El año pasado por mi cumple ya nos escapamos a Menorca y este año no iba a ser menos, decidimos seguir con la tradición cumpleañera y conocer otra isla.
Vimos un vuelo a Gran Canaria a buen precio y… allá que nos fuimos porque a veces no hace falta darle muchas vueltas a los planes, simplemente aparece un vuelo barato y de repente tienes la mochila encima de la cama, el bañador en modo «on» y la duda existencial de qué meter en la dichosa bolsa de los líquidos.
Ya habíamos estado en Tenerife y Lanzarote, y hasta ahora Lanzarote era nuestra isla canaria favorita pero después de recorrer Gran Canaria durante 4 días, tengo que decirlo: nos ha conquistado y ha conseguido desbancarla.
Gran Canaria nos ha parecido una auténtica caja de sorpresas: paisajes volcánicos, montañas, barrancos, pueblos preciosos, dunas, cafetales, miradores de infarto y una naturaleza impresionante, tiene unos contrastes flipantes y la sensación de que cada día estás descubriendo una isla completamente diferente, eso sí, hay una cosa que no nos acaba de convencer del todo: sus aguas mega / ultra frías. Que sí, que hay piscinas naturales muy molonas y lugares donde pegarse un buen baño, pero una cosa es bañarte en el Mediterráneo y otra muy distinta enfrentarte al Atlántico. Yo, para qué engañarnos, no tuve narices a meter más que un dedo del pie, jejeje.
Pero dejando de lado mi cobardía acuática, Gran Canaria nos ha parecido preciosa y perfecta para una escapada de varios días. Si os gusta conducir, descubrir rincones, perderse por carreteras de montaña de infarto (nunca mejor dicho) y combinar naturaleza, buena gastronomía, pueblos y costa, apuntadla en la lista.
Itinerario de la Ruta por Gran Canaria en 4 días
Antes de entrar en detalle, os dejamos un resumen de nuestra ruta de 4 días por Gran Canaria para que podáis haceros una idea del recorrido y organizar vuestra escapada.
| Día | Lugares visitados |
|---|---|
| Día 1 | Barranco de las Vacas → Dunas de Maspalomas → Puerto de Mogán → Pueblo de Mogán → Mirador de Veneguera → Los Azulejos → Mirador del Balcón |
| Día 2 | Teror → Arucas → Museo del Plátano → Cenobio de Valerón → Valle de Agaete y sus cafetales → Agaete |
| Día 3 | Roque Nublo → Diferentes miradores del Roque Nublo → Tejeda → Artenara → Acusa Seca → Bañaderos de Arucas |
| Día 4 | Las Palmas de Gran Canaria |
Duración del viaje: 4 días completos.
Tipo de ruta: combinación de pueblos, naturaleza, miradores, costa y paisajes volcánicos.
Kilómetros aproximados: dependerán de dónde tengáis el alojamiento y de las carreteras elegidas, pero prepararos para unos cuantos kilómetros de curvas y paisajes espectaculares.
Día 1: Qué ver en el suroeste de Gran Canaria
Nuestro primer día en Gran Canaria decidimos dedicarlo a conocer algunos de los lugares más emblemáticos del sur y del oeste de la isla. Y ya os adelantamos que fue de esos días en los que miras el móvil al final y piensas: «¿Pero todo esto lo hemos hecho hoy?», acabamos un poco reventados porque además nos habíamos levantado a las 3 de la mañana y hacía muchísimo calor, pillamos una mega ola asfixiante con temperaturas que rondaban los 40 grados.
Barranco de las Vacas
Para empezar nuestra ruta por la isla nos fuimos hasta el municipio de Agüimes para conocer uno de esos rincones de Gran Canaria que parecen de otro planeta, el famoso Barranco de las Vacas. Bueno, siendo sinceros, lo que todo el mundo viene a buscar aquí son las Tobas de Colores, un pequeño tramo del barranco que se ha hecho muy popular por sus paredes curvas y onduladas, y que inevitablemente recuerda un «poquillo» al Antelope Canyon de Arizona, aunque en versión canaria, bastante más pequeña y sin necesidad de cruzar medio planeta para verla.
El acceso se encuentra en la carretera GC-550, entre Agüimes y Temisas, aproximadamente a la altura del kilómetro 14, justo en la zona donde la carretera cruza el barranco mediante un puente. Y aquí viene uno de los principales problemas de esta visita: aparcar, no hay un gran parking preparado para recibir hordas de visitantes, sino varios pequeños espacios y zonas donde se puede estacionar con mucha precaución, básicamente en la carretera porque junto al acceso apenas hay sitio para uno o dos coches aunque algo más abajo, en dirección a Agüimes, existe otra zona donde se puede aparcar y después subir andando por el arcén hasta el comienzo del sendero.
Nosotros dejamos el coche en la parte alta, después de cruzar el puente, en un lado de la carretera donde había tropecientos coches más y desde allí comenzamos a bajar andando por un sendero, las vistas son espectaculares y por el camino vas viendo una gran cantidad de plantas autóctonas de la zona, muy chulas, por cierto.
Si vuestra intención es simplemente conocer la parte más famosa del Barranco de las Vacas, la excursión es bastante sencilla y corta. Desde la carretera hay que localizar el acceso que baja hacia el barranco y seguir el sendero hasta pasar por debajo del puente, una vez abajo, hay que continuar unos metros por el cauce hasta llegar a las famosas Tobas de Colores, el recorrido hasta este punto puede hacerse en muy poco tiempo y, dependiendo de dónde hayáis conseguido aparcar, el paseo completo puede rondar entre media hora y una hora contando paradas y fotos.
El sendero no está señalizado, por lo que es recomendable llevar localizado previamente el acceso y, si utilizáis una aplicación de rutas, descargar el recorrido antes de llegar porque en algunos puntos la cobertura puede ser inexistente, nosotros en aproximadamente un cuarto de hora llegamos a lo que veníamos buscando: las Tobas de Colores, unas formaciones de roca moldeadas por la acción erosiva del agua que han creado un estrecho pasillo de paredes curvas y onduladas, el tramo espectacular es bastante pequeño, de alrededor de 50 metros, así que no esperéis encontrar aquí un cañón kilométrico, es más bien una pequeña joyita geológica concentrada en unos pocos metros, pero precisamente por sus formas y colores resulta tremendamente fotogénica, eso sí, preparaos para esquivar guiris por todas partes, es una zona muy conocida y además la gente no tiene respeto por nada, se subían en rocas, paredes, te metían el palo selfie por las narices, en fin…que no todo es tan idílico como aparece en Instagram.
