras dar unas cuantas vueltas por el Mellah, de comprobar que nuestro sentido de la orientación seguía de vacaciones y de rendirnos ante las misteriosas marcas del suelo, decidimos poner rumbo a la medina, y lo hicimos atravesando una de sus entradas más espectaculares, Bab Okla.
Este espectacular acceso es una de las siete puertas históricas de la medina y una de las más importantes. Fue construida en el siglo XVI, aunque la estructura que hoy podemos ver fue restaurada y ampliada en el siglo XVIII, durante mucho tiempo fue conocida como la Puerta del Mar, ya que por aquí salía el camino que conducía hasta Martil, el puerto natural de Tetuán, también era la entrada utilizada por los comerciantes que llegaban con sus mercancías para abastecer los zocos de la ciudad.
De hecho, durante la ocupación española de 1860 recibió otro nombre bastante distinto, Puerta de la Reina, en honor a Isabel II, aunque tras la independencia recuperó su denominación tradicional.
Antes de cruzarla nos detuvimos un momento para contemplar las murallas, la medina de Tetuán conserva aproximadamente dos terceras partes de su recinto amurallado, levantado originalmente en el siglo XVI y ampliado durante el XVIII conforme la ciudad fue creciendo, no es casualidad que la UNESCO la declarara Patrimonio de la Humanidad en 1997, pocas medinas conservan un sistema defensivo tan bien preservado y tan auténtico.
Mientras caminábamos nos llamó la atención la cantidad de puertas que perforan la muralla, cada una tenía una función concreta y comunicaba la ciudad con diferentes caminos y barrios, nos pareció curioso descubrir que no eran simples entradas, sino auténticos puntos estratégicos donde antiguamente se controlaba quién entraba, quién salía y las mercancías que accedían a la ciudad.
Las siete puertas históricas son:
- Bab Okla, por la que acabábamos de entrar, la más monumental y una de las más transitadas.
- Bab Tut, conocida también como la Puerta de Tánger, porque era la salida principal hacia esa ciudad y recibía su nombre por las moreras que antiguamente crecían en sus alrededores.
- Bab Nouader, situada junto a uno de los antiguos bastiones defensivos.
- Bab Remuz, una de las puertas menos conocidas, pero también parte del sistema defensivo original.
- Bab Saida, que toma su nombre de un santuario cercano dedicado a Sidi Saida.
- Bab Jiyaf, utilizada durante siglos para los cortejos fúnebres de la comunidad judía.
- Bab Mqabar, cuyo nombre hace referencia a los cementerios situados en las inmediaciones.
Lo curioso es que, mientras nosotros echábamos fotos, cientos de personas atravesaban Bab Okla como quien cruza la puerta del supermercado, comerciantes cargando carros, vecinos haciendo la compra, niños corriendo… La puerta sigue cumpliendo, quinientos años después, prácticamente la misma función para la que fue construida, conectar la ciudad con la vida que hay al otro lado de sus murallas.
Perderse por los zocos de la medina
Una vez cruzamos Bab Okla nos dimos cuenta de que lo mejor que podíamos hacer era dejar de intentar orientarnos, la medina de Tetuán no está hecha para seguir un itinerario definido, sino para perderse y cuanto antes aceptas esa realidad, antes empiezas a disfrutarla así que guardamos el móvil, dejamos de pelear con el Google Maps y nos dedicamos simplemente a caminar. A partir de ese momento cada esquina era una sorpresa, un artesano golpeando una lámina de cobre, una señora saliendo de la panadería con una montaña de pan recién hecho, un niño corriendo por un callejón imposible, un gato echando la siesta en una bonita puerta de azulejos o un vendedor invitándote a entrar en su tienda con una sonrisa, la sensación era la de habernos colado en una ciudad que sigue funcionando exactamente igual que hace siglos.
Mientras paseábamos fuimos atravesando los diferentes zocos, cada uno especializado en un oficio, tal y como ocurría hace cientos de años. En una calle predominaban las especias y las hierbas aromáticas, en la siguiente aparecían las telas de todos los colores imaginables, un poco más adelante llegaban las babuchas de cuero, los bolsos, las pieles, las lámparas de latón y la cerámica pintada a mano, después descubrimos una zona donde varios carpinteros trabajaban la madera prácticamente de cara al público y otra donde los herreros seguían moldeando el metal a golpe de martillo, era como visitar un enorme taller artesanal al aire libre aunque también había sitio para la comida: carnicerías, tiendas mata pollos, verdulerías y los recuerdos: tazas, pines, imanes…aunque nos sorprendió que este tipo de tiendas no son muy abundantes en este sitio.