Hay otras rutas por el barranco, el recorrido hasta las Tobas de Colores es solamente la visita más popular y sencilla, pero el entorno del barranco ofrece posibilidades de senderismo bastante más largas.
Una opción es realizar rutas que parten desde Agüimes y llegan hasta las Tobas de Colores siguiendo diferentes tramos del sendero S-40, que conecta Agüimes, Temisas y Santa Lucía, en estos casos ya no hablamos de bajar del coche, hacer cuatro fotos y volver, sino de una caminata de varios kilómetros que permite disfrutar mucho más del paisaje del barranco y de los alrededores, algunas rutas circulares desde Agüimes superan los 10 kilómetros, aunque incluyen tramos por carretera y otros senderos, por lo que son bastante diferentes de la visita turística habitual a las Tobas.
También existen recorridos de senderismo más exigentes que conectan el Barranco de las Vacas con otros barrancos y zonas del interior de Gran Canaria, llegando incluso a enlazar con el entorno de Guayadeque y Pajonales, estas rutas ya son excursiones de montaña de varias horas para gente nivel pro, con bastante más desnivel y tramos de terreno irregular, por lo que no tienen nada que ver con el pequeño paseo que hace la mayoría de visitantes.
Si vais con poco tiempo, nuestra recomendación sería hacer la ruta corta para guiris, que es la que realmente merece la pena si queréis conocer el lugar más famoso. Si sois aficionados al senderismo y tenéis varias horas o días disponibles en la isla, entonces sí merece la pena plantearse una ruta más larga por los barrancos de la zona y aprovechar para descubrir otros paisajes que quedan completamente fuera del recorrido turístico habitual.
En resumen, el Barranco de las Vacas es una visita corta pero muy curiosa si vais únicamente a las Tobas de Colores, y una zona bastante más interesante si decidís dedicarle tiempo al senderismo. Nosotros como era la primera vez que íbamos pues hicimos lo que todo el mundo, bajar por el camino corto, recorrer el pequeño cañón, echar un montón de fotos y marcharnos por donde habíamos venido, eso sí, como recomendación os diría: llevad gorra, protección solar y unas buenas zapatillas cerradas, no es que vayas a escalar la montaña pero sí que hay tramos con un montón de pedruscos que resbalan un montón.
Dunas de Maspalomas
Desde el barranco nos fuimos directamente a un paisaje que parece sacado de otro continente, las Dunas de Maspalomas. Y sí, después de estar rodeados de volcanes, encontrarte de repente con semejante extensión de arena frente al Atlántico es de esas cosas que te hacen pensar que Gran Canaria tiene un poquito de todo.
Nosotros aparcamos en Playa del Inglés, en un parking donde pagamos 0,26 € el primer minuto y 0,02 € los siguientes, desde allí resulta bastante cómodo acercarse a las dunas y, ya que estás, puedes aprovechar para darte un bañito en la famosísima Playa del Inglés… si tienes el valor suficiente para meterte en ese agua que parece haber sido enfriada expresamente para poner a prueba tu dignidad.
Las Dunas de Maspalomas forman parte de una Reserva Natural Especial de unas 400 hectáreas situada en el extremo sur de Gran Canaria. El espacio protegido no está formado únicamente por dunas, aquí conviven un enorme campo de arena, la playa, un palmeral y la Charca de Maspalomas, una laguna salobre de gran importancia para las aves migratorias, es precisamente esta combinación de desierto, oasis y océano la que hace que el paisaje sea tan especial y delicado.
Lo curioso es que estas dunas no son simplemente «un montón de arena que ha ido acumulando el viento», su formación está relacionada con la dinámica litoral de esta zona, donde la arena es transportada y acumulada por la acción del mar y del viento, con el paso del tiempo se ha creado este enorme sistema de dunas móviles, que continúa cambiando de forma y posición, por eso, si volvéis dentro de unos años, algunas de las dunas que veis hoy no estarán exactamente en el mismo sitio.
¿Desde dónde se ven mejor las Dunas de Maspalomas?
Uno de los mejores puntos para contemplar las dunas está junto al Hotel Riu Palace Maspalomas, allí se encuentra el conocido Mirador de las Dunas, junto al centro de visitantes de la reserva, es probablemente el punto panorámico más emblemático y, además, desde aquí comienza uno de los recorridos señalizados que permite adentrarse en el paisaje dunar sin cargárselo por el camino.
Además del Mirador de las Dunas del Riu Palace, podéis disfrutar de buenas vistas desde distintos puntos del Paseo Costa Canaria, en Playa del Inglés. Este paseo discurre junto al borde de la reserva y cuenta con diferentes perspectivas elevadas hacia el campo de dunas, especialmente en el entorno del mirador que conecta con la zona del Riu.
Y si tenéis tiempo, no os limitéis a mirarlas desde arriba. Caminar por las zonas y senderos autorizados es la mejor manera de apreciar cómo cambia el paisaje, porque desde dentro las dimensiones de las dunas impresionan todavía más, hay rutas señalizadas que atraviesan diferentes tipos de dunas y permiten llegar hacia la zona de la playa, nosotros hicimos algunos recorridos pero por poco y llegamos deshidratados así que mejor que tengáis a mano unos buenos litros de agua, sombrero y zapatillas cerradas.
Eso sí, aquí hay una cosa MUY importante: no podemos meternos por donde nos dé la gana, las Dunas de Maspalomas son un espacio natural protegido y existen zonas delimitadas y senderos habilitados precisamente para proteger la vegetación, la fauna y la propia dinámica de las dunas, salirse de las zonas permitidas puede provocar daños en un ecosistema mucho más delicado de lo que parece y, además, puede conllevar que os llevéis un recuerdo no deseado, una buena multa.
Así que nada de subirte a cualquier duna para conseguir «la foto definitiva», pisotear plantas porque «total, es solo una», mover piedras, dejar basura o alimentar animales, el paisaje parece un desierto deshabitado, pero aquí hay bastante vida escondida. Y créenos: la foto queda mucho mejor cuando no aparece de fondo una multa por hacer el cabra.
Por último, si podéis elegir la hora de la visita, el amanecer y el atardecer son probablemente los momentos más espectaculares, eso sí, al mediodía la arena puede alcanzar temperaturas bastante altas, así que en verano conviene tenerlo muy en cuenta antes de lanzarse a cruzar el desierto en chanclas, lo digo por propia experiencia, la arena se colaba en la planta del pie y parecía que la había metido en aceite hirviendo.
Puerto de Mogán
Después de tanta caminata, tocaba lo verdaderamente importante: ¡comer! así que nos fuimos a nuestra siguiente parada en la ruta, Puerto de Mogán, uno de esos lugares que entiendes perfectamente por qué tiene fama cuando llegas allí.
Lo primero que hicimos fue buscar un sitio para comer porque teníamos mucha hambre así que nos pedimos una mega parrillada de pescado y marisco en el Restaurante Porto Alegre, salimos encantados y rodando de allí. Un sitio con precios bastante apañados, comida muy rica, camareros súper amables y, además, justo enfrente de la Playa de Mogán y como no, tuvimos nuestra primera toma de contacto, después de mucho tiempo, con las famosas Papas arrugadas, una delicatesen canaria a la que nos hemos hecho fans.
Con el buche lleno nos dedicamos a pasear sin ninguna prisa por las calles del puerto, llenas de flores, casitas blancas, puentes y pequeños canales. Compramos algún que otro recuerdo, porque aparentemente viajar no cuenta si no vuelves con varios cacharros que probablemente no necesitabas, y terminamos tomando algo tranquilamente en Sía Heladería, todo muy relajado, «vacaciones mood».
Puerto de Mogán fue originalmente un pequeño barrio marinero ligado a la pesca, los pescadores utilizaban la playa para varar sus embarcaciones y vender parte de sus capturas, y a comienzos del siglo XX llegó incluso a existir una fábrica de salazón, con el tiempo, el antiguo núcleo pesquero se transformó en el puerto turístico que conocemos hoy, manteniendo ese aire marinero que lo hace tan especial.
Y sí, tiene esos famosos canales que le han valido el sobrenombre de «la Venecia de Canarias», salvando las distancias con Italia, claro.
Por cierto, los viernes hay mercadillo en Puerto de Mogán, de 8:00 a 14:00, con artesanía, souvenirs, fruta, ropa y todo tipo de cosas, nosotros fuimos un sábado y no lo pillamos… y casi que lo agradecimos, porque pudimos aparcar gratis en la explanada donde se monta el tinglado, eso sí, tiene que estar chulo, ya sabéis que soy mega fan de estos sitios, jejeje.
Mogán pueblo
Cogimos el coche y pusimos rumbo a Mogán pueblo, adentrándonos poco a poco en el interior de Gran Canaria y dejando atrás la imagen más turística y costera que suele asociarse al municipio. El valle de Mogán tiene una historia estrechamente ligada a la agricultura y a una forma de vida tradicional marcada durante siglos por el aislamiento, la escasez de agua y la dificultad de las comunicaciones.
Antes de llegar al casco de Mogán hicimos una parada en el Molino Quemado, situado a unos 500 metros del núcleo del pueblo, junto a la carretera y en el barrio que precisamente recibe el nombre de Molino de Viento. Es uno de esos lugares que, visto desde fuera, puede parecer simplemente una antigua construcción de piedra, pero que en realidad guarda una parte importante de la historia agrícola de la comarca. El molino fue construido durante el siglo XIX, aunque no se conoce con exactitud el año de su construcción, y funcionaba como molino harinero, su principal función era aprovechar la fuerza del viento para moler cereales, especialmente millo, y obtener harina y gofio, uno de los alimentos fundamentales en la dieta tradicional canaria.
Y aquí aparece la parte más curiosa de su historia: ¿por qué se llama Molino Quemado? El nombre no es una ocurrencia moderna ni una referencia a su aspecto sino que procede de un incendio que sufrió a finales del siglo XIX, el edificio llegó a quemarse por completo, aunque no se conoce con absoluta certeza cómo ocurrió, las malas lenguas cuentan que el incendio fue provocado por un pastor procedente de La Aldea como acto de venganza contra el poder municipal, sea cual sea la verdadera causa, después de aquel incendio empezó a conocerse como Molino Quemado, nombre que ha llegado hasta nuestros días.
Hoy este lugar ya no funciona como molino harinero, pero su valor es precisamente el de conservar la memoria de aquella época, tras su restauración se convirtió en uno de los símbolos del patrimonio etnográfico de Mogán y en una imagen muy reconocible del municipio, además, en 2008 fue declarado Bien de Interés Cultural.
Ya en Mogán pueblo, nos encontramos con un lugar bastante diferente a los grandes núcleos turísticos de la costa, el casco conserva ese ambiente de pueblo del interior, mucho más tranquilo, rodeado por las montañas y el paisaje del valle. Aunque no es un lugar con una interminable lista de monumentos, sí merece la pena recorrerlo tranquilamente y fijarse en esos pequeños detalles que ayudan a conocer la cultura local.
Uno de ellos lo encontramos junto al aparcamiento donde dejamos el coche, allí hay una zona infantil decorada con murales de azulejos que representan diferentes trajes tradicionales canarios, son de esos detalles que quizá no aparecen siempre en las listas de lugares imprescindibles, pero que hacen que un paseo por un pueblo tenga mucho más encanto. Los murales funcionan como un pequeño homenaje a la indumentaria tradicional y a la cultura popular de las islas, además, en la zona también encontramos un gorro y diferentes objetos representados a tamaño gigante, algo que nos llamó especialmente la atención.
Continuamos el paseo hasta la Iglesia de San Antonio de Padua, situada en la Plaza de Sarmiento y Coto y considerada uno de los edificios con mayor valor histórico del casco de Mogán. El templo comenzó a construirse a comienzos del siglo XIX y quedó terminado en 1814.
Tuvimos mala suerte porque encontramos la iglesia cerrada, una pena, ya que su interior guarda algunos elementos interesantes, conserva un artesonado de madera labrada, además de imágenes de San Antonio de Padua y de la Inmaculada Concepción, elementos que reflejan la tradición religiosa y artística de la localidad.
Nos dedicamos a hacer lo que más nos gusta en los viajes, callejear por los pueblos, así descubrimos algunas murales chulos, estatuas de vecinos ilustres…nos llamó la atención que se premie a la gente del pueblo con una escultura y su nombre, debe molar tener tu propia imagen a tamaño real con un cartelito con tu nombre y a lo que te dedicas o dedicabas, la verdad que nos gustó bastante aunque eso sí, ya podéis preparar las piernas, todo son cuestas, jejeje.
Mirador de Veneguera
Seguimos la carretera hacia la costa oeste y llegamos al Mirador de Veneguera, situado en la espectacular carretera GC-200.
Desde este mirador se pueden contemplar los barrancos de Mogán y Veneguera, las montañas de colores de Los Azulejos y, dependiendo de las condiciones, el océano Atlántico como telón de fondo, nosotros tuvimos un pequeño enemigo, la calima, aun así, las vistas eran espectaculares y se podía apreciar perfectamente la inmensidad del paisaje.