Si hay algo que no deberías perderte son precisamente esos pequeños talleres familiares, muchas veces pasas de largo porque parecen una tienda cualquiera, pero basta con asomarte para descubrir que el artesano está fabricando el producto delante de ti, utilizando técnicas transmitidas de generación en generación, en un mundo donde casi todo sale de una fábrica, ver cómo alguien crea una pieza con sus propias manos tiene algo de magia.
Uno de los rincones que más nos gustó fue la Mezquita de la Kasbah, situada en la parte más alta de la medina. Construida en el siglo XVIII durante el reinado del sultán Muley Ismail, es uno de los templos más importantes de la ciudad, como ocurre con la mayoría de mezquitas de Marruecos, su interior solo puede visitarse si eres musulmán, así que nos tuvimos que conformar con admirarla desde fuera.
Justo delante de la misma se encuentra una de las fuentes más bonitas, decorada con mosaicos de azulejos y rematada con un pequeño tejadillo de tejas verdes, durante siglos abasteció de agua a los vecinos del barrio y hoy sigue siendo uno de esos rincones con muchísimo encanto.
Otro rincón imprescindible son las pequeñas plazas escondidas que van apareciendo casi por sorpresa, algunas apenas tienen unos bancos y una fuente, otras están rodeadas de cafeterías donde los vecinos se sientan tranquilamente a tomar un té con menta mientras observan pasar la vida, son lugares perfectos para hacer una pausa, descansar un poco y contemplar el espectáculo cotidiano que ofrece la medina.
Una de las curiosidades que más nos llamó la atención es que la medina de Tetuán fue reconstruida a finales del siglo XV por musulmanes y judíos que huyeron de Al Ándalus tras la Reconquista, muchos de ellos procedían de ciudades como Granada, Sevilla o Córdoba, y trajeron consigo sus conocimientos, sus tradiciones y hasta su forma de construir, por eso, al pasear por algunas calles, hay detalles que recuerdan sorprendentemente a los antiguos barrios andalusíes, no es casualidad, buena parte de la identidad de Tetuán nació gracias a aquellos exiliados.
La decadente curtiduría de Tetuán
Seguimos perdiéndonos por las callejuelas de la medina hasta que, casi por casualidad, llegamos a uno de los lugares que teníamos subrayados en el mapa como imprescindibles, la Curtiduría de Tetuán.
La verdad es que veníamos con las expectativas bastante altas, después de haber visitado la famosa curtiduría de Fez, donde los tintes de colores forman una imagen casi de postal, pensábamos que aquí nos esperaba algo parecido, pues vaya chasco nos llevamos.
La curtiduría tiene dos accesos y, como suele pasar en estos sitios, nada más asomar la cabeza ya nos había «fichado» un guía. Nosotros ya nos veíamos venir el típico paseo exprés para vendernos algo al final pero nos equivocamos completamente, el hombre era majísimo, se notaba que disfrutaba contando la historia del lugar y lo único que buscaba era que le hiciéramos una foto y que le diéramos una «propinilla», así que decidimos seguirle y, la verdad, fue todo un acierto, pasamos un buen rato y nos reímos mucho con sus ocurrencias.
Lo primero que hizo fue llevarnos a una pequeña caseta donde colgaban decenas de pieles ya procesadas. Y aquí toca hacer una advertencia importante, el olor… madre mía, el olor, si pensábamos que la curtiduría de Fez era intensa, aquello jugaba en otra liga, había un aroma que parecía una mezcla entre cuero húmedo, productos químicos y algo que preferimos no identificar, digamos que el olfato hizo horas extra durante unos minutos, la caseta estaba más bien destartalada, con un par de personajes ataviados con camisetas de equipos de fútbol españoles echándose la siesta.