Si os soy sincera, no estuvimos mucho tiempo allí porque hacía muchísimo calor, vimos una especie de sendero que descendía y en otra situación seguramente lo hubiéramos seguido pero preferimos meternos en el coche con el fresquito del aire acondicionado.
Los Azulejos de Veneguera
Como estábamos cerca de Los Azulejos de Veneguera, allá que nos fuimos.
Paramos junto a una especie de bar que encontramos cerrado y desde allí comenzamos el sendero hacia Los Azulejos. Estas montañas son una auténtica paleta de colores naturales: verdes, amarillos, ocres, rojizos… El origen está en antiguos procesos volcánicos e hidrotermales que alteraron la composición de las rocas y dieron lugar a esta curiosísima combinación de tonalidades, no vayáis a pensar que encontraréis una especie de mural alicatado o algo así, recibe este nombre por el parecido de la montaña con los tradicionales azulejos de cerámica.
Aunque nosotros solo nos «asomamos» al inicio del sendero, hay diferentes rutas y recorridos, uno de los itinerarios circulares señalizados por la zona ronda los 12 km, aunque existen rutas más cortas que permiten acercarse a las formaciones sin hacer el recorrido completo.
Nosotros hicimos un tramo para acercarnos a la zona de Los Azulejos y aquí tenemos que confesar algo, era todo cuesta arriba y hacía un calor que, por poco, nos desintegramos así que llegamos, vimos el paisaje, echamos unas cuantas fotos y, después de recuperar el alma, continuamos nuestra ruta.
Mirador del Balcón
Recorrimos el espectacular valle y seguimos por la carretera hacia el oeste hasta llegar al Mirador del Balcón, ya en el municipio de La Aldea de San Nicolás, nos llamó mucho la atención porque en esta parte empezamos a ver un montón de plantaciones de plátanos, las reconocimos porque estaban tapadas con lonas.
El mirador está literalmente colgado sobre la costa y ofrece unas vistas brutales de los acantilados y macizos volcánicos de la costa occidental de Gran Canaria que se conocen popularmente como «La cola del dragón», con el Atlántico extendiéndose hasta donde alcanza la vista, algunas de estas paredes alcanzan alrededor de 1.000 metros sobre el nivel del mar.
Además, el propio mirador tiene ese famoso balcón acristalado que hace que asomarse tenga un puntito de «¿seguro que esto aguanta?», yo no estuve mucho tiempo por si las moscas, jejeje.
Y aquí, con el océano delante, los acantilados debajo, la calima flotando en el ambiente y el sol empezando a bajar, decidimos dar por terminado nuestro primer día de ruta por Gran Canaria.
Día 2: Qué ver en el noroeste de Gran Canaria
Cuadramos nuestra visita a Gran Canaria para que nuestra parada en Teror coincidiera con domingo, principalmente por una razón, queríamos conocer su famoso mercadillo dominical. Y ya que nos poníamos, decidimos aprovechar el día para recorrer parte del norte y noroeste de la isla, combinando pueblos con historia, arquitectura, mercados, productos típicos y alguna que otra experiencia gastronómica.
Teror y su famoso bocata de chorizo
Nuestra primera parada fue Teror, una de las localidades con más personalidad de Gran Canaria y uno de esos pueblos que merece la pena recorrer sin demasiada prisa, su historia está estrechamente vinculada a la aparición de la Virgen del Pino, cuya devoción convirtió a este lugar en uno de los principales centros religiosos de la isla, la parroquia se creó en 1514 y, desde entonces, la localidad fue adquiriendo una enorme importancia como lugar de peregrinación.
Tengo que decir que llegar hasta allí desde nuestro hotel fue una auténtica aventura, decidimos atravesar las montañas pensando que los paisajes serían espectaculares y sí, eran flipantes pero la carretera era terrorífica, de un solo carril, no cabía casi ni el coche, además, las plantas de los alrededores en algunos puntos invadían el único carril transitable y como no, había mogollón de curvas, tuvimos suerte que no nos cruzamos con ningún coche porque sino no pasamos, cosa que me parece normal, no creo que la gente de allí que se conoce la zona atraviese esa «pista canaria», jejeje.
Uno de los primeros lugares que visitamos en Teror fue la famosa Calle Real de la Plaza, también conocida por sus casas tradicionales y sus balcones canarios, es una de las calles más bonitas del casco histórico y recorrerla es casi obligatorio, está llena de fachadas de colores, balcones de madera y pequeñas tiendas donde puedes encontrar desde productos gastronómicos hasta recuerdos y artesanía y como no podía ser de otra manera, nosotros también picamos y además nos trajimos un décimo para la lotería de Navidad, a ver si hay suerte y nos hacemos ricos.
La calle desemboca en la Basílica de Nuestra Señora del Pino, el gran símbolo de Teror y uno de los edificios religiosos más importantes de Gran Canaria, la entrada es gratuita y merece mucho la pena aunque sea simplemente para echar un vistazo al interior, nosotros no paramos mucho dentro porque estaban haciendo misa y no era plan de ponerse a echar fotos con el cura allá arriba predicando.
El templo actual comenzó a levantarse en el siglo XVIII para sustituir a la antigua iglesia, que se había quedado pequeña para acoger a todos los peregrinos que llegaban atraídos por la devoción a la Virgen del Pino, en su interior se pueden contemplar diferentes obras religiosas, además de la imagen de la Virgen del Pino, patrona de Canarias, también destacan varias piezas relacionadas con la tradición artística canaria y obras de autores como Luján Pérez.
Después de la visita tocaba precisamente lo que habíamos venido a buscar, el mercadillo dominical de Teror. Cada domingo, aproximadamente entre las 08:00 y las 14:00, las calles y alrededores de la basílica se llenan de puestos, hay artesanía, productos típicos, dulces, ropa, flores, objetos religiosos, alimentación y todo tipo de pequeños souvenirs pero lo que realmente nos interesaba era el famoso bocata de chorizo de Teror con queso, una auténtica delicatesen de la tierra, lo compramos en uno de los puestos del mercado a una chica majísima que, además, nos cobró solamente 4 euros, solo puedo decir que estaba muy rico, el chorizo era como una especie de crema y la mezcla con el queso estaba flipante, estuvimos a punto de comprar otro para cuando volviéramos a tener hambre pero no era plan de cargar con el bocadillo todo el día y sin nevera, jejejeje.
Tras nuestro momento gastronómico continuamos nuestro paseo hasta el Palacio Episcopal, situado justo detrás de la basílica.
El edificio tiene bastante historia, su parte más antigua se construyó entre 1760 y 1767, aprovechando materiales sobrantes de la construcción de la iglesia, posteriormente, en 1867, se añadió el ala derecha, quedando la puerta principal situada entre ambas partes, el edificio presenta una mezcla de elementos barrocos y neoclásicos y cuenta con varios patios y amplios salones aunque nosotros tuvimos mala suerte porque estaba cerrado y no pudimos verlos, eso sí, merece la pena fijarse en la puerta principal, coronada por el escudo episcopal del obispo Lluch y Garriga, responsable de la ampliación del edificio.
Nuestra siguiente parada fue el Monasterio Cisterciense de Teror, también conocido como Monasterio del Císter. La historia del monasterio se remonta al siglo XIX cuando las monjas bernardas habían tenido que abandonar su convento de Las Palmas durante la desamortización así que se instalaron inicialmente en el Palacio Episcopal y después, cuando terminaron las obras en el año 1888, la comunidad se trasladó definitivamente a este lugar.
Cuando llegamos estaba cerrado, pero tampoco nos sorprendió demasiado porque vimos que se trataba de una comunidad de monjas de clausura, eso sí, divisamos que anunciaban la venta de dulces artesanales y aquí surgió nuestro problema, no encontramos la famosa puerta-torno por la que comprar las dichosas galletitas y demás tentaciones conventuales y eso nos dolió especialmente porque tenemos una pequeña tradición cuando viajamos, si vemos un convento que vende dulces, hay que comprar. En Santiago de Compostela, por ejemplo, siempre que podemos nos pasamos por el Convento de Belvís a por nuestra correspondiente dosis de repostería monástica, esta vez nos quedamos mirando la puerta como quien ha llegado cinco minutos tarde al buffet libre.
Continuamos nuestro paseo y aprovechamos para probar una bebida que teníamos ganas de catar, Clipper de fresa, todo un clásico canario y que forma parte de la cultura popular de las islas desde 1956. El sabor de fresa es probablemente el más representativo y todavía hoy sigue siendo una de esas bebidas que los canarios identifican inmediatamente con su tierra, tenemos que decirlo, nos encantó, tiene ese sabor dulce y bastante particular que puede parecer un poco peculiar si nunca lo has probado, pero a nosotros nos conquistó. Vamos, que si hubiéramos encontrado una máquina de Clipper en cada esquina, probablemente habríamos salido de allí haciendo colección de botellas.
Para terminar nuestra visita a Teror nos dirigimos hasta la Fuente Agria, situada junto al Barranco de Teror, y aquí tengo que hacer una confesión, yo iba preparada con mi botella de litro y medio vacía pensando que iba a llenarla con aquella famosa agua milagrosa y llevármela como recuerdo, al llegar había incluso una especie de guardián improvisado que facilitaba vasos a quienes querían probarla.
Pues nada, yo con mi botella preparada la llené, la probé y madre mía, qué cosa más mala! Que sí, que el agua tiene sus propiedades, que tiene una larga historia y que ha sido valorada durante siglos por sus características minerales pero una cosa no quita la otra: está agria de narices, y no es una forma de hablar, el nombre no engaña.
Para mí, aquello sabía como si alguien hubiera exprimido una piedra volcánica dentro de una botella y hubiera decidido que era buena idea bebérsela, eso sí, allí había bastante gente llenando garrafones como si acabaran de descubrir la fuente de la eterna juventud, yo, de momento, sigo prefiriendo el Clipper.
Con Teror ya recorrido y después de haber descubierto que no tengo futuro como catadora de aguas minerales, cogimos de nuevo el coche y pusimos rumbo a nuestra siguiente parada de la ruta.
Arucas
Arucas es otra de las grandes paradas que merece la pena incluir en una ruta por el norte de Gran Canaria. La ciudad tiene una historia vinculada a la agricultura y, especialmente, al cultivo de la caña de azúcar, que tuvo una enorme importancia en el desarrollo económico de la localidad, además, Arucas tiene una particularidad que hace que sea muy fácil orientarse: hay un edificio que prácticamente aparece desde cualquier rincón de la ciudad, hablamos, evidentemente, de la Iglesia de San Juan Bautista.
Popularmente conocida como la “Catedral de Arucas”, aunque técnicamente no es una catedral, es probablemente el edificio más impresionante de la ciudad. Está construida con la característica piedra azul de Arucas, trabajada por los famosos canteros locales, y su aspecto neogótico hace que destaque muchísimo sobre el resto del casco urbano.
La iglesia actual comenzó a construirse a finales del siglo XIX sobre el lugar donde anteriormente existía una pequeña ermita y las obras se prolongaron durante décadas, el resultado es un templo enorme para una ciudad de este tamaño, con torres, grandes ventanales y una fachada que parece sacada de una ciudad europea mucho más grande.
Intentamos entrar pero a la hora que llegamos, la iglesia estaba cerrada así que continuamos con nuestro paseo por la ciudad y nos dedicamos a recorrer el centro de Arucas sin demasiada prisa, pasamos por la Calle León y Castillo, una de las principales arterias del casco histórico, llena de edificios tradicionales, comercios y terrazas y aquí hicimos otra parada fundamental para la supervivencia del viajero, el vermut, jejeje.
Hacía un calor de tres pares de narices, así que encontramos una terraza y decidimos que estudiar el mapa de Arucas podía esperar unos minutos, el patrimonio cultural es importante, sí, pero la hidratación también.
Cuando nos cansamos de estar sentados bajo la sombrilla de una terracita, nos acercamos hasta el Ayuntamiento de Arucas y justo enfrente encontramos otro de los clásicos modernos de cualquier visita, las famosas letras de ARUCAS, un lugar imprescindible en la lista de Raúl, no sé que le ha dado con las letritas pero se tenemos que ir buscándolas por todas las ciudades o pueblos que recorremos, no perdona irse sin su foto, jejeje.
Seguimos caminando y llegamos al Parque Municipal de Arucas. Después de andar bajo el sol, entrar allí fue como cambiar de planeta, un auténtico oasis en medio de la ciudad, árboles, plantas, zonas ajardinadas y sombra por todas partes, tengo la sensación de que dentro del parque había fácilmente cuatro grados menos, y si no los había, nos daba exactamente igual porque allí se estaba de lujo a la sombra de los árboles.