Más tarde nos condujo hasta una especie de pasarela elevada desde donde se obtenía la mejor panorámica de toda la curtiduría, desde allí se podían observar las antiguas balsas donde durante siglos se curtieron las pieles siguiendo métodos tradicionales que apenas habían cambiado desde la Edad Media y al otro lado, el paisaje cambiaba completamente y aparecía el enorme cementerio musulmán de Tetuán, un mar de lápidas blancas que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, el contraste entre ambos escenarios nos pareció de lo más curioso y eso que los cementerios no son de mis lugares preferidos.
La curtiduría de Tetuán tiene una larga historia ligada al desarrollo de la ciudad, desde hace siglos fue uno de los principales centros artesanales de la medina, donde se trataban pieles de cabra, oveja y vaca que después se transformaban en babuchas, bolsos, cinturones y todo tipo de artículos de cuero, era un oficio duro, muy duro, pero también uno de los motores económicos de Tetuán durante generaciones.
Lo que nos sorprendió fue comprobar el estado en el que se encuentra actualmente, aunque todavía sigue habiendo algunas personas trabajando, da la sensación de que la actividad ha ido decayendo con el paso de los años, muchas de las balsas están prácticamente abandonadas y, siendo sinceros, en algunas zonas parecía más un vertedero improvisado que una curtiduría histórica, había montones de basura acumulada, plásticos, restos de materiales y un aspecto bastante descuidado que contrastaba con la importancia histórica del lugar y, por si fuera poco, las auténticas dueñas del recinto parecían ser las ratas, campaban a sus anchas entre los desperdicios sin el menor pudor, no es precisamente la imagen que uno espera encontrar en uno de los rincones más emblemáticos de la medina.
Aun así, la visita nos resultó muy interesante gracias a las explicaciones del guía, que nos fue enseñando cada fase del proceso de curtido y nos ayudó a imaginar cómo debió de ser aquel lugar en su época de mayor esplendor, es una de esas visitas que probablemente no destacarás por su belleza, pero sí porque te permite conocer una parte importante de la historia y de los oficios tradicionales de Tetuán.
Subir hasta la kasbah por el laberinto de callejuelas
Tras visitar la curtiduría seguimos caminando y de repente vimos un arco que daba paso a unas escaleras pintadas de azul, con varios grafitis decorando las paredes, eran de esas escaleras tan «instagrameables» que parece que te están diciendo: «Venga, sube a ver qué hay arriba». Y claro… nosotros no necesitábamos mucho más, como estos sitios nos flipan, allá que nos fuimos a investigar.
Sin saberlo, habíamos empezado a subir hacia el barrio de la Kasbah, la parte más alta y antigua de Tetuán. Las calles se iban estrechando todavía más y cada pocos metros aparecía una nueva escalera, algunas eran tan empinadas que casi parecían una prueba de resistencia más que una calle. El barrio tenía un ambiente completamente distinto al del resto de la medina, apenas nos cruzábamos con nadie, algún vecino sentado en la puerta de casa, un gato vigilando desde un tejado y poco más, era un lugar mucho más tranquilo, casi silencioso, aunque también bastante más descuidado.
No os vamos a engañar, había bastante basura acumulada en algunos rincones y eso rompía un poco el encanto del lugar, aun así, tenía algo especial, quizá era esa sensación de estar caminando por un barrio donde el turismo todavía pasa bastante desapercibido o el hecho de que parecía que cada escalera escondía otra más.
La Kasbah es el origen de Tetuán, fue levantada a finales del siglo XV por el caudillo andalusí Sidi Ali al-Mandri, quien reconstruyó la ciudad tras su destrucción y la convirtió en refugio para miles de musulmanes y judíos expulsados de la Península Ibérica, desde esta posición elevada se controlaban tanto la medina como los caminos que llegaban desde la costa, por lo que la fortaleza desempeñó un importante papel defensivo durante siglos.
Aunque gran parte de las estructuras militares originales han desaparecido o han sido transformadas, el barrio conserva ese aire de antigua ciudad fortificada, pasear por sus callejuelas es casi como retroceder varios siglos, no cuesta imaginar a los soldados vigilando desde las murallas o a los comerciantes entrando y saliendo por las puertas de la fortaleza.