El parque reúne una interesante variedad de especies vegetales y es uno de los espacios verdes más agradables de Arucas y justo en uno de los laterales nos encontramos con otro edificio que nos llamó la atención, la Heredad de Aguas de Firgas y Arucas.
La construcción del edificio actual comenzó en 1909 y terminó en 1912. Fue levantado para albergar a la asociación de propietarios de regantes, una institución relacionada directamente con la gestión y distribución del agua, algo fundamental en una isla donde este recurso siempre ha tenido un valor enorme.
Y llegamos al último punto que teníamos previsto para Arucas, la Destilería Arehucas, pero claro, era domingo y estaba cerrada.
Después de haber pasado por delante y ver que no podíamos entrar, nos quedamos con las ganas de conocer una de las fábricas de ron más famosas de Canarias. Arehucas nació en 1884 y está profundamente vinculada a la tradición azucarera de la ciudad y a la elaboración de ron en Gran Canaria, su bodega conserva alrededor de 5.000 barricas de roble americano, convirtiéndose en uno de los grandes atractivos de la visita.
La visita guiada permite conocer el origen de la marca, recorrer la bodega, descubrir el proceso de elaboración del ron, pasar por el molino, las salas de fermentación y destilación y conocer también la planta de embotellado y, evidentemente, el recorrido termina con una degustación de rones y licores, porque después de escuchar durante 45 minutos cómo se fabrica el ron sería bastante cruel mandarte a casa sin probarlo.
La visita dura aproximadamente 45 minutos y actualmente el precio ronda los 10 € por persona, aunque conviene comprobar las condiciones y horarios antes de ir en su página web, especialmente si, como nosotros, tenéis pensado visitarla en domingo.
Museo del Plátano de Arucas
El Museo del Plátano de Arucas era uno de mis imprescindibles de Gran Canaria desde que leí que, además de conocer de cerca el mundo del plátano, durante la visita había degustación de bizcocho, plátanos, mermeladas y un montón de productos elaborados con esta fruta y claro, si hay una cosa que me gusta, allá que voy.
Aprovechamos que habíamos pasado el día visitando Arucas para acercarnos hasta el museo, la visita se realiza en una antigua hacienda vinculada al cultivo del plátano, Hacienda la Rekompensa y, nada más llegar, ya te das cuenta de que aquí el protagonista absoluto es el que probablemente sea uno de los productos más reconocibles de Canarias.
Durante el recorrido nos fueron explicando la historia del lugar y, sobre todo, cómo es todo el proceso que hay detrás de un plátano desde que empieza a crecer hasta que finalmente llega a nuestra mesa.
Y aquí empezaron algunas de las curiosidades que más me llamaron la atención, por ejemplo, descubrimos que de cada platanero solamente se obtiene un ramillete de plátanos, puede parecer algo muy sencillo, pero cuando te explican todo el trabajo y los cuidados que necesita la planta, empiezas a mirar ese plátano del desayuno con otros ojos, como con más cariño.
También nos explicaron cómo se cultiva, los diferentes cuidados que necesita la planta durante su crecimiento y algunas de las variedades que se plantan por allí, fue interesante descubrir que detrás de una fruta que tenemos tan asociada a Canarias existe todo un proceso bastante más complejo de lo que uno podría imaginar.
Reconozco que había una parte de la visita que esperaba con especial interés, la degustación y no me decepcionó, al finalizar el recorrido nos prepararon una pequeña cata en la que pudimos probar diferentes productos relacionados con el plátano, había licor, vino, vino espumoso de plátano y diferentes mermeladas, además de otros productos para acompañar, también nos pusieron mojo picón.
Aquí tengo que hacer una pequeña puntualización, el mojo picón no tiene demasiado que ver con el plátano porque, curiosamente, no lleva esta fruta entre sus ingredientes pero oye, estaba rico, y además fuimos a la visita a eso de mediodía, así que a esas alturas nuestras tripas ya empezaban a emitir señales bastante claras de que necesitábamos comer, digamos que la degustación llegó en el momento perfecto.
La experiencia nos permitió conocer una parte bastante curiosa de la cultura agrícola de Gran Canaria y, de paso, descubrir hasta dónde puede llegar el mundo del plátano porque después de esta visita queda claro que con esta fruta se puede hacer bastante más que pelarla y comérsela.
El tour del Museo del Plátano de Arucas cuesta 15 € por persona e incluye la visita guiada y la degustación de productos, en cuanto a los horarios, conviene consultarlos antes de ir, ya que pueden variar según el día y la temporada.
Si os gusta conocer los productos locales y descubrir cómo se producen más allá de la típica visita turística, creo que es una parada bastante curiosa para añadir a una ruta por Arucas y si además sois de los que no podéis ver un bizcocho de plátano, una mermelada o un licor sin querer probarlo… entonces probablemente esta visita tenga vuestro nombre escrito.
Nosotros salimos de allí sabiendo bastante más sobre plátanos y, sobre todo, con la sensación de que habíamos elegido bien el momento para hacer la visita porque entre tanta historia, cultivo y degustación, lo único que nos faltó fue que alguien nos preparara un bocadillo para completar la experiencia.
Cenobio de Valerón
Después de nuestra visita al Museo del Plátano de Arucas, volvimos a ponernos en marcha. Todavía con el sabor de la degustación en la memoria y el estómago algo más contento que antes, pusimos rumbo al Cenobio de Valerón, uno de los yacimientos arqueológicos más curiosos de Gran Canaria.
El Cenobio se encuentra en el municipio de Santa María de Guía, en el norte de la isla. Está situado en la ladera de la Montaña del Gallego, en un entorno de barrancos y paredes volcánicas que ya hacen que el lugar resulte bastante especial incluso antes de conocer su historia, las vistas durante todo el camino son simplemente espectaculares.
Cuando llegas allí y ves las numerosas cavidades excavadas en la montaña, lo primero que piensas es: ¿y todo esto para qué servía? Pues aquí viene lo interesante, el Cenobio de Valerón es, en realidad, un enorme granero colectivo utilizado por los antiguos habitantes de Gran Canaria hace más de 800 años. Aprovechando las características de la roca volcánica, excavaron más de 350 cavidades, distribuidas en diferentes niveles de una pared prácticamente vertical de la montaña, en ellas almacenaban cereales y otros alimentos, protegidos de las condiciones del exterior.
Y viendo dónde está situado, se entiende perfectamente por qué era un lugar tan estratégico, desde fuera no se aprecia lo que se esconde en la montaña y, una vez dentro, las cavidades quedan resguardadas en esta especie de fortaleza natural.
El gran protagonista del lugar, evidentemente, es el propio granero aborigen, con sus cientos de pequeñas cuevas y huecos excavados en la pared de la montaña pero la visita no consiste únicamente en acercarse a mirar las cavidades, el recinto cuenta con un recorrido en el que encontramos paneles informativos, maquetas y recreaciones que ayudan a entender cómo vivían los antiguos canarios y cuál era la función de este curioso lugar.
La entrada general cuesta 3 € por persona y, como curiosidad, el propio billete permite acceder al recinto durante todo un año, eso sí, preparaos porque hay un buen número de escaleras para llegar hasta el sitio arqueológico, en la entrada el chico se reía de mí porque entre el calor que hacía y cuando vi la enorme escalinata estuve tentada de quedarme allí dándole conversación mientras Raúl subía y luego me enseñaba las fotos, al final subí como una campeona y no me arrepiento eh?, me encantó el sitio.
Los horarios son:
- De octubre a marzo: de martes a domingo, de 10:00 a 17:00 h.
- De abril a septiembre: de martes a domingo, de 10:00 a 18:00 h.
- Lunes: cerrado.
Valle de Agaete y sus cafetales
Tras nuestra visita al Cenobio de Valerón volvimos a coger el coche para poner rumbo a uno de los lugares que más ganas teníamos de conocer de Gran Canaria: el Valle de Agaete.
Dejamos atrás las montañas y el paisaje más seco que habíamos ido encontrando durante la ruta para adentrarnos en un valle verde, fértil y tremendamente bonito. El Valle de Agaete es uno de esos rincones de Gran Canaria que te obligan a bajar la ventanilla y observar porque entre palmeras, plataneras, árboles frutales y montañas escarpadas parece que la isla haya decidido sacar su versión más exuberante, hasta parecía que estábamos en un país tropical de América.
Aquí se cultiva algo que, al menos a nosotros, nos parecía bastante curioso, café. En el Valle de Agaete se encuentra uno de los pocos lugares de Europa donde se cultiva, gracias a las especiales condiciones climáticas de esta zona, la combinación de temperaturas suaves, humedad y el abrigo natural que proporcionan las montañas que crean un pequeño microclima que permite cultivar estas plantas, así que, como somos incapaces de pasar por un sitio curioso sin ir a cotillearlo, decidimos visitar uno de los cafetales de la zona.
Terminamos en Cafetal Platinium, un lugar pequeñito, familiar y bastante alejado de la idea que uno podría hacerse de una gran explotación cafetera, de hecho, una de las cosas que más nos gustó fue precisamente ese carácter cercano y artesanal.
La historia del cultivo del café en Agaete se remonta al siglo XIX, cuando empezó a introducirse este cultivo en la isla junto con otros productos tropicales, con el paso del tiempo, el café quedó ligado a pequeñas explotaciones familiares del valle y se convirtió en uno de esos productos singulares que hacen que Agaete tenga una identidad agrícola muy particular.
Y aquí viene un dato que nos llamó bastante la atención: Cafetal Platinium produce muy poca cantidad de café y prácticamente todo se vende allí mismo, también se puede encontrar en algún supermercado de esos que todos conocemos, con precios que hacen que uno mire la etiqueta dos veces antes de meter el paquete en el carrito, no diremos el nombre, pero seguro que muchos sabéis perfectamente de cuál hablamos, algo así como muy inglés, jejeje.
Precisamente por esa producción limitada, visitar un lugar así tiene mucho más sentido que simplemente comprar un paquete de café, aquí puedes ver todo el proceso y entender por qué este café es considerado un producto tan especial y como no, si te gusta siempre puedes llevarte un paquetito, o dos a casa.
La visita guiada comienza recorriendo la propia plantación, nos llevaron entre las plantas mientras nos explicaban cómo se cultivan, qué necesitan para crecer, cuándo se recogen los frutos y cómo se lleva a cabo todo el proceso hasta conseguir los granos que finalmente terminan convertidos en café.
Y aquí descubrimos que producir café de manera artesanal tiene bastante más trabajo del que imaginábamos, nos hablaron de la recogida, del tratamiento de los frutos, del secado y de las diferentes fases por las que pasa el café antes de llegar a la taza, todo explicado de una manera muy cercana y sin convertirlo en una clase magistral, que también se agradece cuando estás de vacaciones.
Pero si la visita a la plantación estuvo muy bien, la siguiente parte fue, para mí, lo mejor, terminamos el recorrido y nos llevaron a la zona de degustación y aquello fue flipante. Nos prepararon una cata en la que, evidentemente, el protagonista absoluto era el café, pero lo acompañaban con diferentes productos locales: pastitas, queso, mermeladas y otras cosas que hicieron que la mesa empezara a tener un aspecto peligrosamente tentador.
Y entonces llegó el momento de probar el café, nos explicaron que, para poder apreciarlo bien, teníamos que tomarlo sin leche y sin azúcar así que tuve que hacer un pequeño esfuerzo de supervivencia porque tengo que confesar una cosa: a mí no me gusta el café, básicamente siempre pido una mega taza de leche con una gota de café para darle el gustillo a la leche y le pongo veinte kilos de azúcar así que imaginad mi cara.
Ya que habíamos ido hasta allí, nos estaban explicando todo con tanta ilusión y además aquello era una delicatessen, por educación no podía hacer otra cosa que coger la taza y darle un sorbo, lo probé y pensé para mis adentros: madre mía, qué malo está esto, suerte que nos dieron botellas de agua para «limpiar el paladar» antes de la degustación, yo la utilicé para después, jejeje.
Que conste que probablemente el café sea magnífico, de hecho, nos explicaron sus características y todo el proceso que hay detrás, y entiendo perfectamente que para alguien cafetero pueda ser una auténtica maravilla pero yo, que soy del club de los que prefieren que el café esté lo más lejos posible de su taza, no fui capaz de apreciar semejante exquisitez, eso sí, con las pastitas, el queso y las mermeladas me puse hasta arriba, ahí sí que no tuve ningún problema para hacer una cata profesional, una detrás de otra con absoluta dedicación.
Para terminar la visita nos enseñaron cómo tuestan el grano de manera artesanal, fue muy interesante ver cómo se transforma el grano durante el proceso, parece como una palomita de maíz, y entender que el tostado también es una parte fundamental para conseguir las características finales del café.
La visita guiada más la degustación tiene un precio de 15 € por persona, y sinceramente, nos pareció una experiencia muy recomendable, no solo por conocer los cafetales de Agaete, que ya de por sí es algo bastante curioso, sino por poder ver de cerca cómo se cultiva, cómo se recoge y cómo se transforma el café.