Uno de los lugares más interesantes de este sitio es precisamente la Mezquita de la Kasbah, que ya habíamos visto durante nuestro paseo por la medina aunque también merece la pena acercarse a los restos de las antiguas murallas y a algunos miradores improvisados desde donde se obtienen bonitas vistas sobre los tejados blancos de Tetuán, el cementerio musulmán e incluso las montañas del Rif cuando el día está despejado.
Nuestro plan era llegar hasta la parte más alta del barrio para seguir explorando con calma… pero el cielo tenía otros planes, empezó a llover, primero unas gotitas, luego unas cuantas más, y, en cuestión de minutos, las escaleras por las que acabábamos de subir se transformaron en auténticas cascadas improvisadas, el agua bajaba con tanta fuerza que por un momento dudamos si seguir caminando o sacar una barquita así que hicimos lo más sensato, dar media vuelta.
El descenso fue bastante más entretenido de lo previsto, tocaba ir esquivando pequeños ríos, intentando no resbalar y buscando los escalones que todavía no se habían convertido en piscina municipal. Entre risas y algún que otro salto para esquivar los charcos, conseguimos regresar sanos y salvos a las calles principales de la medina, eso sí, parecía que acabábamos de salir de la ducha.
Ver la kasbah desde le Parque Feddan
Como llevábamos toda la mañana perdiéndonos por la medina, esquivando callejones sin salida, huyendo de la lluvia y subiendo más escaleras de las que pensábamos que existían en una sola ciudad, decidimos poner el broche final a nuestra visita a Tetuán en un lugar mucho más tranquilo, Feddan Park.
Desde este parque se obtiene una de las mejores panorámicas de la Kasbah, y es justo ahí donde te das cuenta de por qué se construyó en ese lugar, elevada sobre la medina, dominando todo el entorno y vigilando los accesos a la ciudad, la antigua fortaleza deja claro que la ubicación no fue fruto de la casualidad.
Feddan Park es un espacio relativamente moderno, inaugurado como parte de un proyecto de rehabilitación del entorno histórico de Tetuán, durante muchos años esta zona estuvo bastante degradada, pero hoy se ha convertido en un agradable paseo con jardines, bancos, fuentes y amplios miradores que invitan a hacer una pausa después del caos organizado de la medina.
Si os soy sincera, nosotros utilizamos este lugar como refugio anti lluvia improvisado, estaba cayendo la del pulpo y justo en el centro de la plaza principal hay una especie de minarete techado así que allá que nos quedamos con unos cuantos guiris más esperando a que escampara un poco la tormenta, por suerte no tardó mucho, jejeje.
Lo mejor del parque son, sin duda, las vistas, desde aquí se contempla una de las imágenes más bonitas de Tetuán: las murallas de la Kasbah sobre un mar de casas blancas que parecen trepar por la colina, si además el día está despejado, cosa que no disfrutamos nosotros, al fondo se pueden ver las montañas del Rif.
Cómo llegar desde Tánger a Tetuán
Ir de Tánger a Tetuán es muy sencillo y tienes varias opciones dependiendo de tu presupuesto y del tiempo que quieras invertir, nosotros optamos por el autobús de CTM y, sinceramente, volveríamos a hacerlo sin pensarlo ya que es económico, cómodo, los buses están muy limpios y tienen varias salidas durante el día.
Como nos alojábamos en el casco histórico cogimos un Petit Taxi hasta la estación de CTM que está en la zona de Mghogha, a unos 4 o 5 kilómetros de la medina, el trayecto nos costó unos 30 dirhams, aunque en Marruecos ya sabéis que siempre toca regatear un poquito o un muchito antes de subir porque algunos te piden más que llegar directamente a Tetuán.
Una vez allí compramos los billetes por 35 dirhams por persona y en aproximadamente una hora ya estábamos en Tetuán.