Agaete
Después de pasar el día entre plátanos, café y un montón de kilómetros por el norte de Gran Canaria, decidimos terminar la jornada visitando Agaete. Y aquí empezó una de esas pequeñas aventuras que, en el momento, no hacen tanta gracia, pero que después acaban siendo de las que más recuerdas del viaje.
Nada más llegar a Agaete nos encontramos con que el pueblo estaba hasta arriba de gente, resulta que eran las Fiestas de la Virgen de las Nieves, una de las celebraciones más importantes del municipio, y el ambiente era espectacular, había calles llenas de gente, bares improvisados, puestos, escenarios y pequeños tablaos preparándose para la fiesta, todo tenía ese ambiente de pueblo en fiestas que hace que cualquier plan que tuvieras pensado se vaya un poco al garete.
Viendo el percal, nuestro primer objetivo era bastante sencillo, aparcar y ya os adelanto que no fue nada sencillo, dimos unas cuantas vueltas y, cuando ya estábamos desesperados y pensando seriamente en marcharnos, vimos un arco por el que se podía pasar y acabamos llegando a una especie de barranco donde había dos gorrillas.
Nos buscaron un sitio para dejar el coche y, en ese momento, nos pareció que nos habían solucionado la vida, les dimos una propina porque, sinceramente, ya estábamos al borde de tirar la toalla y largarnos pero lo mejor de todo es que después descubrimos que en la zona del puerto hay un montón de aparcamiento, cosas que pasan cuando uno viaja.
Una vez solucionado el tema del coche, nos fuimos hacia el centro del pueblo, Agaete tiene ese encanto de los pueblos canarios de casas blancas, detalles de colores y calles tranquilas que contrastan muchísimo con el bullicio que había aquella tarde por las fiestas.
Nuestra primera parada fue la Iglesia de Nuestra Señora de la Concepción, uno de los edificios religiosos más importantes de Agaete. El templo actual fue construido después de que el antiguo edificio religioso que existía en el lugar sufriera un incendio a finales del siglo XIX, la nueva iglesia, de estilo neoclásico, se levantó entre finales del siglo XIX y comienzos del XX.
Por fuera resulta bastante sencilla, pero merece la pena entrar para ver su interior, donde destacan el altar mayor, diferentes imágenes religiosas y varias obras de arte vinculadas a la tradición religiosa de Agaete.
Fuimos andando hacia el puerto y, poco a poco, el paisaje iba cambiando, dejábamos atrás el centro del pueblo para acercarnos a la costa, Agaete nos pareció una auténtica cucada, las casitas blancas y azules, las calles, el ambiente marinero y el contraste entre las montañas y el océano hacen que sea uno de esos lugares donde apetece simplemente pasear sin demasiada prisa.
Y entonces llegamos a uno de los símbolos más conocidos de Agaete, el Dedo de Dios, bueno… o lo que queda de él.
Esta enorme mole era una espectacular formación rocosa que sobresalía verticalmente del mar junto a la costa de Agaete, durante décadas fue uno de los iconos naturales más fotografiados de Gran Canaria, hasta que en 2005 la tormenta tropical Delta provocó su derrumbe, la parte que se conserva todavía permite hacerse una idea de cómo era aquella enorme aguja de roca que parecía señalar directamente hacia el cielo, el nombre, evidentemente, le viene precisamente de esa forma tan característica.
Después continuamos hacia el muelle, donde había bastante gente aprovechando para darse un baño así que como nos entró envidia nos dirigimos hacia Las Salinas de Agaete, uno de los lugares más populares para bañarse en esta zona.
Las Salinas son tres piscinas naturales de agua de mar formadas aprovechando la propia roca volcánica de la costa y conectadas entre sí mediante túneles, el nombre procede de la antigua actividad relacionada con la obtención de sal que existía en esta zona.
El sitio tiene todo lo necesario para pasar un buen rato junto al mar y, además, cuenta con vestuarios, así que vimos la oportunidad perfecta para ponernos el bañador y allá que fui yo, dispuesta a darme un baño, metí un pie en el agua y automáticamente lo saqué, qué fría estaba!
Después de todo el calor que habíamos pasado durante el día, mi cuerpo había decidido que aquello no era una piscina, sino un congelador así que hice lo más sensato, me senté tranquilamente en un rincón y observé cómo los demás se bañaban mientras yo esperaba recuperar la sensibilidad del pie y entonces descubrimos que había una razón bastante buena para quedarse allí aunque uno no quisiera bañarse, el atardecer.
El sol empezó a bajar y el cielo comenzó a cambiar de color, desde Las Salinas se puede disfrutar de un atardecer espectacular sobre el océano, con las piscinas naturales en primer plano y el horizonte completamente despejado, nos quedamos allí disfrutando del paisaje mientras el sol iba desapareciendo poco a poco.
Estuvimos un buen rato allí y luego volvimos hacia el puerto para cenar, terminamos sentándonos en el Restaurante Ragú, todo un acierto.
Pedimos unas papas arrugadas, una fritura de pescado y, para acompañar, una cervecita bien fría, después de todo el día andando, visitando lugares, pasando calor y haciendo kilómetros, aquella combinación nos supo a gloria.
Y con la barriga llena, llegó el momento de enfrentarnos a nuestro pequeño error logístico del día, volver al coche, media hora de reloj andando de noche después de haber estado todo el día pateando, si llego a ver un taxi por allí le paro y me voy en coche porque realmente estaba reventada, no hubo esa suerte!.
Mientras caminábamos hacia aquel coche que habíamos dejado alegremente en un barranco, solo podíamos pensar una cosa:¿En qué hora dejamos el coche allí? Pero bueno, así son los viajes, a veces encuentras el sitio perfecto para aparcar y otras veces te conviertes voluntariamente en peregrino nocturno, lo importante es que el día había terminado de la mejor manera: con Agaete iluminado, el recuerdo de un atardecer precioso, unas papas arrugadas y una buena fritura de pescado y con una nueva lección aprendida: si vas a visitar Agaete, mira primero dónde aparcas, tu yo de después de cenar te lo agradecerá.






















































































































































