Existen otras opciones para llegar hasta Tetuán desde Tánger aunque ya os adelanto que son bastante más caras, estas son algunas:
Taxi compartido o Grand Taxi
Si prefieres llegar un poco más rápido, puedes coger un Grand Taxi, una opción muy habitual entre los locales. Estos taxis salen cuando completan las plazas y suelen tardar alrededor de una hora en llegar a Tetuán, dependiendo del tráfico o si compartes el vehículo con otros viajeros, el precio suele rondar los 45-60 dirhams por persona. También puedes contratar el taxi completo para ti, aunque entonces el precio puede subir fácilmente hasta los 250-400 dirhams, dependiendo de tu capacidad para negociar, es una de las alternativas más rápidas, pero también una de las más caras si viajas solo y ya os adelanto, la más incómoda, todavía recuerdo nuestra excursión desde Meknes hasta las ruinas romanas de Volubilis en uno de estos y me parto de risa: delante iba el conductor, en el asiento del copiloto dos hombres + una mega estufa, el cinturón de seguridad se utilizaba para aguantar el asiento que estaba destartalado y detrás, Raúl, yo y dos mujeres más así que imaginad el viajecito, jejeje.
Excursión organizada
Si no quieres preocuparte absolutamente de nada, también puedes reservar una excursión organizada desde Tánger que incluya el transporte hasta Tetuán e incluso una visita guiada por la ciudad. Estas excursiones pueden contratarse fácilmente a través de plataformas como Civitatis, GetYourGuide o en muchas agencias locales de Tánger, es una opción muy cómoda, aunque también bastante más cara que ir por libre.
Coche de alquiler
Si estás recorriendo Marruecos en coche, esta probablemente sea la opción más flexible. La distancia entre Tánger y Tetuán es de unos 60 kilómetros, por lo que el trayecto apenas dura unos 50-60 minutos por carretera si no encuentras tráfico, además, disponer de coche te permitirá hacer alguna parada por el camino o continuar después la ruta hacia lugares como Chefchaouen o la costa mediterránea, eso sí, la forma de conducir allí es de auténtica locura: se saltan pasos de cebra, semáforos, adelantan por donde les da la gana y algunos hasta circulan contra dirección, doy fe de eso porque flipé en colores.
Dónde comer en Tetuán
Si estás buscando dónde comer en Tetuán y te apetece darte un homenaje de pescado y marisco, apunta este nombre, La Esquina del Pescado.
Nosotros comimos allí y salimos encantados, es un restaurante moderno que está situado en la Avenida Chakib Arsalan, en el barrio del Ensanche (Ville Nouvelle), una de las zonas más modernas de Tetuán, muy cerca del centro.
Aquí puedes ponerte hasta el culo de pescado y marisco frito: calamares, gambas, pescadito… todo recién hecho, bien cocinado y con unas raciones que invitan a compartir… o no, nosotros sí que lo hicimos porque los platos eran mega enormes, también pedimos una harira, la sopa marroquí y algún que otro entrante.
Los precios son más que razonables para la calidad y la cantidad que sirven, la atención de los camareros es excelente en todo momento y la comida estaba bien rica, de esos sitios a los que entras una vez y ya sabes que volverías sin pensarlo, además, si te preocupa el idioma, aquí lo tienes fácil, hablan español y la carta también está en nuestro idioma así que más fácil imposible.
Y hasta aquí nuestras recomendaciones sobre qué ver y hacer en Tetuán.
Si estás pensando en visitar el norte de Marruecos, de verdad creemos que Tetuán es una excursión perfecta desde Tánger, a nosotros nos sorprendió muchísimo y terminó siendo una de esas ciudades que más nos gustaron por su medina, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, sus calles llenas de vida y ese entorno tan bonito, con las montañas del Rif como telón de fondo.
Con un día tienes tiempo de sobra para recorrer su casco histórico y visitar sus principales rincones pero, si puedes, no es mala idea quedarse una noche a dormir allí, así podrás disfrutar de la ciudad con más calma, perderte por sus calles sin mirar el reloj, sentarte en alguna terraza y descubrir algunos lugares interesantes de los alrededores.
Tetuán nos ha parecido una ciudad preciosa, auténtica y mucho más tranquila que otros destinos del norte de Marruecos. Y una cosa tenemos clara, si volvemos por esta zona del país, repetiremos sin pensarlo porque hay lugares que simplemente apetece volver a vivir… y Tetuán, para nosotros, ya forma parte de esa lista, eso sí, si os soy sincera, Tánger sigue siendo mi favorita, jejejeje.



























































